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La Cuba Comunista: El Laogai De AmÉrica

09/10/2014 17:33 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Por Carlos Romero Sánchez

Octubre 8 de 2014

El sistema de campos de concentración ha sido uno de los habituales retoños de los regímenes marxistas. Lenin inició esta práctica en 1918. En Alemania, otro socialista, Adolfo Hitler, imitó al líder bolchevique. En China, Mao Tse Tung, con la colaboración atenta de los camaradas del PCUS bajo la dirección de Stalin, levantó el Laodong Gaizao, más conocido como Laogai . Y, por supuesto, Fidel Castro también edificó su propio sistema concentracionario: la Unidad Militar de Ayuda a la Producción, UMAP. (Ver Libro negro del comunismo : http://www.defenderlapatria.com/el%20libro%20negro%20del%20comunismo.pdf ).

No obstante, para la izquierda esto no ha sido óbice para pregonar con brío las noblezas de los dictadores marxistas y las bondades eternas del socialismo. Hasta se conformaban comisiones para recibir a las delegaciones totalitarias. En 1971, en la capital del departamento del Valle, la secta marxista y por ende extremo izquierdista Movimiento Obrero Independiente y Revolucionario, MOIR, aprovechó la realización de los juegos Panamericanos de Cali para conmemorar un año más de la revolución cubana. El camarada Carlos Valverde Rojas, en nombre del MOIR, presentó sus respetos a sus colegas comunistas y extendió su solidaridad al dictador Fidel Castro. (Ver: http://tribunaroja.moir.org.co/HOMENAJE-DEL-MOIR-A-LA-REVOLUCION.html ).

A pesar de la barbarie comunista los principales capos criollos de la criminógena ideología marxista persistían en implantar un sistema totalitario en Colombia. Así lo aseveró en 1971 uno de los más férreos defensores del marxismo y fundador del MOIR, Francisco Mosquera: "En marzo de 1871 el proletariado de París, empuñando el fusil, derrocó a la burguesía, destruyó la maquinaria burocrático-militar e implantó su dictadura: la Comuna de París. Su formidable lucha por establecer y defender el primer poder obrero en la historia constituyó un gran salto adelante de la revolución proletaria mundial. Allí se forjaron principios que 'se manifestarán una y otra vez hasta que la clase obrera consiga la liberación' y que, heredados y desarrollados por Marx, Engels, Lenin, Stalin y Mao Tse Tung, son la segura guía para la acción del proletariado y los pueblos en su combate contra el imperialismo norteamericano y todo sus lacayos, y para la construcción del socialismo y el paso al comunismo". (Ver: http://tribunaroja.moir.org.co/LOS-PRINCIPIOS-DE-LA-COMUNA-GUIAN.html ).

La coherencia antidemocrática de Mosquera Sánchez y sus compinches, además de alentar a empuñar el fusil e imponer una dictadura, jamás perdió su rumbo. Hacia 1994 Francisco Mosquera y sus camaradas renovaron su profesión de fe vaticinando el triunfo definitivo del totalitarismo socialista y de sus máximos teorizadores: "Las verdades de Marx y Lenin, lejos de marchitarse, cual lo pregona la burguesía que carece de respuesta para los interrogantes de la actualidad, volverán a ponerse de moda. Parece que el socialismo, al igual de lo acontecido al sistema capitalista, adolecerá de tropiezos y altibajos durante un interregno prolongado, antes del triunfo definitivo". (Ver: http://tribunaroja.moir.org.co/HAGAMOS-DEL-DEBATE-UN-CURSILLO-QUE.html ).

Causa estupor que nos quieran engatusar con la farsa de un Francisco Mosquera "demócrata". Nos preguntamos: ¿cómo se puede ser demócrata encomiando a Marx, a Engels y a reconocidos dictadores y genocidas marxistas como Lenin, Stalin y Mao?

Tanto las desgarradoras crónicas de las víctimas de los diversos campos de concentración marxianos como las denuncias de los crímenes de los regímenes comunistas fueron publicadas por las más importantes revistas y diarios del mundo. Colombia no fue la excepción. Una gran cantidad de relatos fueron divulgados en las páginas de los diferentes diarios colombianos que defendían con ahínco la democracia liberal.

A continuación transcribimos la inhumana experiencia concentracionaria de un prisionero cubano que logró escapar del Laogai cubano. Publicada en junio de 1965 por el diario conservador La República , esa espeluznante descripción dio la vuelta al mundo.

Soy un cubano que ha logrado sobrevivir a cuatro años de cárcel como prisionero político de Fidel Castro. Ahora me siento feliz de estar vivo y que los Estados Unidos me hayan otorgado asilo. Todavía estoy muy enfermo del corazón. En este mismo momento [1965] por lo menos 60.000 compatriotas hermanos míos están muriendo en esos huecos de podredumbre donde viví esos largos e interminables años de prisión. Es imperativo que el mundo se despierte y se enfrente a esa cruda y espantosa realidad.

Las cárceles de Cuba Cuba tiene alrededor de unas 48 cárceles, centros de detención y campos de concentración específicamente destinados para aquellos hombres o mujeres que han tenido la osadía de protestar contra el régimen de [Fidel] Castro. Todas se encuentran atestadas, infectadas y sin contar con ninguna ayuda en médicos, ni medicinas. En los pantanos, por ejemplo, de las costas cubanas se han improvisado numerosas cárceles donde los prisioneros agonizan vencidos por el hambre y la humedad.

A pesar de este inhumano trato, las cárceles están sometidas a un reglamento inflexible y los comunistas no olvidan que, por lo menos, cuatro horas diarias deben ser dedicadas a la indoctrinización. Cualquiera de los que contravengan una de las órdenes del reglamento -por ejemplo, durmiéndose durante las conferencias de propaganda comunista que debe atender- es sacado y amarrado a una estaca, obligándolo a dormir en una pantano, mientras es víctima de día y de noche de los mosquitos y los zancudos. Durante una noche, cualquier prisionero sometido a este castigo regresa con fiebre, delirio y más cercano a la muerte que a la vida.

La disciplina comunista Para los cubanos, el más leve signo de espíritu "contra-revolucionario", tal como el de evitar dedicar "voluntariamente" sus tardes del sábado a cortar caña de azúcar puede significar el encarcelamiento. Un elaborado sistema de vecinos espías mantiene al gobierno minuciosamente informado de todas las actividades y pensamientos de los ciudadanos y este sistema de delación ha llegado a tales extremos que hasta los niños incitados por las autoridades delatan a sus propios padres. Así como el racionamiento de los alimentos y las condiciones sociales son más duros cada día, la regimentación y la represión se hacen más y más severas para poder mantener a la población bajo el más estricto control.

Yo fui uno de los primero que sufrí la experiencia de este sistema organizado de terrorismo. Pero mi propia experiencia es apenas una muestra de lo mucho que sufren miles de cubanos sometidos a este régimen castro-comunista.

Para fines del año 1950 de mi finca ganadera situada en la Provincia de Oriente, para sostener el movimiento contra el dictador [Fulgencio] Batista, entregaba fondos y alimentos para suministrárselos a los guerrilleros. Tres meses después de que [Fidel] Castro tomó el poder en 1959, sin embargo, llegué al convencimiento de que [Fidel] Castro era un traidor a nuestra causa y me uní al movimiento subversivo y clandestino contra [Fidel] Castro y contra el comunismo.

La traición comunista En la noche del 6 de agosto de 1959 se había planeado un levantamiento. Los principales dirigentes del movimiento secretamente acordamos reunirnos a las 9:30 de la noche en La Habana. Cuando el último de los hombres llegó, uno de nuestros hombres apuntó su ametralladora directamente a mi sien. "Usted está arrestado", me dijo. Este hombre de nuestro grupo, acompañado por otros tres, había traicionado el movimiento.

De allí fuimos trasladados a un campo cercano de concentración donde durante el día y la noche fuimos sometidos a largos y torturantes interrogatorios. Después de 15 días fuimos transferidos a la fortaleza de La Cabaña, allí miles de cubanos y muchos norteamericanos hemos aprendido a conocer parte de las "maravillas" del sistema castrista. Yo fui destinado a la galera número 13, una estrecha cueva construida en un túnel. Antes de que [Fidel] Castro llegara al poder, en ese mismo hueco se obligada a vivir como animales a 30 hombres, ahora en forma indescriptible se hace vivir allí 150 hombres. ¿Cómo puede ser posible esto?

Todos los que fueron puestos presos conmigo fuimos condenados a permanecer en la galera número 14, el estercolero destinado a aquellos que debían morir. Pero, probablemente debido a que en el exterior se había levantado una gran campaña contra [Fidel] Castro debido a las ejecuciones que venía realizando su gobierno, suspendieron nuestra sentencia. Después de un juicio masivo del pueblo ejercido por un tribunal de cinco jueces pertenecientes a las milicias castro-comunistas, se nos dictó sentencia entre 5 y 30 años de prisión. La dictada en mi contra fue de nueve años.

La realidad cubana Fue entonces cuando nosotros comenzamos a saber lo que realmente significaba ser un prisionero del comunismo, cada día fuimos sometidos a dos o tres vergonzosas requisas. Por lo menos una vez semanalmente durante las horas de la noche entraban sorpresivamente a nuestra galera los soldados con bayoneta calada, obligándonos a salir completamente desnudos y manteniéndonos afuera en el frío durante tres o cuatro horas. Mientras tanto nuestras pobres y escasas propiedades como fotografías de nuestros familiares, nuestros cepillos de dientes y jabones nos eran robados.

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Durante una mañana gris del mes de abril de 1960 llegaron los guardias y en voz alta dijeron los nombres de 200 de nosotros. Inmediatamente fuimos sacados en camiones y luego llevados a un aeropuerto donde nos ordenaron subir a unos aviones de transporte. ¿Nuestro destino? La penitenciaria de Los Pinos. Irónicamente esta cárcel se encuentra construida en medio de una bellísima pradera verde que mira a un mar deslumbrante que se descompone en una infinita gama de hermosísimos colores. Su sección principal está compuesta de cuatro grandes edificios de ladrillo de seis pisos. Cada piso contiene 80 celdas designadas para una persona, pero ahora cada una de ellas da albergue a cuatro prisioneros.

El zumbido de centenares de voces en esta colmena humana fue el recibimiento que se nos hizo en esta cárcel donde deberíamos vivir durante varios años. Luego, las ventanas de nuestras narices fueron afectadas por el espantoso olor a excrementos y orines, ya que las celdas era imposible mantenerlas limpias por la completa falta de agua corriente.

Las cárceles del comunismo Después, como mejor recepción, era natural que las autoridades de la penitenciaria desde un principio trataran de quebrantar nuestra moral, procurándonos choques emocionales y físicos. Una de sus armas más empleadas es el hambre. A las 6:30 [a.m.] nos entregaban lo que ellos llaman el desayuno: un tambor de 50 galones de agua con un poco de azúcar, destinado a servir para la ración de 100 hombres. A las 10:00 a.m., [nos entregaban] otro nuevo tambor con un agua espesa de mal olor a la cual llaman sopa, porque allí se encuentran algunos vegetales. A las 2:30 p. m., más sopa, un poco diferente a la anterior porque nos entrega[ba]n un pequeño pan de dos onzas y un platillo con unos macarrones. Muy pronto nosotros supimos la consecuencia de esta dieta. La desnutrición nos llevaba rápidamente hacia la tuberculosis. La disentería era una enfermedad común. Solamente cuando uno de nosotros estuviera ya al borde de la muerte era llevado al hospital de la prisión.

Una noche, Nicolás Barrera, un ingeniero de 28 años de edad, me dijo a media voz. "Gustavo, tengo un horrible dolor de muelas. Trata de volverme loco el dolor... creo que no puedo resistirlo más". Al día siguiente ante la desesperación de Barrera, uno de los prisioneros que tenía alguna experiencia en odontología ayudado de una cuchilla de afeitar y una pita le sacó la muela dañada. Uno de los guardias que sorprendió la operación ordenó que el prisionero fuera llevado inmediatamente al hospital y allí le sacaron todas las piezas del maxilar superior, aunque estaban buenas para que ¡no volviera a sufrir caries dentales!

La falta de agua era nuestro mayor castigo. El agua de tomar se traía en un camión de una laguna cercana. Cada mañana éramos puestos en fila y en un vaso de zinc, se nos daba la ración del día. Lo que se nos daba por agua era un líquido amarillo, la cual, los que llegaban como nuevos prisioneros al principio se negaban a beber. Esta agua era la causa de todas nuestras infecciones intestinales. Con esa pequeña porción de agua y barro teníamos que calmar la sed y bañarnos.

La intranquilidad constante A toda hora debíamos estar alerta para las intempestivas inspecciones que eran llevadas a cabo de día o de noche a cualquier hora, las cuales eran llevadas a cabo por 200 o 300 guardias que de repente aparecían con sus bayonetas caladas y nos sometían a toda clase de vejámenes. Nosotros manteníamos guardias que con la palabra ¡ronda! nos avisaban y procurábamos esconder nuestros pequeños y miserables objetos que, para nosotros, tenían un gran valor y los cuales, sin misericordia alguna nos los robaban o destruían en su afán de mortificarnos.

Debíamos mantenernos en completo silencio. Todo ruido o movimiento era considerado como un quebrantamiento del reglamento y el prisionero era llevado a dormir afuera. A menudo alguno de los prisioneros de más edad era víctimas de un acceso histérico. El prisionero era llevado afuera y muchos de ellos jamás volvieron a la celda.

Estas celdas eran pequeños compartimientos de mampostería con una puerta de hierro y un canal a través del cual de vez en cuando fluía agua para arrastrar todas las porquerías. Los hombres duermen tirados al suelo, desnudos, por periodos que alcanza algunas veces a varios meses dependiendo de la bondad del comandante de los guardias. Durante mi prisión vi numerosos prisioneros que tuvieron que dormir por más de un año desnudos y en el suelo, [para luego] salir convertidos casi en cadáveres con incurables enfermedades en los pulmones o con parálisis de las piernas.

Bondadosos visitantes Esta es la vida rutinaria y bárbara que se obliga a llevar a los presos políticos en la cárcel que nosotros llamábamos la Isla del Diablo. Después de 18 meses, durante los cuales perdí 30 libras de peso, un jefe comunista vino a visitarme en la misma forma en que lo hizo con un gran número de prisioneros. El visitante fue muy cortés y amistoso. Me ofreció cigarrillos y hasta un pocillo de caliente y aromático café. Él sabía todo lo que se refería a mi prisión.

"No le estamos pidiendo que se convierta en un comunista" me dijo melosamente. "Todo lo que deseamos es ayudarlo. Permaneciendo usted aquí, sólo se está arruinando moral y físicamente. ¿Por qué no se une usted a uno de nuestros programas de rehabilitación? Uniéndose a este programa, usted podrá fácilmente visitar a sus familiares y amigos al mismo tiempo que llevará una vida menos penosa y podrá disfrutar de muchas de las comodidades de que aquí carece".

Finalmente, el bondadoso visitante me dijo: "Usted ha sido totalmente olvidado por todos. Nosotros realmente somos los únicos que estamos preocupados por usted y pensamos en su futuro. Si los enemigos de [Fidel] Castro y los norteamericanos son realmente sus amigos, ¿dónde están ellos?".

Por varias horas durante media docena de visitas estuve discutiendo con mi oficioso visitante y pronto las autoridades renunciaron a convertirme en uno de sus adeptos, pero de acuerdo con su política continuaron observándome en forma muy cuidadosa para esperar una oportunidad más propicia y nunca perdían ocasión en recordarme su frase: "Nadie se acuerda de usted, los yanquis imperialistas le han olvidado".

Los sistemas dominantes La mayoría de nosotros conocíamos perfectamente el sistema empleado por los castro-comunistas para su llamada "rehabilitación". Un prisionero en nuestras condiciones se encuentra siempre dispuesto a todo por ver a su familia y por ese deseo llega hasta aceptar el tal programa, pero luego si como resultado de sus observaciones dudan de la sinceridad de su espíritu de cooperación, es regresado a la Isla de los Pinos donde es tratado con mayor dureza que antes.

Dos meses más tarde volvió mi visitante y resuelto a jugar un albur resolví aceptar el tal programa de rehabilitación.

La primera a obligación que le imponen al prisionero es asistir a unas conferencias de indoctrinización marxista, obligación que resulta bastante bien ya que ello significa dejar atrás la espantosa cárcel y comienza uno a disfrutar de un poco de comodidades. Luego se me permitió visitar a mi esposa y niños una vez por semana. Luego comienzan las pruebas.

"Para continuar en esta posición" -se me dijo- "usted deberá dictar algunas conferencias marxistas a otros prisioneros".

Este es un paso muy importante en la indoctrinización comunista, pues ellos entienden que cuando un hombre trata de convencer a otros se ha logrado un total dominio sobre él ya que se ha obtenido su total destrucción moral. Su familia y sus amigos le perderán todo respeto y uno mismo comienza a despreciarse. Pero esto es muy superior a intentar regresar nuevamente a una cárcel. El sistema comunista ha minado a los hombres y no solamente les obliga a perder su fuerza espiritual sino su fuerza física. El comunismo hace cuanto quiere con uno. En sus manos los hombres nos convertimos en [un] peón de ajedrez.

La única esperanza Pero ésta en la única esperanza para obtener la libertad. Para mediados de 1963 caí gravemente enfermo a consecuencia de lo mal nutrido y virtualmente comencé a quedar ciego. En esta situación fui transferido al hospital prisión "El Príncipe" en La Habana. Allí me encontré con un médico anti-castrista a quien le conté mi situación y decidió ayudarme diciéndole a las autoridades que mi caso era sumamente grave.

Repentinamente fui puesto en libertad condicional y en el mes de marzo de 1965 obtuve una visa para ir a México con el objeto de hacerme operar de los ojos.

Este es el fin de mi historia. Algunos pueden creer que exagero acerca de la situación de los miles de cubanos que están actualmente presos en las cárceles de [Fidel] Castro, pero no. Todo cuanto he referido es estrictamente cierto y lo declaro bajo mi palabra de hombre honrado y patriota que está listo a jurarlo ante cualquier autoridad que lo estime necesario.


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