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La salida del laberinto.

15/04/2016 15:55 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

La salida del laberinto.

Erick Yonatan Flores Serrano

Coordinador General del Instituto Amagi - Huánuco

"Un político divide a la humanidad en dos clases: instrumentos y enemigos". Friedrich Nietzsche Derechas e izquierdas, la dicotomía por excelencia cuando de hablar de política se trata. Desde la revolución francesa, la vida política de las naciones se ha dividido en dos grupos "antagónicos": la derecha, históricamente asociada a mantener el orden establecido, y la izquierda, históricamente asociada al reclamo de cambios en ese orden. Esto es lo que la gran mayoría de personas cree, que la derecha y la izquierda son los espectros políticos que defienden ideas contrarias y que son irreconciliables entre sí. Sin embargo, pasa desapercibida la única y gran lección (a juicio personal) de la revolución francesa. A continuación, explicaré las razones por las que abordar la problemática de cualquier sociedad, desde la dicotomía entre derecha e izquierda, es navegar sin rumbo.

Luego de tomar la Bastilla, en julio de 1789, se conformó la asamblea nacional constituyente. El objetivo de esta conformación era decidir el futuro político del país. Los asistentes se dividían en dos grupos bastante herméticos. Por un lado estaban los girondinos que, situados a la derecha, se presentaban como reformistas y pacíficos, por el otro, estaban los jacobinos que, situados a la izquierda, se presentaban como revolucionarios y radicales. Jacobinos y girondinos, izquierda y derecha respectivamente, aparecían en la escena política de Francia como dos fuerzas contrapuestas que buscaban implementar cambios luego del fin del absolutismo monárquico. Enemistados en las formas, ambos grupos tenían un denominador común preponderante. Ambos pretendían modificar la estructura sin alterar la fuente del poder político. Antes de la caída de la monarquía, los jacobinos hurtaron el brillo girondino e hicieron suya la causa traducida en el eslogan: "libertad, igualdad y fraternidad". Con esa consigna, aprovecharon la convulsión social que generaba la opresión absolutista hasta conseguir el propósito central de cortarle la cabeza al rey, lo cual representaba el fin de la monarquía y el inicio de una sociedad más justa, igualitaria y libre.

Ahora bien, del dicho al hecho hay mucho trecho y, en este caso, es innegable. Cortarle la cabeza al rey sólo fue simbólico, anecdótico, posterior de la instauración de la asamblea y la redacción de la declaración de derechos del hombre y del ciudadano, la libertad y la justicia seguían sin aparecer, el sueño no terminaba de hacerse realidad y, ya sin victimario (la monarquía), todo se traducía en una gran decepción. Incluso se podría decir que, en su intento de marcar distancia de aquellos que habían oprimido al pueblo francés a punta de sangre y fuerza, la asamblea terminó pareciéndose más de lo que hubiera querido. Ya en 1797, el intento de derrocar al directorio revolucionario terminaba con la guillotina cortando el cuello de François Babeuf, máximo representante de la conspiración de los iguales y uno de los precursores del comunismo. Este intento denotaba algo muy importante, la revolución francesa no había conseguido mejorar la situación de la gente que decía defender, no era capaz de cumplir el ideal de libertad, igualdad y fraternidad que tanto había repetido desde su origen; y no era capaz de cumplir tal cosa porque había algo mucho más importante en todo esto, el poder. El hambre por el poder obnubila a los más honestos revolucionarios y corrompe las intenciones más loables, y no es un hecho aislado, la ambición del poder carcomiendo las entrañas del ser humano no es algo que deba escapar al análisis serio y riguroso de la historia.

Luego de masacrar trescientas mil personas en Francia, por encargo del directorio revolucionario, la historia se ha teñido de sangre y violencia por la conquista y la preservación del poder. Mientras avanzamos en la historia, podemos ver que Lenin, ya en el siglo XIX, terminó siendo mucho más sanguinario y miserable que el zar que derrocó luego de la revolución rusa de 1917; su sucesor, Stalin, no dudó en deportar a Trotsky pese a que Lenin lo había señalado como el verdadero sucesor de su revolución; la República Popular China, que nace en octubre de 1949, magnificó la figura de Mao, quien terminó siendo mucho más sanguinario que Chiang Kai-shek, el que lo persiguiera sin compasión años atrás. Stalin y Hitler, históricamente conocidos por su legado de muerte y destrucción, fueron los representantes internacionales de la izquierda y la derecha en fricción; su guerra nunca fue por motivos ideológicos, su enemistad no se fundaba en las ideas porque, en honor a la verdad, el socialismo-comunismo no tenía muchas diferencias con el nacional-socialismo, como siempre, el hambre por el poder había fundado la segunda guerra mundial, el nazismo y el comunismo en la pugna por la hegemonía, nada más. Y así, la historia está repleta de acontecimientos donde el poder es el motor y motivo de la acción, muchas veces revestido de buenas intenciones pero siempre invariable en la realidad.

De este pequeño recorrido histórico, una conclusión es evidente: "La revolución, como Saturno, devora a sus hijos". Este es el presupuesto central del artículo. Izquierdas y derechas, en todo el mundo, representan a las fuerzas políticas en tensión. Tensión que se funda en la voracidad por el poder político. En el medio, estamos todos nosotros que, tal y como señala Nietzsche, sólo somos instrumentos, simples medios para consecución el objetivo ulterior de la política, el dominio del poder. Es por esto que abordar los problemas de la sociedad, desde la dicotomía planteada en el siglo XIII, no nos lleva a ningún lado. La enemistad entre la derecha y la izquierda, al ser sólo superficial, nos abandona en un bosque a media noche, sin alternativas y sin rumbo, no nos queda más opción que esperar el amanecer y, en el caso de sobrevivir, despertamos en un desierto interminable, sin alternativas y sin rumbo, otra vez.

El destino final de una sociedad que trata mejorar a partir de los ofrecimientos de la derecha y la izquierda, está perdida. Confiar en alguna es el naufragio seguro, creer que su pugna es por nuestro bienestar es mera ingenuidad, adoptar una postura es un desperdicio y quedarse en el medio nos deja igual. Entonces, ¿qué nos queda fuera de esto? A las personas que hemos retirado nuestra fe de la política, sólo nos queda confiar en nosotros mismos. Aquí es donde planteo, con plena convicción, abordar los problemas de la sociedad desde el libertarianismo. Esto no es más que comenzar a entender la vida social en base a la dicotomía que existe entre Estado y mercado. Una relación mucho más funcional a efectos prácticos.

El libertarianismo, como ideología y filosofía, se funda en el principio de no agresión. El cual consiste en eliminar de la vida social el uso indebido de la fuerza. Aquí se entiende que el uso indebido de la fuerza es la iniciación de la misma, la fuerza sólo es legítima para repeler una agresión, en otras palabras, el uso de la fuerza siempre es residual y sólo se tolera cuando es defensiva. Ahora, se plantea la dicotomía entre Estado y mercado porque el libertarianismo parte de una idea de Estado no convencional, parte de la teoría predatoria del Estado. Esta teoría se nutre de los aportes de una variedad de teóricos que, en su tiempo y lugar, han ofrecido bastas y precisas visiones de lo que es el Estado en realidad. Max Weber, por ejemplo, sostenía que el Estado es el monopolio de la violencia; Franz Oppenheimer, su compatriota, sostenía que el Estado no era más que el robo legal; John Calhoun, un vicepresidente norteamericano, sostenía que el Estado es una clase que le roba a otra clase; y así, una gran variedad de personajes variopintos han ofrecido los aportes que el libertarianismo ha tomado para formar una teoría que describe al Estado tal cual es, dejando de lado el romanticismo primario que subyace en el contrato social de Rousseau. Dicho esto, volvamos al planteamiento inicial, si el libertarianismo repudia toda iniciación de la fuerza y el Estado no sólo tiene el monopolio sino que su mera existencia implica el uso de la fuerza, es evidente que el Estado es una institución nefasta per se; del otro lado está el mercado, y desde el libertarianismo se entiende que el mercado es una institución social que existe ahí donde los individuos, en forma libre y espontánea, establecen relaciones de intercambio; en otras palabras, el mercado -a diferencia de lo que se cree del Estado- sí somos todos. Entonces, si el mercado es una institución que nace de la espontaneidad y voluntarismo social y el Estado es una institución que nace de la violencia y la fuerza, es evidente que su antagónica relación -a diferencia de la que se establece entre izquierdas y derechas- no es superficial y de forma, sino profunda y de fondo.

Con la solvencia teórica de un lado y la evidencia historia del otro, la dicotomía entre el Estado y el mercado constituye la base para abordar los problemas de la sociedad desde una perspectiva realista. Aquí no sólo es posible escoger un camino que sí se muestra en las antípodas del otro respecto a los objetivos centrales, sino que es casi una obligación moral la elección. Esta dicotomía pone sobre la mesa la eterna pugna entre la filosofía de la libertad y la filosofía del poder que representan mercado y Estado respectivamente. En este punto no hay espacio para la neutralidad, en medio de una profunda crisis moral, Dante Alighieri nos exhortaría a elegir un bando. De un lado encontramos al mercado y las virtudes de la libertad, del otro, al Estado y los vicios del poder. La salida del laberinto no está por la derecha, tampoco queda hacia la izquierda. Ninguno de los caminos nos aleja de las perversiones de la política. El único camino está en el individuo, las virtudes más grandes de la humanidad nacen en medio de lo espontaneo, en medio de la libertad. Y es aquí donde emerge la bestia, representando los vicios del poder, aparece el Estado, nuestro más grande enemigo.


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