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La leyenda del país del fin del mundo

21/08/2013 11:53 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Autor: Agustina McWhite *

Cuenta la leyenda que una vez en el continente Suramerican o existió un país que el resto del planeta lo asociaba con "el fin del mundo". Dicen que ese país una vez fue "el Granero del Mundo" y que los planes quinquenales de un presidente militar -muy conocido- fueron de lo mejor en la historia. ¡Y ni hablar de la aventura de amor que hubo entre el primer mandatario y la futura primera dama! Y ni hablar del romance que se generó entre esta misma con una parte del pueblo que usaba la camisa fuera del pantalón y a quienes ella prometió "volver y ser millones". Un libro muy popular ilustraba la vida de un habitante de las pampas y, ciertamente, transmitía enseñanzas de vida. Era un libro de fierro y sus estrofas deliciosas enamorarían de inmediato al lector -a uno de los presidentes le encantaba leerlo con entonación magistral-. Un libro para entendidos, un libro para algunos, entonces a decir verdad no era un libro para cualquiera, era casi... una biblia para los gauchos.

El tiempo transcurrió y en el país del sur se vinieron los televisores a color -entre otras cosas-. La era del cambio radical, que arribó triunfante terminó con un pacto tan agrio como una aceituna en salmuera. Un presidente de grandes patillas, al mejor estilo de un caudillo, prometió que no iba a defraudar a nadie pero, desafortunadamente, no lo consiguió. No porque él haya querido, claro, sino porque no había una cultura que realmente anhelara acompañar ese cambio, ya que aquello que más gustaba a los ciudadanos era, básicamente, y haciendo honor al libro que arriba se menciona, tomar mates, tocar la guitarra y errar por ahí. Un helicóptero pasajero anunció la llegada de muchos señores que pasarían a tomar el poder durante sólo algunas horas, aunque, hicieron días de cien horas y puede que hasta horas de cien días. Entraban y salían por la puerta como si el país fuera un baño público; pero esto no duró mucho. Ni lerdos ni perezosos, los habitantes salieron a la calle a hacer una fiesta; tenían la costumbre de golpear las ollas y las cacerolas... ¿habrá sido porque estaban orgullosos de haber batido el récord de presidentes en una semana?

Por esas casualidades de la vida llegó al poder, ¡al fin!, alguien del sur. Qué mejor que un sureño para gobernar el sur del mundo... aunque, para sorpresa de muchos -quienes pensaron que era la cura -, llegó un pingüino. ¡Sí, un pingüino! Y vestido de mozo y todo, como luego lo haría su señora esposa: la reina batata, en su trono de papa. ¡Fue un pingüino fabuloso, supo ver varias cosas a la vez! ¡Qué ironía! Resultó ser que él, el pingüinín, veía mejor que todos nosotros juntos -o, al menos, de quienes lo eligieron-. El pájaro bobo resultó ser un mago. ¡Hizo magia con todo el esfuerzo de los gauchos... que algunos llaman impuestos! ¡Abracadabra! Y de un día para el otro... ya no estaban más. El pobre pueblo no se dio cuenta de lo que sucedía, pensaron que las peleas con el papel prensa eran de rigor épico y prefirieron mirarlo por televisión mientras se comían un choripán. El embutido -entre otras cosillas- fue una carnada excelente para los pobladores, para todos y todas. Desgraciadamente un día, unos añitos después de delegarle el poder a su compañera y cómplice de toda la vida, desde su morada en el sur, el pajarito bobo fue hallado muerto en su domicilio. ¡Nadie se animó a decir -al menos como una hipótesis- que pudo haber sido una diablura de la viuda negra !. En aquella época era habitual que arácnidos así rondaran por el sur, por el tipo de clima, ya saben. Pero como todos hicieron caso omiso a ese respecto: ¡yo también!

Poco a poco, el fin del mundo, se transformó en el reino del revés, donde el policía era ladrón y el ladrón policía, y los jueces no eran independientes, y los tres poderes respondían a uno solo; "nadaba el gato y volaba el pez". Tal es así que un día la reina batata se sintió papa y Poppins, sin saber que sólo era una pequeña araña de color negro con una manchita roja en su vientre. image Cortesía: Infobae.com De repente el país del Nunca Jamás se transformó en el país del "Nunca Más": cegado, quizás, por el odio, la soberbia y una década dedicada al pasado. Un país dividido: aplaudidores genuflexos y caceroleros, todos enfrentados entre sí. De vuelta, la pobre sociedad salió a las calles varias veces... pero fue en vano, ¡la reina batata no escuchaba! No quería hacerlo, no le gustaba. Sin embargo, el pueblo no se rindió, decidió castigarla. Para hacerlo preparó un inteligentísimo y meticuloso plan: no votarla. Entonces, durante las elecciones pasó lo impensado: la mayoría de los partidos que escriben con la mano izquierda resultaron perdedores. ¡Hasta fracasó el partido del Frente para la Victoria! (O sea, el partido de la reina). Sólo ganó en ocho de veintitrés provincias - la Antártida inclusive-. ¡Qué contradicción! De ahora en adelante se llamará Frente para la Derrota. ¡Ella no podía creerlo! "¿Cómo pude haber perdido, espejito, espejito?", dijo indigestada de comer tanta masa seca. Pero aunque lo supiera no quería aceptarlo, no quería creerlo, no le gustaba la realidad. Para la reina, de ahora en adelante, todo tipo de alimento elaborado con masa sería terminantemente prohibido en su dieta, pero esperemos que la misma no sea extensiva a todos y todas porque los pobladores quieren comer bien, bonito y barato (las tres b, ya saben).

Por fin el país del Nunca Más, del Reino del Revés, protagonizó otro cambio en el desenlace de su historia. Un final donde no prometan que regresarán siendo millones, ni que se vayan con los mismos.

* Periodista de Argentina.


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