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Escenario peligroso para un Estado de derecho

28/11/2014 16:00 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Autor: Marcos Ibazeta Marino Fuente: Expreso image

El panorama nacional, plagado de diarios escándalos de corrupción, fugas, blindajes y nula acción correctiva desde la policía, pasando por la fiscalía y el sistema judicial, con un Congreso completamente desprestigiado, un sistema de control absolutamente ineficaz y la inseguridad ciudadana llegando a límites peligrosamente intolerables, con delincuentes que actúan a su antojo, robando, agrediendo físicamente, matando por ferocidad o lucro, por encargo o como brazo armado de una organización criminal de gran magnitud; con instituciones estatales nada confiables y funcionalmente muy endebles; con un liderazgo político que se desmorona, tanto por la corrupción que los amaga como por los apetitos de poder al interior de las organizaciones políticas y los miedos que asoman desde el poder máximo del Estado frente a la arrogante actitud de sujetos imputados de actos delincuenciales que se atreven a conceder entrevistas desde sus escondrijos, nos presenta un escenario tremendamente peligroso para la estabilidad política, la democracia y el Estado de derecho.

La situación puede volverse socialmente inmanejable si es que las medidas económicas que se están proponiendo para enfrentar la crisis no producen los efectos deseados. Formulo esta reflexión porque ese fue exactamente el escenario que hubo en el Perú durante el primer gobierno de Belaunde, que se manifestaba con mayor intensidad en Lima, a donde llegué al terminar el colegio, poco antes del golpe de Velasco.

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Quedé sorprendido al escuchar a casi toda la población pedir un golpe de Estado contra un Belaunde al que consideraban demasiado débil para resolver una crisis moral, más que económica, de la magnitud que se vivía entonces, por cuyo motivo no me extrañó que, luego de la toma del poder por Velasco, éste tuviera un gigantesco nivel de aprobación.

El mismo escenario se produjo en los noventa luego del nefasto primer gobierno aprista y, nuevamente, el pueblo aplaudió a rabiar el autogolpe de Fujimori.

Nada es nuevo. Julio César, observando la decadencia moral del Senado romano, no obedeció sus órdenes, cruzó el Rubicón y los derrocó fundando el imperio. Lo mismo sucedió con el ascenso de Napoleón en Francia. La pérdida de autoridad moral y la destrucción de la credibilidad ciudadana en líderes sin principios ni visión de futuro trae grandes males. Es urgente corregir rumbos. No llevemos a nuestro pueblo a una ciega exasperación porque los aventureros están por doquier.


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