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Enjillamiento del negro y las fiestas de los nuevos exploradores

27/07/2019 23:09 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Nací en Puerto Cabello, en el viejo hospital, muy cerca de Playa Blanca y el viejo malecón

Fuente Literaria

 

No bastaba ser negro para morir bajo la cuchilla en toda la Cuenca del Caribe, ya los españoles habían experimentado algunas situaciones febriles con los indígenas y sus etnias en nuestra hermosa provincia de Venezuela, venidos de todo lugar, buscaban El Dorado para rastrojar nuestras riquezas y llevárselas a Inglaterra y España.  Cuarterón, tercerón, mameluco, grifo o marabú, negro o mulato, simplemente, poco tenían derecho a la vida en plena colonia. Se les descargaba una carga de fusilería o los cuchillos amolados hacían su efecto.

Nací en Puerto Cabello, en el viejo hospital, muy cerca de Playa Blanca y el viejo malecón. Al nacer, escuchaba el canto de los negros de Borburata al sonar de los tambores que recogían sus fuerzas en los días de San Juan. El salitre embardunaba las viejas embarcaciones y los bergantines, el estrecho camino marino de los muelles se hacía sentir con el paso de los vientos en la tan querida planchita.

Ya crecido, siempre fue reconfortante tomar un sorbo de café en este lugar pintoresco de mi ciudad natal, donde los burros aprisionaban con sus lomos el clásico carro de moler hielo que era saborizado al gusto del cliente. Abuelo Celestino me llevo todas las noches en un vestusco autobús con un amigo como chofer, mientras hacia la vuelta, para ver los barcos en la rada y niños como adultos, lanzar sus nilones para sacar sardinas que llegaban en cardúmenes junto al jurel en su paso a la escenada de Ocumare De La Costa y Choroni.

Desde que nací, las arqueras me cubren por orden de un Espíritu Superior y ante una oración de Fe, me dio el privilegio de escribir estas líneas, pero, tía Elisabeth entendió sobre mi cuidado y junto a mamá Eva y Luisa, mi otra madre resguardaron mi niñez en casa de mis abuelos en Rancho Grande.

Pero, al otro lado de la ciudad, las grandes cuchillas, llenaron de angustias a familias enteras, los antiguos colonos poseían esclavos y, aquel que ya repugnaba, era despojado de su pequeña fortuna y lanzado al mar y, en las noches, las mesas eran completadas con café y melaza para llenar de placer a los invitados. Donde se alza el Castillo del Cerro Azul, son tierras llenas de fortaleza, energía y una verdadera memoria histórica. Ante tal, extravío, las esposas decentes se daban al adulterio y celibato. Las señoritas protestantes se escurrían entre el monte y ante el halago del escenario, se pintorreaban de lunares y esclavas para esconderse en los ríos hasta el amanecer y no ser violadas.

El negro antillano, como el venezolano de hoy, han sido y son humillados ante la mano fría del extranjero que venido de tierras caribeñas y glaciares desean esclavizarnos de nuevo, sin lanzar una cuchilla, cuerazo o bala. Todo se ejecuta bajo la mirada fría del Estado, sus funcionarios e invitados a estas fiestas, tienen tanto pecado como los primeros colonos.

Los indígenas en sus etnias, son ignorados, como fue obviado el reinado de Los Incas, Aztecas y Mayas.

 Pero, necesitan de nuestros muelles portuarios y los diques para darle mantenimiento a sus enormes barcos, algunos de guerra y otros de comercialización.

Ahora, todos están rejuvenecidos, es la nueva estirpe social burguesa y neoliberal en nuestras tierras. Antes humillada y dada a la sangre en sus caminos por los usurpadores españoles que tomaron a República Dominicana, Haití y Cuba como asentaderas de sus sueños. Es una nueva cultura avasalladora no occidental.

Antes, al igual que hoy, la casta militar se goza de la ausencia de las Dianas, anunciado alguna irregularidad en su contexto territorial. Ahora, los notarios son extranjeros, nos recuerda al cura que anotaba todo lo que su visión percibía ante la jauría de aquellos expedicionarios que soñaron con El Dorado.

En Venezuela, estamos huérfanos. Hay un grito de guerra silencioso.  Es necesario tocar trompetas. En Borburata y Gañango lloran las matronas por sus hijos negros muertos, junto a las polvorientas sendas que gritaban, ¡Libertad! Es una devoción, seguir viéndolas en la Iglesia, cantando en los atardeceres con desmayos por el fuerte calor.

Hemos envejecido.  Algunos baúles se han salvado y todavía se escuchan cantos junto al violín, música de pasapiés, los jóvenes criollos usaban ya corbatines emulando al visitante extranjero. Eran sus hijos, paridos de una mujer negra o mulata, otros lucen sus vestimentas españolas.

Antes de morir mi esposa, tuve que correr a esconderme en la pechera de una doctora cubana, al igual como dormía en el lecho de mamá y la madre de mis dos hijos, antes de dormirme le pasaba mis dos dedos intermedios entre sus dientes para asegurarme de su identidad, porque todo es una memoria histórica, un espacio de tiempo que nos toca vivir. Ya son tres años y medio sin su presencia. Me he vuelto rebelde, pero, niño. Mi nivel de conciencia es variante. Necesitamos recitar la oración de siempre para reasumir el coraje de nuestros antepasados.

El espejo, busca envejecerme.  Ya se engullo una negra querida y apreciada.  Semana en semana, todo transcurre bajo un triángulo novelero, debo dormir bajo ese retrato que mi mejor amiga colocó en su cuarto y me dio cariño al igual que su mamá. El espejo se iluminaba ante su cabellera y se expandía de manera escalonada sobre sus hombros, elevando su canto y alegría en las tardes, cuando se trasladaba a la Iglesia. Las Iglesias, esconden el misterio de los confesionarios, cada figura en presencia de un símbolo. Es una fuerza envolvente que nos domina y seduce. Es un canto que, a modo de oración, debemos elevar cada noche arrodillado en oración, un canto a la esperanza con sus atributos y signos.

Todo sea por el café, cacao, plátanos, maíz, patilla, oro, cobalto, uranio, petróleo, gas y agua del corazón amazónico

He colocado en la cama de mi niña, la sábana roja y blanca que me obsequió Ana Daza, luego de cuatro años guardada, fue una decisión sencilla, pero ejemplificante. Ya mi niña creció, se hizo mujer y me dio dos nietos. Están lejos, muy alejada del Castillo, pero, la brisa sigue.  La misma brisa que se siente en el piso de Migdalia en Cumboto. Somos inocentes en un camino muy largo, donde las sirenas emiten sus voces a sus caprichos, allí acostado, mi memoria va al pasado y presente, simplemente, nada existe, somos ese viento sin rostro que cubre nuestras entrañas y me hace viajar desde Tovar hasta el cuarto, donde hoy, cierro mis ojos. Una estela de espuma que las negras de Borburata con sus canastas me hacían llegar algunas conservas de coco y paquetones de harina con papelón para deleitarme en la plaza de su comarca.

Cuantos faroles rompí en las calles del casco de aquella ciudad que olía a mar y sepultura. Noches estrelladas, donde millares de hombres y mujeres dejaron marcadas sus vidas y soñaban con camarotes, castillos y sollados, calles de Guayabal, donde Paulina y mi ex cuñada me daban una porción de café de las tierras de Borburata, Paulina descubrió que el mar se estaba renovando en su interior, siempre me atendió bien junto a los abuelos, sus padres, vinieron de Las Canarias. En pleno océano, el viento le pegaba el vestido a su cuerpo, muy joven vino a su familia a una tierra de sueños y visión profunda. Siempre andaba en velo de novia porque nunca se desprendió de su fe religiosa y oraciones, siempre estaba presente ante el enfermo, la alegría de servir y su atención al prójimo, mi hermano perdió una gran oportunidad en su hija, después de su casorio. Para llegar a su casa, tenía que atravesar un rio y ver la construcción de la vivienda de mis padres por meses, tuve que ayudar a papá en esta segunda oportunidad, la primera el ingeniero se había robado la cuota inicial, en la segunda, colaboré en la cuota inicial, siempre he trabajado y escrito en prensa, el editor Guillermo Antón Santana y el locutor y periodista Carlos Viso del Prette me dieron esa oportunidad, trabajo desde los trece años y nunca le conté esto a nadie. Vendía Biblias y texto cristianos.

Frote mis ojos, ante mí, el porteñazo. A solo quinientos metros visualice desde Las Tejerías, la caída de los aviones para descargar sus cargas. Un desafío. Todos, soñaron despiertos, la izquierda buscaba el poder en mi país y la ola represiva volvió de nuevo y los caídos evocaban a los griegos, alrededor del fortín, las montañas difundían, poco tiempo después, sus cantos en las pajareras, el vaho de algunas plantas y los helechos nuevos, un camino de subida a San Esteban pueblo, lugar de residencia de mis familiares cercanos y lejanos. Los Suárez, Sánchez, Torrens y Ramos.

Pero, bellos momentos en Ciudad Bolívar y Tovar- El Vigía. Tiempo de fortaleza y muy útil para mi bienestar emocional. Tiempo de princesas reales, la antigua cocina humeando su café, aromas que caían en el atardecer. Demasiadas frutas verdes y mangos aguados.  Meses sin novedad que descubrían a Cúcuta en su compañía, el papel de un caramelo lanzado por la puerta derecha al vacío, una cara enrarecida, son golpes duros recibidos en los senderos que cubren la ruta de la gran ciudad. Abajo el rio Chama con su gente, el ruido de los cascos hacia la hacienda con su ruma de café, otros con su saco al hombro.

Es e frasco de los otros tiempos, vías llenas de cascaras, hierbas, de moras y berros macerados.  Olores que despiden un suave olor, como tu rostro al espejo, peinándote, tus regalos que hoy conservo a diez años de aquella noticia.

Son profecías que estremecen el alma. Un transeúnte del camino con un amor silente, tras el llanto, aquel llanto lega la arquera que emerge entre las aguas, lágrimas pasadas por el viento del mar de mi Puerto Cabello, un silencio queda atrás, así son las amistades del mundo contemporáneo, solo quedan los despojos del viento.

Mi esposa, antes de partir, “Es un hombre bueno, jamás nos dejó pasar trabajo y hambre”. Eso, no basta. Se me fue, habló desde la historia. El cielo es el mismo en todas partes,  solo suenan las campanas y cantan los gallos con sus sonidos.

Las torres del Castillo guardan dos cuerpos en urnas de cristal. Los dragones custodian ese lugar con sus lenguas de fuego. Desde lo alto, solo se ven las nubes y nos proyectamos en la misma sombra, todo es mentira y engaño, la amistad no existe, menos el aprecio al prójimo. Vivo con las ventanas encerradas por las moscas, cucarachas y chiripas, los ratones. Mis vecinos no saben residir en comunidad botan la basura detrás de sus casas de residencia y llegan los roedores y alimañas, muy temprano llegan tres águilas blancas para agarrar estos animalitos. Necesitamos conciencia social y la alcaldía no actúa, son cómplices de todo, porque no administran la ciudad. Este cuerpo auxiliar del Estado, solo le interesa tener nuestros datos. El Castillo es atacado constantemente por verduleros hasta por los residentes cercanos, no hay aprecio por la vida.

Las velas se derriten por los apagones, triplicaron sus precios, ya poco hay amarillos.  Un murciélago se coló por el tragaluz de las paredes de la rotonda, siempre da vueltas desordenadas bajo la vista de todos. Pero, la noche se plega y hunde a su vuelo, un nuevo acontecer de ese día que oscurece, siempre espero el sol con sus alas abiertas. Hay que amar, a pesar de estas plagas, un mundo de miseria que siempre nos bordeará con el hombre en su grandeza.

Estamos en asalto una guerra que mueve a nuevos amos, donde los caracoles de la montaña y costa, elevan sus chasquidos, ahora, los mulatos son investidos como presidentes, hay un bramido inmenso, nos han traicionado. Dejamos rastros de sal, en los flancos de las montañas. Jóvenes que murieron en el porteñazo, los que participaron en su libertad, se ahogan en su silencio por las ruinas dejadas de la antigua hacienda, de la pasada República, nos invadieron en silencio y nos sacan de las raíces de la tierra.

Somos un cuerpo de carne transcurrida. Ahora, se porque el hombre padece y espera, languidece en sus pasos. Es la misma herencia recibida. Trabajé para gente que nunca conoceré. Soy huérfano, no tengo madre, ni hermanos, su alma está llena de parrilladas, es un camino, donde se escucha un bramido, mi carne esta lacerada como los negros llegados a Puerto Cabello y se asentaron en Borburata.

Es olvido e hipocresía. Todo es una jerarquía establecida. Jamás conocí a mis hermanos, fue una imposibilidad de sacrificio, reposo y deleite, son incapaces de amar en medio de sus plagas.

+ Escritor, filósofo, periodista.

 

 

 

 

 

 

 

 


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Emiro Vera Suárez (1484 noticias)
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