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Franco quiso hacer su bomba atómica en secreto al margen de los convenios internacionales

08/01/2016 05:50 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

El sueño de Franco era equipararse en cuanto a potencia con las dos superpotencias mundiales: la URSS comunista y EEUU. Y así se olvidarían sus devaneos con Hitler, la División Azul, la Legión Condor, García Lorca, y las cunetas

Tras la Segunda Guerra Mundial, España había quedado prácticamente aislada de todos los planes para prosperar que se estaban realizando en el resto del planeta. La neutralidad del país durante la gran contienda lo dejaba sin potenciales enemigos bélicos, pero también sin aliados. El general Franco deseaba posicionarse firmemente ante los demás países y demostrar que, aunque solo, tenía la suficiente tecnología para construir armamento nuclear con el que defenderse de un hipotético ataque.

El lanzamiento de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki le abrían la puerta a una tecnología aun desconocida en España, pero a la que, a partir de finales de los años 40, se le dotaría de todo tipo de ayudas gubernamentales para desarrollar y estudiar a fondo la energía nuclear.

Al principio de los años 50, se instaló en la sede de la JEN, en la Ciudad Universitaria de Madrid, el primer reactor rápido nuclear español, el Coral-1, con capacidad para trabajar con plutonio de grado militar. Estos reactores rápidos funcionan con este material o con uranio enriquecido al 90% (U-235) y los residuos siguen conteniendo casi tanto combustible como el que queman. Los primeros gramos de plutonio, los únicos en el mundo que no fueron fiscalizados por la OIEA (Organismo Internacional de la Energía Atómica), encargada de velar por la no proliferación, vieron la luz 12 meses más tarde, en 1969, en el más absoluto de los secretos. El sueño español podía ser una realidad.

El primer juguete el Coral-1 lo inauguraron la víspera del Día de Inocentes, el 27 de diciembre del año 1958, Franco y el almirante Luis Carrero Blanco,   inauguraron en Centro Nacional de Energía Nuclear Juan Vigón en la Ciudad Universitaria de Madrid. Estaban entusiasmados España poseía la estructura del primer reactor instalado en territorio patrio con capacidad para reprocesar uranio. Era uno de los sueños secretos de Franco.

Interesaba además desarrollar una tecnología “nacional“, no solo  en el capítulo energético. Ya funcionaban dos centrales en el país, pero no por investigaciones propias, sino gracias al capital y la tecnología americana y la de De Gaulle. El sueño de Franco era equipararse en cuanto a potencia de fuego con las dos superpotencias mundiales: la URSS comunista y EEUU. Y así se olvidarían sus devaneos con Hitler, la División Azul, la Legión Condor, García Lorca, y las cunetas con cientos de cadáveres sin identificar, el racionamiento, la tuberculosis, el hambre, la policía secreta, etc..y como Franco sabía que los veteranos republicanos los que no estaban en las cárceles y los otros no olvidaban, ¿qué mejor que una bomba atómica para desviar malos recuerdos y ganarse a los yanquis, aparte de la represión y el valle de los Caídos?.

España no podría permitirse un número tan elevado de bombas de hidrógeno como EE.UU. o los Soviéticos, pero ¿por qué no 'subirse al carro' tecnológico de los grandes vencedores?

El enemigo comunista estaba bien armado, Marruecos no ocultaba sus cartas sobre algunos territorios “españoles” -algo que se pudo corroborar más tarde en la Marcha Verde de del rey Hassan II en 1975- y en Europa  y Franco era el único dictador fascista vivo de la terna que en los años 30 y 40 habían regido España, Italia y Alemania.

Durante dos décadas, más allá incluso de la muerte del dictador, España estuvo coqueteando con el arma más mortífera creada por el ser humano: la bomba atómica. Hoy, cuando se cumple más de medio siglo de la creación de la Junta de Energía Nuclear (JEN) y 100 años del descubrimiento de la radiactividad, sorprende lo cerca que estuvo España de ser una potencia nuclear.

Así, Muñoz Grandes –falangista, jefe de la División Azul que luchó en Rusia al lado de los SS de Hitler, y muy poco amigo de Estados Unidos– encargó al entonces director de la JEN (Junta de Energía Nuclear), el ingeniero y almirante José María Otero Navascués, un estudio sobre las posibilidades reales que tenía nuestro país de construir una bomba atómica sin alertar a la comunidad internacional. Esta responsabilidad recayó sobre todo en el catedrático de Física Nuclear y general de Aviación, Guillermo Velarde. Los primeros resultados fueron un fiasco. Los especialistas del JEN (todos militares) se manifestaron incapaces para saber los detalles técnicos para la fabricación del artefacto y, sobre todo, cómo obtener el plutonio necesario.

Tres años después, sin embargo, el accidente de un avión norteamericano en la localidad de Almería de Palomares al perder irresponsablemente sobre territorio español cuatro bombas de hidrógeno, supuso un nuevo impulso al proyecto. Los técnicos españoles, encabezados por Velarde, encontraron en la zona restos de la bomba y de los detonadores que les permitieron resolver  muchas dudas.

En el universo geopolítico de la época, poseer la capacidad técnica para fabricar la bomba, significaba detentar un estatus especial. Y Franco lo sabía. Con espinas clavadas como el mantenimiento de la posesión británica de Gibraltar o el eterno "fantasma" que suponían las aspiraciones marroquíes por recuperar las plazas de Ceuta y Melilla, los sucesivos gobiernos se negaron a firmar el Tratado de Proliferación Nuclear (TNP) que obligaba a los países signatarios a renunciar a las aplicaciones militares de la energía nuclear. Además Franco necesitaba el desierto del Sahara para probar sus bombas atómicas. Porque él no tenía como los norteamericanos el Oceano Pacífico.

Hace más de 30 años el presidente de Estados Unidos, Gerald Ford, recibía un informe inquietante. España pretendía armarse con la bomba atómica y sumarse así al selecto grupo de potencias nucleares. El Gobierno español tenía pensado desarrollar su programa en Soria, concretamente cerca de un pueblecito llamado Lubia. Y aquello en esos momentos no interesaba a los intereses de la superpotencia mundial por excelencia. La llegada de los años 60 había abierto-como hemos dicho- a Franco con los nuevos acuerdos de cooperación con los Estados Unidos, muchas puertas, pero el asunto del armamento nuclear seguía siendo un secreto de estado celosamente guardado, a salvo de espías. Pero Franco cada vez se encontraba más cerca de conseguir el propósito. Los contactos de las bases y otros ayudó de manera sorprendente a que personal cualificado del JEN colaborase con investigadores norteamericanos, lo que les daba una ventaja abismal de cara a todo lo que precisaban para dar el último y definitivo paso.

Y era el expresidente Eisenhower, el salvador del devaluado Franco ante las democracias y las Naciones Unidas, el que le había metido en esas ideas en la cabeza, cuando habló de “átomos para la paz” que no eran sino temores de “Ike” ante la Guerra Fría.

Tres años después, ya con Jimmy Carter como presidente, sabía que el Caudillo pensaba en meterse más a fondo en los entretelones de la guerra fría y la bomba atómica era su baza y el lugar donde pensaba fabricarla era Soria. Desde Washington los hilos se movieron para que la CIA ayudara a sus hombres de negro en España, pero al mismo tiempo la idea de que Franco entrara en el club nuclear le disgustaba aunque el tema era difícil porque estaban las bases americanas en España de por medio.

El sueño o pesadilla del Caudillo no se desvaneció hasta bien entrados los años 80

No obstante, en el mapa atómico comenzó a aparecer una nueva cruz. Lubia era el lugar elegido para cumplir la última gran ilusión militar de Francisco Franco. Esta es la historia.

Un proyecto millonario en pesetas, pero barato para la economía del franquismo

La CIA, buena aliada, pero enterada de todo lo que interesaba también a Washington, no se enteró hasta 1967 para que se confirmasen las intenciones de Franco: España, y más concretamente Soria, podrían producir armas nucleares a medio plazo.

El precio del proyecto, 8.700 millones de aquellas pesetas, daba una idea de las dimensiones de la idea. Un piso de tres habitaciones valía fácilmente el millón.

Francia dispuso el combustible nuclear necesario para la bomba. No en vano, los primeros intentos fueron pobres y solo el análisis de material norteamericano permitió que el país fuese descubriendo algunos mecanismos básicos. Y cuando la tecnología facilitó resultados tangibles, las circunstancias internacionales, con el presidente de la República de Francia, De Gaulle, molesto con la hegemonía nuclear de EE.UU y la URSS, dispusieron el combustible procedente de una central nuclear francesa.

Siete bombas de uranio enriquecido al año

Poco a poco los trabajos avanzaban sobre el papel, Pero el informe no apareció en la escena internacional hasta 1977, pero Soria 'olía' . Ya en 1971, y sólo en teoría, la planta de Lubia iba a ser capaz de fabricar siete cargas anuales de uranio para dotar a otras tantas bombas con 20 kilos de este elemento.

En abril de 1975 se anunció a través de la prensa castellana( periódico “Soria, Hogar y Pueblo, de 11 enero 1976) que "se ha intensificado la búsqueda de uranio en la provincia de Soria". Algo había transcendido, aunque el titular textual no decía sino: "el segundo centro de energía nuclear será instalado en la provincia". El coste de este proyecto iba a ser de "4.300 millones de pesetas", aunque en Soria se dijo que estas instalaciones van a tener fines  pacíficos. El propio presidente Arias Navarro, dio luz verde a su creación antes de que transcurriesen dos meses desde la muerte de Franco.

El Centro de Investigación Nuclear de Soria el 'Cinso' que  nació muerto

Fue entonces cuando tomó más cuerpo  el Centro de Investigación Nuclear de Soria (Cinso). Para muchos, iba a ser el JEN II, un lugar pacífico en el que ahondar en una tecnología que marcaba el futuro según promesas del presidente Eisenhower. Otros creyeron que llegaría una central nuclear como tal, algo que coleó en la sociedad local durante años. Franco, en sus últimos días, había dado confidencialmente luz verde al proyecto pero el futuro se mostraba lleno de interrogantes tras su muerte. ¿Proseguiría el ‘búnker’ en el poder con el almirante Carrero Blanco al frente? ¿España se abriría a la comunidad internacional de forma definitiva y firmaría el TNP? ¿La guerra fría proseguiría? ¿Merecía la pena una inversión de tal calado?

Los opositores dieron su propia respuesta. Almazán fue una de las localidades más combativas y a finales de 1976 numerosos balcones de la villa lucían cartelones de "Soria nuclear no". Y eso que la verdad, el proyecto para desarrollar la bomba de hidrógeno, no había salido a la luz. Convencidos de que se trataba de una central nuclear -algo que luego desmintieron los informes secretos- los capitalinos también salieron a la calle. El 14 de agosto de 1977 se daba cuenta de una manifestación con "2.000 sorianos" en oposición al proyecto nuclear en la provincia.

El proyecto comenzó entonces con vaivenes de todo tipo. Desde el Gobierno no se confirmaba ni se desmentía el interés español en contar con la famosa bomba H, la que cambió la II Guerra Mundial y el objeto de deseo de la guerra fría. Las instalaciones 'sospechosas' estaban cerradas a cal y canto para los observadores internacionales y algunos en EE.UU. comenzaban a impacientarse.

Finalmente, con la muerte de Franco, el Gobierno de la transición española permitió que se visitasen sus instalaciones nucleares. No es cierto que hubiera un ultimátum de EEUU porque todo era bueno a cambio de las bases. Nadie pensó nunca en Washington en el cierre de las centrales nucleares energéticas como consecuencia inmediata.

Todo concluyó en marzo de 1984. La prometida central nuclear de Lubia pasó a ser "un centro de experiencias" según recogió el periódico soriano.. Y con ello, el sueño -o pesadilla- atómica de España se desvanecía. La titánica inversión, los cientos de empleos, las infraestructuras tecnológicas en la provincia... De nuevo la sociedad soriana se dividió. Para unos el tren del desarrollo acababa de saltarse una vez más la parada en Soria. Otros respiraban aliviados, el centro atómico -fuera como fuese- y su impacto ya no se ubicarían en la provincia.

Y Lubia comenzó a desaparecer de los mapas estratégicos de medio mundo, a pesar de que el Ceder comenzó entonces su andadura con la pertinente inauguración oficial. Hoy las energías que investiga el centro son mucho más limpias, pacíficas y seguras. Pero eso es otra historia, o más bien, un sorprendente final feliz para el último objetivo militar de Franco: que de Soria saliese su arma más mortífera para entrar en la carrera nuclear y para situar a España en una nueva era.

Un informe de la CIA a mediados de los años sesenta decía que “España es el único país europeo que  merece atención como posible proliferador nuclear en los próximos años. Tiene reservas autóctonas de uranio de un tamaño medio, y un amplio programa de energía nuclear de largo alcance (tres reactores en funcionamiento, siete en construcción, más diecisiete planificados) y una planta piloto de separación química», explicaba.

En lo respectivo a la legalidad del proyecto, el régimen Franquista se había cuidado en desvincularse del Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares, suscrito originalmente por 19 países.

La muerte de Carrero Blanco en un atentado aún no clarificado a pocos metros de la Embajada de EE.UU desinfló el proyecto. El 12 de marzo de 1985, el primer ministro de Defensa del Gobierno de Felipe González, Narcís Serra, declaró ante el Congreso: “No hemos heredado ningún desarrollo o estudio para producir armas nucleares, ni este Gobierno los hará“. No todos le creyeron y con razones. Demostración de la relevancia que alcanzó la sospecha, cierta o no, de que Francisco Franco  rozó con los dedos la posibilidad de hacerse con armamento atómico.

 

Y que hacemos si a Franco se le ocurre resucitar al tercer día. Es posible que en ese caso viaje a Corea del Norte a saludar a Kin Jong-un?

 

 

 


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