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El fascismo y la lucha de clases, el posmodernismo de la izquierda Sudaméricana

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07/11/2018 21:41 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

En un contexto social en el que los obreros muestran un alto grado de militantismo sindica

Aventis

Tal es la tesis fundamental de Sternhell. En el desarrollo de “El nacimiento de la ideología fascista”, el capítulo está dedicado al análisis de la obra de Sorel: tal vez no propiamente un filósofo ni autor de un corpus ideológico cerrado, su verdadera originalidad, señala Sternhell, reside en haber constituido una especie de “lago viviente”, receptor y fuente de ideas en la gestación de las nuevas síntesis ideológicas del siglo XX. Nietzsche, Bergson y William James lo marcaron sin duda más hondamente que Marx, con ánimo de juzgar lo que consideraba un sistema inacabado. El autor de “Reflexiones sobre la violencia”, de “Las ilusiones del progreso”, de “Materiales de una teoría del proletariado”, etc., se sublevaba contra el marxismo vulgar (que pone énfasis en el determinismo económico) y sostenía que el socialismo era una “cuestión moral”, en el sentido de una “transvaluación de todos los valores”. La lucha de clases era para él cuestión principal y, por consiguiente, el saber movilizar al proletariado en la guerra contra el orden burgués.

En un contexto social en el que los obreros muestran un alto grado de militantismo sindical (1906, el año de edición de “Reflexiones sobre la violencia”, es también en Francia el del récord de huelgas que muy a menudo suponen enfrentamientos sangrientos con las fuerzas del orden), pero también donde una economía en crecimiento permite a la clase dirigente hacer concesiones que aminoran la combatividad obrera, no bastan el análisis económico ni la previsión del curso racional de los acontecimientos. Sorel descubre entonces la noción del “mito social”, esa imagen que pone en juego sentimientos e instintos colectivos, capaz de suscitar energías siempre nuevas en una lucha cuyos resultados no llegan a divisarse. Como el mito del apocalipsis para los primeros cristianos, el mito de la huelga general revolucionaria será para el proletariado esta imagen movilizadora y fuente de energías. Con fervor análogo al de las órdenes religiosas del pasado, con un sentimiento parecido al del amor a la gloria de los ejércitos napoleónicos, los sindicatos revolucionarios, armados del mito, se lanzarán a la lucha contra el orden burgués. Así, a la mentalidad racionalista, que el socialismo reformista comparte con la burguesía liberal, Sorel opone la mentalidad mítica, religiosa incluso. Su crítica al racionalismo que se remonta a Descartes y Sócrates y, contra los valores democráticos y pacifistas, reivindica los valores guerreros y heroicos. De buena gana reivindica también el pesimismo de los griegos y de los primeros cristianos, porque sólo el pesimismo suscita las grandes fuerzas históricas, las grandes virtudes humanas: heroísmo, ascetismo, espíritu de sacrificio.

Sorel ve en la violencia un valor moral, un medio de regenerar la civilización, ya que la lucha, la guerra por causas altruistas, permite al hombre alcanzar lo sublime. La violencia no es la brutalidad ni la ferocidad, no es el terrorismo; Sorel no siente ningún respeto por la Revolución Francesa y sus “proveedores de guillotinas”. Es, en suma y en el fondo, contra la decadencia de la civilización que dirige Sorel su combate; decadencia en la que la burguesía arrastra tras sí al proletariado. Y no será sorprendente encontrar a los discípulos de Sorel reunidos con los nacionalistas de Charles Maurras en el “Círculo Proudhon”, que lleva el nombre del gran socialista francés anterior a Marx. Tampoco será extraño que en sus últimos años Sorel lance su alegato “Pro Lenin”, anhelando ver la humillación de las “democracias burguesas”, al mismo tiempo que reconocía que los fascistas italianos invocaban sus propias ideas sobre la violencia.

La síntesis nacional y social.

Por esto, en que triangulación se encuentra el presidente Nicolás Maduro Moros para posesionarse del poder. Y obviar, el Legado del comandante Chávez Frías para atraer violencia y hambre en nombre de la paz, un kilo de carne de res en los Hiperlider, ascendió de manera abrupta a los 900 soberanos y todo en silencio.

.Estos discípulos son también estudiados por Sternhell. Son los “revisionistas revolucionarios”, la “nouvelle école” que ha intentado hacer operativa una síntesis nacional y social, no sin tropiezos y desengaños. Allí está Edouard Berth, quien, junto a Georges Valois, militante maurrasiano (futuro fundador del primer movimiento fascista francés, muerto en un campo de concentración alemán), ha dado vida al “Círculo Proudhon”, órgano de colaboración de sindicalistas revolucionarios y nacionalistas radicales en los años previos a 1914. Aventada esa experiencia por la guerra europea, Berth pasará por el comunismo antes de volver al sorelismo. Está también Hubert Lagardelle, editor de la revista “Mouvement Socialiste”, hombre de lucha al interior del partido socialista, donde se ha esforzado por hacer triunfar las tesis del sindicalismo revolucionario (por el contrario, en 1902 han triunfado las tesis de Jaurés, que presentan el socialismo como complemento de la Declaración de Derechos del Hombre). Ante la colaboración sorelista-nacionalista, Lagardelle se repliega hacia posiciones más convencionales; pero en la postguerra se le encontrará en la redacción de “Plans”, expresión de cierto fascismo “técnico” y vanguardista –en ella colaborarán nada menos que Marinetti y Le Corbusier-y, durante la guerra, terminará su carrera como titular del ministerio de trabajo del régimen de Vichy.

Trayectorias en apariencia confusas pero que revelan la sincera búsqueda de “lo nuevo”. De Alemania les viene el refuerzo del socialista Roberto Michels, quien, a la espera de construir su obra maestra “Los partidos políticos”, anuncia el fracaso del SPD, el partido de Engels, Kautsky, Bernstein y Rosa Luxemburg. Michels observará también que el solo egoísmo económico de clase no basta para alcanzar fines revolucionarios; de aquí la discusión sobre si el socialismo puede ser independiente del proletariado. El ideal sindical no implica forzosamente la abdicación nacional, ni el ideal nacionalista comporta necesariamente un programa de paz social (juzgado conformista), precisa a su vez Berth, quien espera de un despertar conjunto de los sentimientos guerreros y revolucionarios, nacionales y obreros, el fin del “reinado del oro”. En fin, la “nueva escuela” desarrolla las ideas de Sorel, por ejemplo, en la fundamental distinción entre capitalismo industrial y capitalismo financiero. Resume Sternhell su aporte: “…a esta revuelta nacional y social contra el orden democrático y liberal que estalla en Francia (antes de 1914, recordemos) no falta ninguno de los atributos clásicos del fascismo más extremo, ni siquiera el antisemitismo”. Ni la concepción de un Estado autoritario y guerrero.

Paleo–marxista de unas clases sociales uniformes y estáticas, con unos grandes capitalistas dedicados a succionar la plusvalía del proletariado. Este enfoque ya no tiene sentido, desde el momento en que es la exclusión – y no ya la explotación– el instrumento que el capital emplea para controlar a las clases subalternas. Por lo demás, la noción de clase social es hoy incierta y fluida, desde el momento en que el sujeto neoliberal es, ante todo, un “empresario de sí mismo”. Todos y cada uno son hoy en día explotados y explotadores, deudores y acreedores, productores y consumidores. A lo que hay que añadir que ya no hay conciencia de clase en sentido marxista, debido a la atomización social impulsada por el neoliberalismo. La posibilidad de una lucha de clases en sentido clásico es cada vez más incierta, desde el momento en que la frontera entre poderes y contrapoderes se ha difuminado. El propio sistema reniega del poder; ésa es su “marca de fábrica” (Shmuel Trigano). El sistema crea su oposición controlada, de forma que los “contrapoderes” pomposamente proclamados por la extrema izquierda no pasan de ser meros parques temáticos, cuando no fuerzas auxiliares en el trabajo sucio de información, intimidación y represión. En la era posmoderna la dominación se ejerce de forma capilar, rizomática, con la colaboración entusiasta de los propios subalternos. Pero el hecho de que los subalternos carezcan de conciencia de clase no hace que los dominantes, ellos sí, ignoren dónde están sus intereses. Un punto en el que uno de los padres de la sociología, Vilfredo Pareto, puede ayudarnos a completar la visión de Marx. 

Como es sabido, Marx proponía una explicación de la lucha de clases en términos de oposición entre capital y trabajo. Según los marxistas tradicionales, la eliminación social de los grandes propietarios conduciría, a la larga, al fin de toda dominación. Pero para Pareto esto es un espejismo optimista. La dominación no responde a un cúmulo de circunstancias eliminables, sino que es consustancial a la naturaleza humana. “La dicotomía que opone el trabajo frente al capital – según Pareto – no es más que la forma particular y contextual de una lucha por los recursos y por el poder, cuyo dinamismo deriva de una naturaleza humana que le preexiste y le sobrevivirá”. Lo que permanece invariable, por tanto, es “la propensión de las sociedades humanas a organizarse de forma jerárquica entre las élites que gobiernan y la masa gobernada (…) a lo que se añade una lucha interna en el seno de las élites para mantener o acrecentar sus prerrogativas, aunque para ello deban establecer alianzas de circunstancia con actores sociales fuera de su propia esfera”. La cuestión está en saber dónde está hoy esa clase dominante, cómo se organiza su jerarquía, donde están las alianzas de circunstancia y cuál es su ideología orgánica.

Pero no hay diferencias, en el marxismo venezolano de hoy, Nicolás, como presidente nos lleva al neoliberalismo, pero, debe rendir cuentas, primero al pueblo y, luego al ELN. Eso, esta claro, que hacían comandos de ese grupo guerrillero en plena Amazonas, eso no es marxismo, entregar un país a una diversificación de fuerzas que va desde China hasta los campamentos de los helenistas y, donde queda la FARC, nuestro ejército no cuenta, será suplantado por las milicias que serian coordinadas por estos grupos anárquicos al país.

Reivindicar hoy el enfoque de clase no equivale a desempolvar la visión

El posmodernismo es la ideología de la clase dominante. El fracaso de la izquierda posmoderna reside en su incapacidad para verlo. Enfrentados a la tesitura de desprenderse de una visión obsoleta de la lucha de clases, las nuevas izquierdas recurrieron a la ya conocida panoplia posmoderna: las minorías como sustitución del proletariado, los “sin papeles” como sustitución de la clase obrera, la “deconstrucción” como sustitución del materialismo dialéctico, las “guerras culturales” como sustitución de la revolución. Algunos en la izquierda denuncian esta situación, pero la apuesta ha sido demasiado fuerte, los esfuerzos invertidos demasiado ingentes, y seguramente ya es demasiado tarde para echarse atrás.

En algo sí tenía razón la izquierda posmoderna: todos esos temas “progres” conforman, hoy por hoy,  el marco ganador. Pero no para las nuevas izquierdas en un sentido estricto, sino para el neoliberalismo del que, de forma consciente o inconsciente, ellas también forman parte.

¿Han sido las nuevas izquierdas víctimas de una trampa del neoliberalismo? ¿Es el posmodernismo una estrategia para acabar con la izquierda? ¿Es la “diversidad” un opio del pueblo hecho de cabalgatas LGTBQ, políticas de género y consignas veganas? Ésa es la tesis de una incipiente crítica en el seno de la izquierda, la cual, presa de ataque de cuernos por la fuga de los trabajadores con el populismo de derecha, enciende las sirenas de alarma y clama por una reapropiación del viejo marxismo y sus esencias obreristas. Una explicación – la de la “trampa”– que, como todas las interpretaciones en clave conspiratoria, resulta poco convincente.

La tesis conspiratoria – que de forma más rebuscada podemos llamar tesis “funcionalista” – es un enfoque teleológico que viene a explicar los fenómenos y los comportamientos en función de las necesidades internas del sistema. Según esa idea, las cosas existen porque responden a necesidades u objetivos que, de alguna manera, han sido predeterminados por ciertos actores: aquellos que “mueven los hilos” de lo que acontece. Se trata de una explicación confortable, en cuanto sirve de comodín para explicar hechos que, de otra forma, parecen confusos o incomprensibles. Pero el problema de los conspiracionismos suele ser la simpleza de sus análisis. Algo así como cuando, en el siglo XVIII, algunos ilustrados explicaban la religión como una impostura de los curas para dominar al pueblo. Pero si queremos entender la deriva posmodernista de la izquierda, el propio Marx señala un camino más adecuado.

Dejen tranquilo a Trump. Ahora Obama es izquierdista junto a la Hillary, no se ubican. Y nuestro presidente quiere imitarlo en una versión marxista.

Si en algo destaca la obra de Marx, es en frialdad de análisis. Por mucha que fuera su indignación ante las miserias del proletariado, el autor de “El Capital” rechazaba las explicaciones en clave subjetiva, psicológica o moralizante. Nunca en su obra se explican los manejos del capital en términos de maquiavelismo o de rapacidad de un grupo social concreto (los capitalistas, en sí, no son ni “buenos” ni “malos”). En la visión marxiana, todos los agentes sociales – capitalistas, burgueses, proletarios – obedecen a un proceso que en gran parte se les escapa, en cuanto está impulsado por las contradicciones de una sociedad cuya célula germinal es el fetichismo de la mercancía. Una tesitura en la que los hombres son en gran medida los ejecutores de una lógica externa, y en la que los procesos de socialización forman una dinámica que se auto–regula de forma autónoma.¿Qué quiere decir todo esto, al explicar el nacimiento de la izquierda posmoderna?

Simplemente: tanto el neoliberalismo como el posmodernismo forman parte de esa lógica externa, en la que ambos fenómenos confluyen de forma natural. Ni el posmodernismo es un “complot” del neoliberalismo, ni hay conspiración que valga. Los posmodernos de izquierda son sólo un producto de su época, o si se prefiere, son una hegeliana “astucia de la Historia” en la fase neoliberal del capitalismo. Una idea que, no obstante, debemos manejar con precaución, si no queremos caer en esa visión teleológica que criticábamos arriba. Las cosas han sucedido así, pero también hubieran podido suceder de otra manera. Porque frente a lo que afirma el marxismo vulgar, los procesos sociales no están determinados por los modos de producción (la llamada “infraestructura”) sino condicionados por ellos

Sea como fuere, la izquierda posmoderna sigue a lo suyo, convencida (tal vez sinceramente) de que constituye un gallardo contrapoder frente al neoliberalismo. ¿Dónde reside su error? Simplemente, en no ver hasta qué punto está condicionada por la forma neoliberal de (re)producción de lo social; en no asumir hasta qué punto es la impulsora un proceso que la supera.

Todos quieren ser multimillonarios a lo Donald Trump, me recuerdo a Daniel Ortega, de pronto en la máquina de Reuters y AP del diario donde trabajaba en ese momento apareció la información de la compra de veinte y dos- 22 pares de lentes en EEUU, en una gira histórica para recoger fondos para el Sandinismo. Y ahora, es neoliberal, dictador y genocida, motivador indirecto de una marcha hacia el norte, símbolo de frustraciones, así son todos los izquierdistas del posmodernismo, solo digo, el ELN no es la FARC, es una fuerza de combate radical.


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Emiro Vera Suárez (736 noticias)
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