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El Estado de bienestar. Inmoralidad e ineficiencia. Parte I

29/02/2016 16:18 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

El Estado de bienestar. Inmoralidad e ineficiencia

Primera parte

Erick Yonatan Flores Serrano

Coordinador General del Instituto Amagi - Huánuco

"Al Estado le interesa la gente de la misma forma en que a las pulgas les interesan los perros". P.J. O'Rourke

Estimado lector, es importante que, antes de leer este primer artículo, se comprometa a dejar de lado la inocente e ingenua concepción del Estado que tiene. A continuación, le presentaré una nueva forma de entender al Estado, la misma que será el capital central del argumento en contra de los Estados de bienestar y las nefastas consecuencias que generan en las sociedades modernas. image

¿Qué tienen que ver las pulgas con el Estado?

Como usted habrá leído, el artículo inicia con una cita del periodista, escritor e investigador asociado del Cato Institute, P.J. O'Rourke; una cita bastante atrevida que describe la esencia y la naturaleza del Estado, esta concepción está íntimamente ligada a una teoría particular, la teoría predatoria del Estado. Esta teoría se alimenta de aportes de diversos personajes políticos y académicos de siglos pasados, gente variopinta que no forma parte de una sola ideología, ni siquiera de una misma escuela de pensamiento; uno de los aportes más importantes dentro de esta teoría nos la ofrece Frederic Bastiat -economista y político francés (1801-1850)-, que nos dice que: "El Estado es aquella gran ficción a través de la cual, unos buscan vivir a expensas de otros". Lo que Bastiat nos está diciendo es que el Estado, en primer lugar, no existe, que es un ente que carece de existencia real y que lo único que existen son las personas que lo conforman; en segundo lugar, nos dice que este Estado -grupo de personas- sirve como un medio para que unos (incluyendo a los que lo conforman) vivan a costa de otros. Entonces, de la sentencia de Bastiat se puede responder la pregunta que antecede este párrafo y afirmar lo siguiente: De la misma forma que las pulgas son insectos que se especializan en parasitar el cuerpo de los perros (o de cualquier otro animal) y vivir a costa de ellos, el Estado es un grupo de personas privilegiadas (con poder) que se especializa en parasitar a la sociedad y vivir a expensas de ella.

Dicho esto, vamos a hacer un fugaz repaso histórico sobre el Estado de bienestar.

Aunque algunos estudiosos ubican el surgimiento de los Estados de bienestar luego de la segunda guerra mundial, su origen se remonta un poco más atrás en la historia. Durante la segunda mitad del Siglo XIX, en Inglaterra, en Francia y en Alemania, ya existían políticas destinadas a asistir a la población, la primera gran iniciativa se produjo en Alemania, con el canciller alemán Otto von Bismarck; en 1884 y en 1887, el Reichstag aprobó una serie de leyes que estaban destinadas a brindar protección básica a las personas, especialmente a la clase obrera. Es en este instante en el que surge el primer Estado de bienestar y a partir de estas medidas es que varios países de Europa siguen el ejemplo de Alemania. Durante los años posteriores, hasta antes del inicio de la segunda guerra mundial, la protección y la asistencia estatal, se expandieron vertiginosamente a lo largo de Europa, principalmente en Alemania. Prueba de esto es que, en 1945, la seguridad social y el sistema de salud para empleados del tercer Reich, eran considerados los más avanzados y completos del mundo. Ya bien entrado el siglo XX, con los rezagos de la segunda guerra mundial y la gran depresión de 1929, se inicia un periodo de construcción de un nuevo modelo del Estado de bienestar. En base a la experiencia alemana, se define la pertinencia de un Estado de bienestar encargado específicamente de redistribuir la riqueza para dos objetivos inmediatos: a) garantizar la igualdad de oportunidades y b) garantizar la expansión de derechos. Esta es la base fundacional de los Estados de bienestar modernos, a partir de estas ideas, en el mundo -especialmente en Europa- comenzaron a desarrollarse diversos modelos de Estados de bienestar, variaban en grados y peculiaridades geográficas y culturales pero con la misma base fundamental.

Hoy en día, los Estados de bienestar son el sistema por excelencia en la mayoría de países de Europa, incluso Estados Unidos ha ido traicionando los ideales de sus padres fundadores y, a medida que pasa el tiempo, ha ido incorporando cada vez más elementos que lo alejan de su origen republicano y lo acercan mucho más a la social-democracia, sistema que ampara a los modelos de Estado de bienestar en todo el mundo. Mucho se ha dicho y escrito en base al "éxito" de este modelo y creo que los resultados no dejan mucho espacio para cualquier especulación. España, Portugal, Grecia y otros países más, son la prueba más contundente de que los Estados de bienestar siempre terminan colapsando. Los Estados de bienestar, tal y como dice su propio nombre, generan cierto bienestar para las personas, el problema es que sólo se observa el efecto inmediato, la mayoría de veces no se repara en las consecuencias "invisibles" y más importantes que tienen las medidas para el "bienestar" de una sociedad. Lo que la mayoría de personas no entiende es que, cuando el Estado gasta dinero para asistir a algún sector de la población, está gastando dinero que: 1) es ajeno, le corresponde a todas las personas que, a través de la coacción estatal, son expropiadas de una parte significativa de la riqueza que generan; y 2) lo hace con una atrevida arbitrariedad que adolece siempre de la posibilidad de generar buenos resultados. Entonces, el Estado de bienestar no sólo es inmoral porque implica el robo sistemático de la riqueza de la gente, sino que está destinado a fracasar por dos razones fundamentales: a) la información dispersa y b) la imposibilidad del costo-beneficio. Esto último lo explico a continuación.

El burócrata, en una muestra de la arrogancia que Friedrich von Hayek denunció con rigor, cree tener la información suficiente para el éxito de una política pública, sin embargo, olvida que estamos hablando de personas que, en base a su naturaleza, tienden a cambiar a cada instante, un día sabemos la necesidad de una familia, al día siguiente, cambia; esto empeora en la medida en que el número de personas beneficiarias de la asistencia estatal es mayor, ergo, la política de bienestar está destinada a fracasar porque es imposible que el burócrata se haga con toda la información necesaria porque: 1) es dispersa y 2) es cambiante. Por otro lado, la imposibilidad del costo-beneficio, al momento de diseñar una política pública, también es un problema que condena a la intervención estatal al fracaso; cuando una persona invierte dinero en un negocio, asume riesgos reales porque se trata de su dinero, debe actuar con prudencia porque un error podría significar la diferencia entre el éxito y el fracaso, y lo más importante es que, él y sólo él, asume directamente los beneficios y pérdidas que la inversión conlleva; cuando un burócrata, sentado en las oficinas del gobierno, decide que el Estado tiene que invertir en tal o cual cosa, lo hace sin el más mínimo reparo en las consecuencias que del acto deriven, al ser dinero ajeno -de todas las personas a las que les roba-, no asume ningún riesgo, no es prudente con el gasto porque no le representa mayor problema si la política es un éxito o un fracaso, le da exactamente igual porque no tiene incentivo para ser eficiente, así como no pierde nada con el fracaso, no gana nada con el éxito, y lo más importante es que, si la arrogancia del burócrata termina en un desastre, son las personas las que pagan por los platos que tiran los políticos.

Estas son las razones por las que, independiente de las "buenas intenciones" de los políticos (cosa que dudo mucho que exista), las políticas de los Estados de Bienestar, están destinadas al fracaso. Aquí no importan las intenciones, da igual si tenemos a Gandhi de ministro o a la madre Teresa de Calcuta como legisladora, sólo importan los resultados y la evidencia histórica demuestra que si algo han generado los Estados de bienestar, son problemas muy costosos que tiene que pagar la gente.

Todo lo que acabo de explicar tiene sustento real, sin embargo, cualquier defensor de este tipo de modelos podría citar a Dinamarca, Suecia, Noruega, Alemania, Finlandia y algunos países más, como poderosos ejemplos de éxito del Estado de bienestar. Analizar estos casos concretos merece un espacio aparte, no quiero adelantar mucho pero el éxito de estos países no se debe al tamaño y presencia de su Estado, contrario a lo que el común de la gente cree, el génesis de su éxito proviene del mercado y el grado de libertad económica que estos países poseen. De este tema me ocuparé en la segunda parte de este análisis sobre los Estados de bienestar. Entre tanto, terminaré este primer artículo con una cita que, en mi humilde opinión, debe ser la guía para la actuación de cualquier gobierno. Ronald Reagan decía que "El éxito de una política de bienestar no debe medirse en base a la cantidad de beneficiarios que tiene, debe medirse en base a la cantidad de personas que dejan de necesitar su intervención." Este debe ser el objetivo central de cualquier gobierno, hacer que la gente dependa más de sí misma que de la intervención del Estado. Cuando las personas descubren que pueden vivir de los demás, sólo con exigirle "derechos" al Estado, la destrucción de la sociedad da inicio. No debemos olvidar que, si un derecho humano implica robarles a unos para darles a otros, ese no es un derecho, ni es humano; sólo es la inmoral justificación de un robo.


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