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Capitalismo Y Cristianismo

22/08/2014 14:49 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Por Olavo de Carvalho (Traducción Alberto Mansueti)

Fuente Periodismo sin Fronteras

Agosto 22 de 2014

Un disparate notable que circula de boca en boca contra los "males" del capitalismo, es la identificación del moderno capitalista con aquel usurero medieval, que se enriquecía empobreciendo a los demás. Lugar común de la retórica socialista, esta ideíta fue sin embargo una creación de aquella entidad que era el enemigo número uno de la revolución proletaria para el supremo gurú marxista Antonio Gramsci: la Iglesia Católica. Desde el siglo XVIII, y con frecuencia obsesivamente creciente en todo el siglo XIX, es decir, ya en plena Revolución Industrial, los Papas nunca dejaron de acusar al liberalismo económico, de ser un régimen basado en el egoísmo de los pocos, que aumenta la miseria de los muchos. Pero que los ricos se hagan más ricos a costa de empobrecer a los pobres sólo es posible en una economía estática, con una cantidad más o menos fija de bienes y servicios que deben ser divididos, como una torta de cumpleaños, que ya no crece más fuera del horno. Por ej. en una tribu de indios pescadores del Alto Xingu, habría "concentración de capital" si un indio tomara para él solo la mayoría de los peces, con la intención de consumirlos, o de prestarlos a interés, cambiando un pez por otros dos, o tres luego. En estas condiciones, cuanto menos peces quedaren para los demás de la tribu, la mayoría de estos pobres tendrían que quedarle debiendo al maldito indio capitalista, hombre de taparrabos que dejaría a los otros en taparrabos! Con base en una tal analogía, Sto. Tomás de Aquino en el siglo XIII condenó el préstamo a interés, y con razón, como un intento de ganar algo por nada. En el cuadro de una economía estática como la del orden feudal, o más todavía en la sociedad esclavista de tiempos de Aristóteles, el dinero no funcionaba de hecho como fuerza productiva, sino sólo como un certificado de derechos a una cierta cantidad genérica de bienes, que si van a parar al bolsillo de uno, es porque han salido del bolsillo de otro. En ese contexto, la concentración de dinero en manos del usurero sólo sirve para darle medios más eficaces para esquilmar al prójimo. Sin embargo, por lo menos ya desde el siglo XVIII, y más especialmente en el XIX, el mundo europeo vivía en una economía en rápido desarrollo, y el papel del dinero había cambiado radicalmente, sin que ningún Papa diese señal de haberlo notado en lo más mínimo. En el nuevo marco, nadie podía acumular su dinero bajo la cama para acariciarlo en la madrugada, en delirio de perversión fetichista; tenía que apostarlo con rapidez al crecimiento global de la economía, antes de que la inflación se lo hiciera polvo. Si cometía el error de invertirlo en el empobrecimiento de otro, quienquiera que fuese, estaría invirtiendo en su propia quiebra. Sto. Tomás, siempre muy sabio, ya había distinguido entre la inversión y el préstamo, y dijo que el beneficio sólo era lícito en la primera, porque implicaba la participación en el negocio, con riesgo de pérdida. Mientras que el prestamista, que sólo tenía que sentarse y esperar con seguridad, sólo debería tener derecho a la devolución de la cantidad prestada, y ni un centavo más. En la economía del siglo XIII era obvio, ese tipo de cosa que la gente ve cuando un sabio demuestra que existe. No obstante, en el marco de la economía capitalista, hasta el préstamo sin riesgo aparente ya no era como antes. Pero los banqueros, que vivían este cambio en su día a día, y además se ganaban la vida con ello, no fueron capaces de explicarle al mundo en qué consistía. Ni nadie. Ellos se dieron cuenta en la práctica de que el préstamo a interés era útil e indispensable para el desarrollo de la economía, por lo que debía ser algo bueno. Pero no supieron formular teóricamente la diferencia entre esta práctica suya y la del usurero medieval, y por ello se vieron a sí mismos como usureros, y por tanto culpables, según la moral católica. La incapacidad para conciliar el bien moral con la utilidad práctica, se hizo luego un vicio profesional de todo capitalista, contaminando la ideología liberal con ese dualismo. Y hasta el día de hoy, todos los argumentos a favor del capitalismo, suenan como la amonestación del adulto realista y frío, contra el idealismo quijotesco de la juventud. Marx trató de explicar ese dualismo liberal partiendo de que el capitalista estaba en el escritorio de su oficina, metido entre sus números y abstracciones, a distancia de las máquinas y la materia. Como si hacer fuerza física pudiese ayudar a resolver una contradicción lógica, o como si el propio Karl hubiese algún día cargado una herramienta laboral más pesada que una pluma de escribir o un cigarro. Y hace poco, nuestro Roberto Mangabeira Unger, el izquierdista más inteligente del planeta (que no es más inteligente sólo porque sigue siendo izquierdista), hizo una devastadora crítica de la ideología liberal con base en ese dualismo ético (y cognitivo, como se ve en Kant), que es la raíz de la esquizofrenia contemporánea. Este dualismo no era inherente al capitalismo, sino más bien resultado de un conflicto entre las demandas de la nueva economía, y una regla moral cristiana que había sido hecha para una economía ya inexistente. Y el único que lo entendió y teorizó fue un ciudadano sin autoridad religiosa o prestigio en la Iglesia católica: el economista austríaco Eugen Böhm-Bawerk. Este genio muy poco reconocido, señaló que en un marco de capitalismo en crecimiento, el interés de los préstamos no era ya una práctica conveniente aunque amoral, sino cosa legítimamente moral. Cuando presta, el banquero intercambia dinero de hoy, equivalente a una cuota calculable de bienes a la fecha del préstamo, por dinero de mañana o pasado, que en una economía cambiante, al tiempo de la devolución podría tener un valor mayor, igual o menor. Desde un punto de vista funcional por tanto, ya no hay diferencia positiva entre préstamo e inversión de riesgo: la compensación es de justicia en el primer caso como en el segundo; tanto más porque el liberalismo político, al desterrar la vieja pena de prisión por deudas, había desprovisto al banquero de la mayor herramienta de extorsión de los antiguos usureros. Un discípulo de Böhm-Bawerk, Ludwig von Mises, explicó con más detalle esta diferencia, introduciendo la intervención del factor tiempo en la relación económica: el prestamista cambia un dinero en efectivo por un dinero a futuro, y puede hacerlo porque tiene capital concentrado, y así es capaz de posponer el gasto de un dinero, que el prestatario por su lado necesita gastar de inmediato, en su negocio o en su vida personal. Mises fue quizás el economista más filosófico que haya existido, pero aún lastrado por residuos kantianos, ni por un momento pareció advertir que pensaba en términos estrictamente aristotélico-escolásticos: el derecho a la remuneración viene del hecho de que el banquero no cambia simplemente una riqueza por otra, sino una riqueza en acto por una riqueza en potencia; lo cual sería locura si el entero sistema bancario no estuviese apostando al enriquecimiento económico global, y no sólo al de la clase de los banqueros. La concentración de capital para financiar operaciones bancarias ya no es entonces una maldición, que sólo puede producir algo bueno si es sometida a "fines sociales" externos, y si es vigilada por las autoridades en nombre de tales fines; en sí mismo su propósito es socialmente útil, y moralmente legítimo. Si Sto. Tomás hubiese leído este argumento no hubiese hecho objeción, y sin duda lo hubiera visto como buena razón para la reinserción plena y sin reservas del moderno capitalismo en la moral católica. Pero Sto. Tomás ya estaba en el Cielo, y aquí en la tierra el Vaticano no dio señales de haber leído a Böhm-Bawerk, o a Ludwig von Mises, hasta el día de hoy. De ahí la grosera contradicción de la doctrina social de la Iglesia, que en materia económica celebra la libre empresa de la boca para afuera, pero condena al capitalismo liberal, como si fuera un sistema basado en el individualismo egoísta. Y por esa vía termina favoreciendo el socialismo, el cual le agradece esta colaboración instituyendo, tan pronto llega al poder, la persecución y el asesinato de los cristianos como sistema, en eso que llamó el Dr. Leonardo Boff, aludiendo específicamente a Cuba, "el Reino de Dios en la tierra." De ahí también que el capitalista financiero (y por contagio el industrial), si tiene algo de cristiano, sigue víctima de una falsa conciencia de culpa, que sólo puede encontrar alivio con la adhesión a la artificiosa ideología protestante de la "ascesis mundana" (ganar dinero para ir al Cielo, lo que nadie puede tomar en serio literalmente), o con el todavía más postizo expediente de hacer grandiosas donaciones en efectivo a los demagogos socialistas, que aún siendo ateos (o deístas como mucho), saben usar muy efectivamente la moral católica como instrumento de chantaje psicológico, y son ayudados en esto, ¡porca miseria! por la letra y el espíritu de varias Encíclicas papales. Una de las causas que produjeron el trágico error católico en la evaluación del capitalismo en el siglo XIX fue el trauma de la Revolución Francesa, cuando mediante robo y venta a precio vil de numerosas propiedades de la Iglesia, miles de arribistas viles y codiciosos fueron enriquecidos de la noche a la mañana, estableciendo el imperio de la amoralidad cínica, ese capitalismo "salvaje" tan bien descrito en la obra de Honoré de Balzac. Que ocurriese en Francia, "hija predilecta de la Iglesia", marcó muy profundamente la visión católica del capitalismo moderno como sinónimo de egoísmo anticristiano. Pero, ¿es el saqueo revolucionario el procedimiento capitalista por excelencia? Si así fuese, Francia se habría convertido al capitalismo liberal, y no a ese régimen de intervencionismo estatal paralizante, que la dejó siempre por detrás de Inglaterra y EEUU en la carrera hacia la modernidad. Un gobierno autoritario que pone su pata sobre las propiedades de sus oponentes, para distribuirlas entre sus paniaguados, eso es cualquier cosa menos capitalista liberal. Eso es progresismo intervencionista, en el cual por suprema ironía la Iglesia sigue viendo un remedio contra los supuestos males del capitalismo liberal, sistema éste que se concretó en Inglaterra y EEUU, y que nunca le ha hecho daño a ella; ¡muy al contrario! sólo ayuda le ha brindado, incluso en la negra hora de persecución y martirio sufrido a manos de los comunistas, y de otros progresistas estatistas, como los revolucionarios mexicanos, que inauguraron en las Américas las temporadas de caza al sacerdote católico. El caso francés, si algo demuestra, es que el "capitalismo salvaje" florece a la sombra del intervencionismo estatal, no del régimen liberal, cosa por cierto archicomprobada otra vez más en el caso del "cartorialismo" (mercantilismo) brasileño. Insistiendo en decir lo contrario, movida por la aplicación extemporánea de un principio tomista, y en ver un capitalismo liberal en el estatismo francés, a pesar de ser su opuesto, la Iglesia hizo como esas chicas que huyendo del criminal en los filmes de suspenso, piden auxilio a un camión que pasa ...con el mismo bandido al volante. La incapacidad para discernir entre amigos y enemigos, y la desesperación que lleva al pecador a buscar ayuda espiritual de Satanás, son sellos inconfundibles de la estupidez moral, defecto intolerable en la institución que el mismo Cristo nombró como Madre y Maestra de la humanidad. "Errare humanum est, perseverar Diabolicum". La obstinación de la Iglesia contra el capitalismo liberal, y su eventual complicidad con el socialismo, es quizás el caso más prolongado de ceguera colectiva habido en la entera historia humana. Cuando en pleno siglo XIX, un Papa asediado por disputas internas en la Iglesia proclama su infalibilidad en asuntos morales y de doctrina, tal vez hace una inconsciente compensación psicológica para su recurrente falibilidad en materias económicas y políticas. De ahí al "pacto de Metz" (1962), cuando la Iglesia cae a los pies del comunismo sin exigir nada a cambio, sólo había un paso. Y al confesar Pablo VI que en el Concilio Vaticano "el humo de Satanás había entrado por las ventanas de la Iglesia", se le olvidó observar que esto sólo podía haber pasado si alguien desde adentro las ha dejado abiertas. Una falsa duda moral paraliza y escandaliza las conciencias, poniendo una contradicción aparentemente insoluble entre la utilidad práctica y el bien moral; y en medio de la desorientación resultante por ello, conduce a la Iglesia católica a hacerse cómplice del régimen más asesino y anticristiano que se han inventado. Es un conjuro inequívocamente diabólico; espanta que nadie en la Iglesia se ha dado cuenta de la urgencia de resolver esta contradicción dentro de su misma ecuación lógica, como lo hicieron los científicos Böhm-Bawerk y Mises, ajenos a toda preocupación religiosa. Más espanta que en lugar de eso, todos los intelectuales católicos, y los Papas, se contentan con acomodos meramente verbales aparentes, que dejan en el aire la satánica sugerencia de que el socialismo, incluso construido a expensas de la masacre de decenas de millones de cristianos, es en el fondo más cristiano que el capitalismo. No hay alma cristiana que puede resistir un choque de ese tamaño, sin ver su fe sacudida. Esa fue y es la mayor causa de apostasías, y más grave escándalo y piedra de tropiezo en el camino de la salvación en toda la historia de la Iglesia. Arrancar de nuestra alma esa sugestión hipnótica, y restaurar de tal manera la conciencia de que el capitalismo, con todos sus inconvenientes, y fuera de toda intervención estatal supuestamente correctiva, es él mismo más cristiano en su esencia que el más "presentable" de los socialismos. Ese es el primer deber y obligación de los intelectuales liberales que no quieran colaborar con la farsa del monopolio izquierdista de la ética, cambiando su alma por el plato de lentejas de la eficiencia amoral .


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