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A Clara

31/12/2016 16:52 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

La segunda vez que salté del sofá estaba tan cansado que atiné a apagar el fósforo y dejé encendido el cigarrillo en el cenicero

—No se puede fumar aquí.

—¿Y entonces por qué hay ceniceros?

—Decoración.

Sonreí.

Metí la mano en el bolsillo del saco y dejé caer el cigarrillo apagado. Lo necesitaría luego

porque la tarde sería muy larga y desde el vestíbulo la impaciencia me carcomía los sesos.

Decidí hacer rodar una tapita de gaseosa sobre la mesa ratona, de una mano a la otra,

mirando de reojo el reloj pulsera. Al tercer intento no logré detener la tapita, se me resbaló

de los dedos y rodó por el piso hasta meterse bajo una mesa. Quedé pensativo, sin saber

qué hacer con mis manos. Contuve la impaciencia recorriendo con la mirada las líneas

rectas que se entrecruzaban en la baranda: estaban hechas siguiendo el art decó, que poco

combinaba con la fachada de mediados del XIX.

Me levanté del sofá y volví a encarar a la jóven de la recepción.

—Puede llamar de nuevo. Quinto C. Amadeo es mi nombre —lo dije en un francés muy

malo.

—Me dijo que ya bajaba.

—Quizás si subo...

—Disculpe pero no puede.

 Me miraba desconfiada, acomodaba algunas llaves sobre el mostrador y discaba un número

cualquiera para desentenderse. Regresé a mi sitio. Hacía calor. Decidí desprenderme un

botón más de la camisa y me desplomé en el incómodo sillón. Asenté la espalda en el

respaldar, dejé caer la cabeza hacia atrás, sentí la nuca rígida sobre el borde superior del

sofá, relajé los brazos y me dormí.

— Amadeo, Amadeo, despertate.

Me despertó el leve movimiento en el hombro; abrí los ojos y era ella. Me sorprendió verla,

pero mantuve la calma. Traté de acomodarme lentamente.

—Arriba, levantáte, no quiero que Benjamín nos vea.

Me levanté despacio, me toqué el bolsillo de la camisa, palpé los únicos billetes que me

quedaban, busqué el cigarrillo apagado en el bolsillo, me puse el saco.

—Vamos — dije. Y salimos.

Cuando el viento de la calle me dio en la cara me despabiló. La luz de la tarde caía sobre la

mitad de su cara y podía verla perfectamente: la piel tersa, los dientes parejos y blanco, el

color marrón claro de sus ojos. Había cambiado tan poco desde la última vez que la vi.

—No puedo creer que vuelva a verte. Han pasado como...

—Quince años —dije.

—Quince años. Y yo que prometí no volver a verlos nunca más. Benjamín cree que están

muertos.

—No debiste hacer eso.

—Cuando la recepcionista me dijo tu nombre salté de la cama. Me vino un escalofrío al

cuerpo. Pensé en no bajar, daba vueltas. Al final decidí verte. Y todavía no sé por qué.

—Hubiera estado en esa recepción por días. Algún día tenías que bajar vos o...

—¿Para qué viniste?

—No te das una idea las peripecias que pasé hasta encontrarte. Es una ciudad enorme.

—Tapáte el cuello. Vamos a tomar un café.

Caminamos por calles estrechas, el bulevar Voltaire, los edificios que miran al Sena, las

construcciones que se agolpaban entre los siglos XVIII, XIX, XX. Todo mezclado, no tan

distinto a Buenos Aires.

El olor a pan recién hecho flotaba junto al aire frío y las olas del Sena viajaban pegadas a

las barandas del boulevard. Hicimos varias cuadras sin hablarnos; Clara tenía la cara larga,

se sentía molesta. Yo trataba de no pensar, de caminar por esas calles atestadas de gente,

turistas y vendedores. París no es como la imaginé. En realidad, ¿qué lugar lo es? Habría

que recorrer el mundo sin esas guías turísticas que todo lo embellecen y así evitaríamos

tantas decepciones. París es gris, melancólica. Y aquí estamos, dos argentinos tristes y

solos, como un tango, anclados, en París.

Después de vagar por algunos cafés, colmados hasta la vereda, encontramos uno pequeño,

escondido bajo el subsuelo de una calle lateral.

Nos sentamos. El lugar era cálido, de fondo sonaba esa modulación francesa de un latín

hablado por gangosos y un bandoneón pequeño que gusta a los turistas.

—Qué bien se está aquí.

—No sería mala idea quedarme a vivir un tiempo aquí. Podría alquilarme una habitación,

ahí, en donde vos te alojas ¿Qué te parece?

—Si por mi fuera te mandaría en el primer avión que sale a la Argentina.

—Extraño tus estofados.

—¿A qué viniste?

—No tengo apuro para hablar.

—Yo si. Benjamín volverá pronto.

Mirábamos las tazas de porcelana blanquísima, revolvíamos el café. Levanté la vista, la

miraba.

—Ese color de lápiz de labios te sienta bien.

—Gracias —. Me lo dijo en un tono seco, aún miraba su taza, con la cabeza baja.

—Clara, lo que tengo para contarte no es sencillo.

—Ya sé. Y también sé que es sobre Alfonso.

—Si.

No quería hablar en el bar, el calor era insoportable y esos francés del fondo me ponían de

mal humor. Tenía ganas de un cigarrillo, de un vaso de whisky, de poder mandar todo a la

mierda y salir a recorrer París sin vueltas.

Pagamos, nos levantamos y salimos.

—¿Vamos a un parque?

—¿Al Luxemburgo?

—Al que sea —dije.

Doblamos en Bonaparte y caminamos las cuadras que separan Voltaire de Vaugirard.

Cuando llegamos tres niños patinaban sobre las callecitas estrechas.

Nos sentamos mirando hacia el estanque de agua congelada. El Palacio yacía imponente al

fondo y las flores de primavera que figuraban en mi guía turística no estaban. Hacía frío y

las luces se encendían lentamente. Me acomodé el saco y Clara viendome temblar me

envolvió su bufanda en el cuello.

—En Argentina el frío se soporta mejor —me dijo.

—Alfonso murió.

—Tenía que pasar.

—En el testamento...

—No quiero nada

—Pero se lo prometí.

—No quiero nada, ni de vos ni de él.

—Pasaron quince años.

—Yo te había olvidado. Mejor dicho, hice lo imposible para olvidarlos. Y volvés como si

nada hubiese pasado.

—Yo no tenía pensado terminar aquí. Pero se lo prometí.

—Pero aquí estás, en Luco, cagado de frío.

—No se despega uno del pasado tan fácilmente. Sufrimos demasiado. Aún no te pregunté

por Benjamín. ¿Cómo está?

—Me voy.

—Esperá. Te traje esta carta. Sabía que no ibas a querer hablar. Leela. Abajo dejé un

número y mi dirección. Segundo A. Voy a esperar tu llamado.

Clara no quiso que la acompañase a su departamento. Tomó un taxi y salió. Yo miraba fijo

el auto mientras se alejaba. El frío calaba hasta los huesos; regresé caminando al pequeño

cuartito con calefacción a leña. Acomodé el teléfono a la par de la cama, vi televisión y me

dormí.

Eran más cinco de la mañana cuando sonó el teléfono, "es Clara", pensé, y aturdido levanté

el tubo. "Monsier", decía del otro lado una voz masculina que me desconcertó. Con tono

apático me dijo: —Srita. Clara, lo busca.

Atiné a decir solo la palabra "voy"; me puse el pantalón, los zapatos y un camperón enorme.

Bajé las escaleras de dos en dos.

Clara me esperaba de pie en la planta baja, frente a la escalera. Me sorprendió verla en ese

estado y con un jóven a su lado. Me miró con los ojos llenos de lágrimas, nos abrazamos, y

lloramos los tres.

Carta a Clara:

Después de las nueve y media, cuando salgo del trabajo, voy a verle. ¿Qué fantasmas lo

ahuyentan cuando duerme sin luz? Tu nombre se repite a todas horas, me habla de vos

hasta en sueños y yo trato de callarlo, le cambio de tema, le hablo de algún amigo del

pasado. Enciendo la tele o le pongo unos discos de Almendra, que le recuerdan a cuando

yo usaba el pelo largo. Ayer se acostó nombrándote, y repitió tu nombre hasta que lo venció

el sueño y ahí, de inmediato, bajé la tele sin apagarla, para que el brusco silencio no los

despertase, y salí en puntitas de pie cerrando despacio, con la llave suave en la cerradura,

hasta que el pestillo hizo click.

Te busqué por Belgrano, Mataderos, Lanús. Alguien me dijo que vivías en Mendoza.

Al principio se creyó que las cartas que le escribía a tu nombre eran de vos, y las guardó

para releerlas. Pero entre los trajines de los chicos, el colegio, el laburo que no cesa, los

reclamos de Nené, me olvidé una lista de las compras y ahí entendió que la T y la F eran

mías. Se indignó tanto que dejó de hablarme por unos días aunque se guardó el secreto.

Finge creerme, y dibuja una sonrisa cuando le leo esas palabras bonitas que vos nunca

escribiste, tan falsas como el buen humor que me muestra, porque después que terminó

con las posdatas se acomoda dándome la espalda y sé que llora, bajito, y me pide que

apague la luz, que quiere dormir.

Te fuiste sin avisarme, sin avisarle a mamá. Me dicen que estás en París.

Tenemos que vernos, el viejo se me muere porque lo veo mal. Está peor. Se descompone

cada vez que vuelve a la lucidez y fantasea con volver a verte. Te recuerda en Parque

Chas, bonita, con tu capelina caminando entre los sauces. Todavía usa la campera color

marrón clarito que le regalaste, la que le hace juego con esos mocasines oscuros, a los que

les echa rejuvenecedor para que anden, menos viejos, por las calles del bajo. Y yo lo

acompaño por las callecitas de a la vuelta del mirador, y busca para los dos lados y me dice

que estás a punto de llegar. Le digo que ya está oscuro, y el viento se pone fresco entonces

nos vamos, y la cara se le alarga.

Nené me mira llegando a casa, me prepara algún estofado para los dos. Entiende que las

cosas se me van de las manos; si le digo que no sé qué hacer con el viejo nos manda a los

dos a la mierda. Entonces finjo yo también; me hago el seguro, que los delirios de mi viejo

los tengo controlado, que de esta no pasa, que mañana reviso la guía y le busco un

geriátrico. Uno barato, no vayas a creer Nené, ya sé que la plata no alcanza, pero no quiero

tirarlo por ahí, entendeme. Uno lindo, lo pago yo, de tu sueldo no voy a tocar nada, Nené.

Nené me mira con cierto cansancio, sé que piensa que si todo sigue así será mejor

separarnos, y a mí los tiempos sin ella me saben a tortura porque no sé cómo se puede vivir

solo.

Con el tiempo mi viejo se fue haciendo este estorbo, este hombre que supo ser el cantor del

bodegón de San Juan y Charcas y ahora es un trapo de piso que llora por los rincones.

Cuando murió mamá no lloró. Insistió en que lo dejara solo. Durante algunas noches cantó

en El Torreón tangos tristes, volvía tarde y borracho, hasta que la olvidó.

Entonces apareciste vos en una foto vieja que guardaba mamá en el ropero, sin más la vio y

le descompaginaste sus trastos; anduvo tardes enteras eligiéndote un regalo y me pidió tu

talle para regalarte un vestido floreado para navidad, que sigue intacto en su bolsa desde

ese día.

Cuando pasó lo del accidente me dijo que venía de dejarte a vos en tu casa, y me

preocupé. Las alucinaciones se mezclaban con el el olvido y se perdía por las calles de

Balvanera.

Hace unos días lo encontré con claveles en el pelo simulando un encuentro con mamá.

Nené hizo dos valijas, vistió a Romina y a Celeste y se fueron las tres a la casa de su

madre, la abuela "Tití", para Cele. ¿Te acordás de Tití? Me aborrece, le llena la cabeza a

Nené y a mis hijas sobre mí.

La casa me quedó vacía y los silencios me agobian. Lo busqué al viejo y lo llevé a casa. Le

preparo una cama junto a la mía, lo peino, le plancho las camisas. Lo abrazo, le digo que ya

no estás, que te fuiste lejos. El viejo se seca las lágrimas, me pide que te escriba una última

carta de despedida, te escribo ésta. En la posdata me dice que te ama

Me pregunto si algún día lo perdonarás. Yo ya lo hice. La infancia se nos pegó como brea y

ese negror lo llevaremos de por vida, pero el viejo llegó vencido, blando, y se olvidó de todo.

¿Es culpable de un pasado que ya no recuerda? ¿Cuánto de Alfredo persiste en esta ruina

de hombre? ¿Acaso esperabas que dejara pudrirlo como a un perro?

El viejo murió, Clara, y entre sus cosas te dejó la casita de Balvanera, el auto, y la fábrica de

pastas. A papá nunca le hablé de Benjamín. Se fue sin saber que tenías un hijo. Se fue sin

saber que era suyo. Quién sabe si algún recuerdo maldito lo torturó en sus últimos días. No

pido perdón sino comprensión. Tu hno., Amadeo, que te quiere


Sobre esta noticia

Autor:
Rodrigo Aznar (11 noticias)
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Tipo:
Opinión
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