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Consignas, encuestas y temor

17/05/2014 15:11 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Autor: Francisco Tudela Fuente: franciscotudela.com

En nuestra época mediática, hiperconectada a través de la red, la psicología de las multitudes es más que nunca la presa codiciada por los intelectuales y los políticos. Ellos buscan que sus ideas e iconos capturen las mentes del hombre promedio de la masa, para así convertirlas en "normales" e incuestionables, en aquellas consignas que hay que repetir para no ser diferente a todo el mundo. image

En el mundo anglo-americano, se hace una diferencia entre el intelectual, un propagandista, y el estudioso, el "scholar" o académico. El jurista norteamericano Richard Posner dice que los "intelectuales públicos", los propagandistas, son inescrupulosos y prejuiciosos, añadiendo que careciendo de toda ética y respeto moral, son insensibles a los ultrajes públicos que ellos mismos cometen.

El historiador británico Norman Stone comparte la opinión de Posner, como también el filósofo norteamericano Robert Nozick. El economista Thomas Sowell y el historiador Paul Johnson han escrito libros altamente instructivos sobre los intelectuales, y Margaret Thatcher dice en sus memorias que los horrores de la revolución francesa fueron la consecuencia de las ideas utópicas de unos intelectuales infatuados.

Los intelectuales públicos imponen sus consignas y silencian a todo espíritu crítico adverso a sus puntos de vista, invocando el "consenso" al interior de una poderosa élite cultural y social afín a ellos; de una intelocracia iluminada, la cual sabría más de humanidad y bondad que el pueblo poco ilustrado. También se victimizan y agreden con adjetivos calificativos ofensivos a quienes discrepan de sus ideas, prefiriendo la intimidación emotiva y verbal a la persuasión racional.

Es así como el silencio de la multitud es usurpado mediante la propaganda de los intelectuales públicos, buscando imponer sus consignas a la clase política y por ende a los gobernantes. El filósofo político Anthony de Jasay ha demostrado como los gobiernos que temerosamente se someten a las exigencias de este supuesto consenso, terminan neutralizados, inactivos y sin programas.

En el Perú de hoy, recién se inicia lo que en Europa y los Estados Unidos se denomina desde hace décadas las "guerras por la cultura", esto es, el combate sin fin entre dos visiones antagónicas sobre el futuro de la sociedad y el pensamiento que la regirá.

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Las premisas libertarias del liberal-socialismo, para dominar el pensamiento de la sociedad futura, están en esta primera etapa organizadas alrededor de la promoción del aborto, del matrimonio homosexual y del abandono de toda metafísica, librando una guerra conceptual y cultural a ultranza contra la civilización preexistente, cuyos defensores se agrupan bajo los estandartes de la defensa de la vida, la familia tradicional, la moral y la existencia de Dios. Pero en el Perú actual, ese "consenso" invocado por los intelectuales públicos liberal-socialistas no tiene cuerpo, pues las encuestas de opinión demuestran uniformemente que la mayoría de los encuestados no comparten su punto de vista.

El Diccionario de la Lengua Española nos dice que consenso es: "Asenso, consentimiento, y más particularmente el de todas las personas que componen una corporación". Retengamos un punto: este consentimiento debe ser "de todas las personas".

Consenso viene de la palabra latina "consensus", derivada a su vez de "consentio", con-sentimiento, sentir juntos. Los juristas romanos utilizaban el término "consensus ad ídem", "acuerdo sobre la misma cosa", para describir el espíritu unánime que preside la firma de un contrato.

Los antecedentes del término "consenso", en política, se remontan al Siglo XVII, a las asambleas carismáticas de la "Sociedad Religiosa de Amigos", los cuáqueros. Así mismo, los anabaptistas, los menonitas y los puritanos también decidían por consenso. Cuando en un rapto de inspiración, temblor y discurso carismático, se despertaba en la asamblea religiosa un sentimiento arrasador respecto a una decisión, entonces había consenso. Así ocurrió, por ejemplo, en los procesos y la condena de las pobres niñas acusadas de brujería en Salem.

¿Quiénes son los que exigen actualmente que se acepte un supuesto "consenso"? Los separados del poder político, los intelectuales liberal-socialistas, los firmantes de cartas públicas, los activistas, entre muchos otros.

Ellos intentan persuadir al Ejecutivo y al Congreso, al poder político elegido por el pueblo, para que estos aprueben leyes que ese mismo pueblo rechaza, tal y como lo señalan claramente las encuestas. Los congresistas obedecerían a esta consigna, llevados por un temor reverencial a transgredir un indemostrable e inexistente "consenso" social. En este primer combate de la nueva era de las guerras por la cultura en el Perú, se busca que los representantes elegidos por el pueblo voten contra las convicciones religiosas y morales de ese mismo pueblo, manipulados por la inseguridad que les produce una hipotética desaprobación de una poderosa élite intelectual y social, la cual, por lo demás, tampoco es unánime en sus sentimientos y donde algunos guardan silencio por temor a discrepar.


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