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La lección aprendida

02/01/2012 05:20 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Un cuento sobre cómo educamos a nuestros hijos sin querer

Como quien no quiere la cosa, Matilde se va acercando al puesto de frutas que hay junto a los primeros puestos del mercado, entre el puesto de carne cruda y el de huevos. El rostro de la mujer es máscara de espanto, crispada la mirada, sulfurado el aliento. Podría asegurarse, sin dar opción a la reflexión, que Matilde viene calzada por algún disgusto que aún mastica, predispuesta más que nunca a discutir.

De uno de los brazos nace Julito, su único hijo de trece años con diminutivo todavía en el nombre y en el trato. La madre lo arrastra sin contemplaciones, haciendo oídos sordos a las protestas. De vez en cuando se detiene para decirle en silencio que de nada sirven sus rabietas, empuñando un dedo que le apunta directamente al rostro. Y remata con un profundísimo suspiro, de esos que provocan úlceras.

Del otro brazo cuelga, cual gancho de carga, una bolsa de plástico a rebosar de manzanas. Matilde invierte idéntico esfuerzo en cargar con las frutas de la bolsa como con el fruto de su vientre. Gruñe y aguanta. Aunque aún no está fuera de sí, con gusto hubiera descargado su enojo sobre la espalda, brazos, hombros, rodillas o cabeza, cualquier parte del cuerpo de Julito que hubiese alcanzado. Sin embargo, gruñe y aguanta. Hasta que por fin consigue alcanzar el puesto de frutas.

Un chico joven atiende al último cliente, terminando de pesar una bolsa de naranjas riquísimas, tome usted, ¿le pongo alguna cosita más? Que no, le dicen, así que extiende el ticket y cobra con exquisita cortesía, sonrisa sobre el rostro, agradeciendo la visita y la confianza que han depositado en este humilde establecimiento. Luego, con blancos dientes, se vuelve hacia la recién llegada clienta, ensayando la mejor de las sonrisas…

Ya puede ir borrando la estúpida sonrisa del rostro. Ni mucho menos vengo a comprar.

El chico, a quien llamaremos en adelante Paco el triste, queda indeciso, moviendo los labios sin pronunciar ninguna palabra, dejando que la sonrisa desaparezca por sí sola. Un escalofrío le atraviesa la espina dorsal, abrazándole por la espalda. Por un instante se siente indispuesto, intentando suavizar el descaro con que la mujer lo mira y que parece hipnotizar a Paco: apenas puede parpadear, atraído por algún rasgo en el rostro de la mujer, algo indefinido que lo mantiene hechizado, sin saber a ciencia cierta qué podía ser.

Hasta que, tres segundos más tarde, comienza a distinguir las pelusas negras que salpican el labio superior de la mujer. Es, ni más ni menos, que un bigote en toda regla; un bigote tímido, de adolescente, pero bigote de todas formas. De inmediato, directamente desde el estómago del muchacho, comienza a crecerle un batido de náuseas y desagrado que le obliga a pestañear repetidas veces. No quiere seguir mirando el rostro de la mujer, quiere volver la mirada, cerrar los ojos, alejar la imagen de su lado; pero ya es demasiado tarde. Tal vez ha ahondado demasiado en su interior, o se ha dejado hipnotizar por el detalle. La cuestión es que Paco no puede apartar la mirada de la mujer, de su rostro, del bigote, mirando a través de él, sobre él, imaginando los posibles ángulos que pudieran existir, y los que no existen se los inventa. Está a punto de sentir las primeras arcadas cuando algo se interpone ente su mirada y el bigote.

Matilde deja la bolsa de manzanas sobre el mostrador, dejando que el contenido se derrame modestamente sobre la pirámide de naranjas. Sigue observando el rostro del muchacho, que parece perdido en la inopia. Sin reaccionar.

¡Es una vergüenza! No hay decoro, ni decencia, ni nada de nada…

El muchacho reacciona un poquito, intentando encontrar alguna pista entre el desastre que ya tenía encima.

Dígame, ¿en qué puedo ayudarla?

¿Es una broma? No soporto las necedades, desde ahora se lo digo.

Se vuelve hacia el hijo, como recordando algún detalle trascendental, y le propina un copón en la cabeza:

¡Y ni se te ocurra ponerte a llorar! La culpa es solo tuya, que te dejas engañar como un idiota. ¡Pues ya verás como aprendes! Y ahora responde, no te quedes así encogido, fue éste el jipi que te atendió, ¿verdad?... ¡Responde! Hay que tener paciencia contigo…

Paco suspira, triste, aún sin arrepentirse de lo que va a decir:

Deje de golpear al muchacho, señora, que no está haciendo nada…

¡Bueno, esto ya es el colmo! ¿Acaso intentas decirme cómo educar a mi hijo? ¡Faltaba más!.... Mira, voy a hacer un esfuerzo y me contengo, como que no he oído absolutamente nada. Pero dé gracias a que no me gustan las groserías, joven, que si no iba a escuchar tres verdades; me contengo, pero que no se vuelva a repetir. Cada cual a lo suyo y tan a gusto.

Y remató con un gran copón sobre la sesera del muchacho que resonó como remate final. Algunos clientes que esperaban el turno comenzaron a hacer un círculo alrededor de madre e hijo a fin de observar en primera fila. No pasaron desapercibidos a ojos de Matilde.

Y ahora, delate de toda esta gente, veamos si se digna a atenderme como es debido. No pienso moverme de aquí, ni un centímetro, ni un milímetro, hasta que no se haga justicia…

Señora, no se altere, dígame qué es lo que desea.

Que qué deseo. Y ahora pregunta qué deseo. ¿Acaso estás ciego, muchacho?

Paco no dice nada. Sin lugar a dudas no está ciego pero tampoco puede adivinar los deseos de la histérica mujer. Así que decide guardar silencio.

¿Y bien, qué se supone que va a hacer? ¿O nos quedamos así, cruzados de brazos, todo el santo día?

Bueno, señora, si me dijera…

¡Válgame el cielo! No puede ser verdad que seas tan idiota como aparentas… ¿Y quieres dejar de mirar a todas partes? ¿O acaso está esperando a alguien?... Espera, pues claro que sí, estás esperando a tu jefe, cómo no, pues ya está, esperemos juntos. No crea que me voy a callar. Va a tener que escuchar cada palabra que he venido a decir… ¡Y tú deja de lloriquear! Algún día de estos te rompo la crisma, inútil, que eres un inútil. No se te puede ordenar nada.

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Paco parece estar bastante nervioso. La verdad es que intenta por todos los medios encontrar ayuda entre los rostros de los clientes. Incluso más lejos, por donde se acerca por fin un rostro conocido. El muchacho pega un bote y saluda efusivamente con la mano. Intenta mostrar algo que no parezca una sonrisa, y se le cae un profundo suspiro de la boca.

¿Y ahora a qué viene ese suspiro? ¿Qué pasa, a quién saluda, es su jefe?

El señor Gómez es feliz. En absoluto puede quejarse de la vida. Para más de uno sería incluso envidiable. Un motivo como otro cualquiera que le hace levantarse cada día a las cuatro de la mañana para venirse hasta el puesto de frutas que tiene en el mercado. Y lo hace con una sonrisa en la boca, desgastada pero afable. Una sonrisa que, en esta ocasión, tiende a desaparecer, sobre todo en cuanto distingue el saludo de auxilio que le ha lanzado Paco. Se detiene, paralizado por un instante. Así, para cuando quiere darse la vuelta con intención de desaparecer por donde ha venido, es ya demasiado tarde.

Es la misma maniática que le abordó hace dos semanas. Le armó un tumulto frente al puesto, y durante quince minutos tuvo que agachar las orejas y admitir que ella tenía razón. Lo que fuera para que dejara de gritar. Encima, para colmo, hoy se ha traído al hijo, a quien bautiza generosamente con capones en la cabeza. Así que, ante tal panorama, el señor Gómez intenta hacerse invisible. Devuelve la mirada a Paco, negando con el rostro, con la mano, con el pensamiento. Pero el muchacho no parece entender la negativa de su jefe, o no quiere: le vuelve a saludar, esta vez de manera más descarada. Inevitablemente, la mujer, el hijo medio sollozando, incluso los clientes que esperan, todos se vuelven hacia el recién llegado:

Esto…, ¿qué es lo está pasando aquí, Paco?

Aquí esta señora que quiere hablarle.

Vaya, con que usted es el dueño del vergonzoso puesto de frutas podridas…

Señora, soy el dueño pero como ve, la fruta es de primera. Dígame, ¿en qué puedo ayudarla?

¡Vaya, otro tontaina más! Pero acaso no lo está viendo con sus propios ojos?

El señor Gómez se fija bien pero sólo consigue advertir el bigote sobre el labio de la mujer. Arruga el rostro como quien come limón y evita seguir mirándolo. Así es como advierte la bolsa de manzanas sobre el mostrador. Y también gracias a que Paco, con el mayor de los disimulos, no ha dejado de señalarlas.

¿Las manzanas?

Pues claro que las manzanas, si es que alguien las pudiera llamar así. Llevo aquí como veinte minutos y el crío este que atiende el puesto no ha querido hacer caso.

Eso es mentira, señor Gómez, ni si quiera dijo a lo que venía…

Pero qué poca vergüenza tienes, muchacho, cállate antes de que se te caigan los dientes con tanto embuste, menos mal que hay aquí testigos que me pueden dar la razón…

Bueno, señora, yo acabo de llegar, dígame qué le pasan a las manzanas.

¿Pero es que acaso no ve? ¿No se da cuenta de la dimensión de la gran mayoría? Si parecen más pelotas de ping-pong. Y su piel es asquerosa. Y están todas podridas y golpeadas, fíjese.

Dígame, señora, ¿cuándo la hemos dado este género a usted?

A mí no, a mi hijo, que es medio tonto y se deja engañar por cualquier embustero. Anda, di algo… ¡y deja de sollozar, que te doy de nuevo! Nada, que sigue idiotizado…

Tranquilícese, señora, enseguida le cambiamos la mercancía. Paco, ponle a la señora una bolsa de nuestras mejores manzanas…

¡Ni hablar! No quiero saber nada de esa porquería que venden ustedes. Me devuelven el dinero, los siete euros con ochenta y dos céntimos…

¿Me deja ver el ticket?

Pues búscalo tú mismo entre las manzanas podridas que he devuelto, por ahí andará!

Señor Gómez, ya he estado buscando yo y no he visto nada.

Bueno, da igual. Dale su dinero, los seis euros con ochenta…

…con ochenta y dos.

Con ochenta y dos, aquí tiene.

Y la bolsa de plástico. Me la llevo porque es mía. La suya se rompió antes de llegar a casa.

Claro que sí, llévesela. Si la nuestra se rompió sería muy injusto que no se la llevara…

Y que conste que no os denuncio porque soy una persona de sentimientos refinados. Pueden agradecerme eso. Si hubieseis topado con otra, andaríais listos…

Claro que sí, señora.

Pues eso. Anda, vámonos de aquí, hijo, volvamos ya a casa. ¡Santa paciencia la mía!

Y se aleja Matilde entre la gente, no sin antes contar por tercera vez las monedas que le han dado. Julito queda rezagado un instante. Mira justo enfrente, hacia otro puesto donde atiende un muchacho joven, con un pendiente en la oreja izquierda.

Por un instante tiene la intención de gritarle a la madre. Llamarla a su lado. Pero enseguida decide que no. Mejor dejarla tranquila con su tesoro. Después de todo, confesar a estas alturas que se ha equivocado, que no se ha dado cuenta, que al final no era ese el puesto de frutas donde le ha vendido las manzanas podridas, sería, además de peligroso, poco reconfortante para su conciencia. Así que traga saliva y vuelve corriendo donde la madre, quien camina ya más serena. Con disimulo, le recoge la mano. Con la satisfacción de la lección bien aprendida.


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Enrique Madrazo (65 noticias)
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