Globedia.com

×
×

Error de autenticación

Ha habido un problema a la hora de conectarse a la red social. Por favor intentalo de nuevo

Si el problema persiste, nos lo puedes decir AQUÍ

×
cross

Suscribete para recibir las noticias más relevantes

×
Recibir alertas

¿Quieres recibir una notificación por email cada vez que Criticic escriba una noticia?

¿Te crees viajero? Pues eres un turista

1
- +
14/09/2018 07:19 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

CTXT es un medio financiado, en gran parte, por sus lectores. Puedes colaborar con tu aportación aquí.

Hay un anuncio de coches que se repite sin cesar: un suburban surca la ciudad, y al final da un giro que lo transporta a un paisaje salvaje, sublime, por donde lo vemos perderse. Y ahí, creo, queda dibujada la identidad que muchos deseamos adoptar en el siglo XXI: eficaces trabajadores y padres en la competición urbana; intrépidos aventureros en nuestro tiempo libre.

El reclamo del individualismo vende hoy muchos productos, pero si un sector le ha sabido sacar partido ha sido el turismo. Hoy muchos hemos cambiado el mes en la playa o el pueblo por un viaje que nos haga sentir vivos, dueños de nuestro destino y tan intrépidos como al conductor del anuncio. Por eso la industria del ocio, que evoluciona al mismo ritmo que nuestros prejuicios, ya nos ofrece un turismo que no lo parece, para turistas que no queremos serlo, y preferimos que nos llamen viajeros.

Los viajeros nos distinguimos por creer que existe un viaje de placer que no es turismo (el nuestro), y otro que sí lo es (el de los demás). Y no hay nada que nos moleste más que el que otros turistas nos estropeen con su presencia nuestra sensación de ser visitantes más legítimos y exclusivos del lugar. Por desgracia, somos el virus del que pretendemos escapar, pues los viajeros somos gentrificadores por excelencia: buscamos lo auténtico en exclusiva y a buenos precios, y acabamos convirtiendo lo auténtico en una industria con precios inflados.

¿Y qué se considera lo auténtico sino lo más vivo, fascinante, enriquecedor, pintoresco y atractivo de cada sitio? Cuando viajamos nos convertimos en alegres consumidores de autenticidades que, lejos de representar una verdad, solo componen una selección de placeres locales a gusto del visitante, de intelectuales a escatológicos, de sexuales a gastronómicos, y hasta religiosos. Pese a que no debe quedar un solo español que desconozca la crítica general al typical spanish, cuando nos ponemos el gorro de viajero acabamos consumiendo topicazos equiparables en otros países ¿Es posible que no nos demos cuenta?

Pues parece que no, ya que este verano millones de viajeros individualistas e intrépidos hemos vuelto a peinar hasta el último rincón visitable del planeta en nuestra constante búsqueda de lo auténtico (la playa más solitaria, el restaurante más local), aunque apenas queden ya destinos que no se hayan visto transformados por el turismo viajero. Del Tíbet a California, de Malasia a Groenlandia, hoy cada rincón del globo nos ofrece versiones locales de lo auténtico a nivel typical spanish para que nos montemos nuestra particular película de viajero en las redes sociales. La muerte por selfie solo es la consecuencia más grotesca de jugar a las aventuras lejos de casa, para ganar prestigio de vuelta a casa. Como quien va al gimnasio para lucir palmito, hoy recorremos el mundo para lucir rollito.

Más sobre

Que los lugares se estén transformando para adaptarse al viajero es la mejor prueba de que el viaje de placer no nos transforma, ya que es el mundo el que se adapta a nosotros, y no al revés. Sin embargo sigue perviviendo el mito de que nuestros viajes vacacionales nos aportan experiencias y conocimientos similares a cualquier travesía o estancia cuyo objetivo primordial no sea el placer. Pero la realidad jamás se pinta de un solo color. Y mucho menos si ese color es el rosa.

Durante los casi cinco años que viví en China conocí a muchos expatriados que vivían en destinos turísticos tan de moda como Tailandia, Japón, Rusia, Camboya, Malasia... Y todos coincidían en que los viajeros apenas arañan la verdad de dichos lugares, simplemente porque nadie puede conocer una realidad que solo explora para procurarse experiencias positivas, lúdicas, agradables, por muy intelectuales que sean. ¿Diríamos que una persona que solo desea pasar buenos ratos con nosotros realmente nos conoce de verdad? ¿Entonces por qué pretendemos conocer un país cuando acudimos a él solo en busca de experiencias estupendas?

Y con el acercamiento a los lugareños ocurre lo mismo; con nuestras prisas, y afán por sentirnos bien, los viajeros solo podemos profundizar en una conversación con los más simpáticos y extrovertidos, es decir, con los más superficiales, o con los que mejor saben disfrazar sus sentimientos profundos para ofrecer al visitante la versión más vendible de sí mismos. Se nos olvida que el verdadero conocimiento del otro nunca llega a través de la simpatía, sino de la empatía. Se nos olvida, o nos da igual (al fin y al cabo, lo importante es pasarlo bien, ¿no?). Sin embargo, luego volveremos a casa creyendo que la sonrisa de los niños africanos, la afabilidad de los monjes tibetanos, o la simpatía dicharachera de los caribeños, revela una verdad primitiva sobre la felicidad que los ceñudos occidentales hemos olvidado.

Con todos estos argumentos quizás he dado la impresión de que estoy totalmente en contra del turismo viajero. En realidad no; creo que es una buena noticia para el mundo. No conozco ninguna zona pobre donde la población no se alegre de atraer a los viajeros, que vamos repartiendo dinero por muchas manos y muchos lugares, y a menudo sin intermediarios depredadores. Incluso los gobiernos más déspotas toman medidas para preservar patrimonios culturales y ecológicos en cuanto el dinero del visitante comienza a tintinear por allí, y hasta procuran seguridad e infraestructuras que también benefician a los locales. No es tampoco infrecuente que algunos turistas lleguen a sensibilizarse con las desigualdades del lugar y comiencen a contribuir con alguna ONG del sitio. Y los hay que hasta se quedan a vivir, y dejan de ser viajeros.

Sin embargo, por mucho que los viajeros contribuyamos a mejorar las condiciones materiales, sí creo que hay algo profundamente erróneo en la manera en que vivimos esa experiencia. Aunque las divisas fluyan y los placeres se disparen, muchos sentimos que la masificación del viaje individualista está depredando las esencias, está profanando la diversidad. El viajero no puede evitar contaminar con su mera presencia la pureza que va buscando. Tampoco puede evitar que su dinero ?tan bienvenido por los locales? transforme los lugares en industrias de lo "auténtico". Su alegría vacacional resulta absurda (o directamente insultante) en templos, aldeas miserables, ex-campos de concentración. Y su obsesión por exhibir su viaje en las redes deja en evidencia sus aspiraciones de reconocimiento social. En cada lugar existe una esencia espiritual, inmaterial, que no se puede comprar ni vender, que no existe para ser observada, que no se puede compartir, ni representar y casi ni explicar. El viajero viene ser a esa esencia lo que los pedos de las vacas al cambio climático.


Sobre esta noticia

Autor:
Criticic (2152 noticias)
Fuente:
ctxt.es
Visitas:
36
Tipo:
Reportaje
Licencia:
Creative Commons License
¿Problemas con esta noticia?
×
Denunciar esta noticia por

Denunciar

Comentarios

Aún no hay comentarios en esta noticia.