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Mitología de Cataluña y Venezuela, tras la búsqueda de un nuevo modelo ideológico

03/04/2018 17:50 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

El primer mito es que existe un enemigo exterior. Para los partidarios del Brexit,

Aventis

El mito de Cataluña es intenso y, ha traído dogmatismo a la esfera política de cada comunidad, reflejándose en un nacionalismo de grandes contrastes que eleva las voces a nivel regional, nacional y europeo. Algunos grupos anárquicos venden su imagen como un pueblo europeo, totalmente deprimido.

El primer mito es que existe un enemigo exterior. Para los partidarios del Brexit, son las autoridades europeas, que imponen su voluntad de forma arbitraria a Reino Unido. Para los nacionalistas catalanes, el enemigo es el Gobierno español, que oprime al pueblo catalán.

El segundo mito es que las personas que luchan por su independencia tienen una identidad claramente definida. Los políticos nacionales tienen que escuchar la voz del pueblo. No puede haber más que una única voz. No hay sitio para otras voces diferentes y opuestas. El Gobierno británico apela al patriotismo y quienes se oponen al Brexit no son patriotas.

El tercer mito es que la independencia producirá una prosperidad económica insospechada. Cuando el pueblo “recupere el control”, tendrá los instrumentos necesarios para lograr el máximo bienestar económico. Ese es el argumento de partidarios del Brexit como Boris Johnson. Cuando el Brexit sea realidad, Reino Unido habrá alcanzado su verdadero destino. La Gran Bretaña global sustituirá a la UE proteccionista. Podrá firmar alegremente acuerdos comerciales con el resto del mundo y eso le deparará una prosperidad sin precedentes. Los nacionalistas catalanes utilizan un argumento similar cuando hablan de Cataluña i

La realidad es que la globalización debilita la soberanía nacional de muchas maneras. Las grandes multinacionales chantajean a los Gobiernos europeos y casi todos los países, como consecuencia, rebajan el impuesto de sociedades, a pesar de que no hay ningún país en el que la población quiera que se rebajen. Pero eso es posible porque los Gobiernos actúan como entidades nacionales. Si tomaran decisiones conjuntas sobre el impuesto de sociedades en Europa, las multinacionales no podrían ejercer su chantaje.

Para el comercio internacional actual, los aranceles son menos importantes que las barreras no arancelarias. Los países grandes deciden las normas y regulaciones que van a regir el comercio. En la actualidad, son sobre todo Estados Unidos, la UE y China los que pueden aspirar a decidir esas normas y regulaciones. Los demás países no cuentan nada. Por tanto, cuando Gran Bretaña abandone en definitiva a la UE para ganar más soberanía, solo la ganará en sentido teórico y formal. En la práctica, la soberanía será menor. Lo mismo le pasará a Cataluña.

Esta es una paradoja del mundo globalizado: cuando los nacionalistas persiguen tener más soberanía formal, consiguen menos soberanía real para su pueblo. Quieren recuperar el control y acaban teniendo menos. Así acabará Gran Bretaña. Y así acabarán los nacionalistas catalanes si tratan de materializar sus sueños independentistas. La paradoja tiene un corolario: cuando los países de Europa ceden su soberanía formal, el resultado es más soberanía real para sus pueblos.

Haciendo bien las cosas, Cataluña puede volar alto. Tenía razón el sastre de Ulm, que se estampó lanzándose desde el campanario de la catedral, agitando unas alas de madera; y no la tenía el obispo que, en el poema de Brecht, hace repicar las campanas y proclama con pomposa suficiencia: “El hombre no es un pájaro. ¡Un hombre nunca volará!”. Con el tiempo, el hombre ha volado y de momento ha llegado a la luna.

 Pueden decir que mi crítica es un delito de lesa patria. No me da ni frío ni calor: incluso cuando he callado he recibido por todos los lados. Por lo tanto, reincido: contra la ley de la gravedad se puede volar alto, pero no a base de proclamas o aventuras. Las emociones, por más intensas y justificadas que sean, no sirven para obtener cualquier cosa.

La política puede ser servidora de los sentimientos, pero no es admisible servirse de los sentimientos y excitarlos al límite para engañarse o engañar. Podemos admirar el sastre de Ulm porque el precio de su gesto precursor lo pagó él, no los otros.

Nuestra vida democrática, de opiniones y sentimientos plurales, se está deteriorando en una batalla de indignaciones identitarias que puede crear una atmósfera irrespirable y liquidar la deliberación sobre cualquier otro asunto público durante muchos años

Todo esto ha dado muchos votos. Votos crédulos, de una buena fe admirable. Pero ha disparado la intensidad emocional al límite, y la situación se ha escapado de las manos de unos y otros, generando una crisis mayúscula, peligrosa, de difícil solución. Quizás es por eso que, prisioneros de la situación que han generado, unos y otros endurecen posiciones, a base de testosterona, como si no hubiera otra salida que no fuera la del fatalismo de una dinámica destructiva.

La política me ha enseñado algunas cosas. Además del hecho que tendemos a equivocarnos en grupo y a rectificar individualmente, la principal es que en política hay que fijarse, más que en las intenciones y las proclamas, en los objetivos que se logran y los efectos que se producen (y esto incluye, muy particularmente, los efectos sobre los afectos). No defiendo el peix al cove, una filosofía cínica que no comparto; digo que son los resultados obtenidos, y no los sentimientos y las intenciones que se proclaman, aquello que permite juzgar y hacer el balance de unas políticas. Las que hoy dominan son fatales de necesidad y pueden ira un desenlace humillante, tanto en Cataluña como en España.

Pero están engañados o engañan los que dicen que para volar basta con lanzarse por el balcón al grito de “¡Muera la ley de la gravedad!”

Los derechos humanos descansan sobre una serie de convenciones, pactos y tratados internacionales; es decir, un conjunto de obligaciones entre los Estados asumidas de manera libre y voluntaria. Típicamente, estos acuerdos son refrendados por las legislaciones nacionales, siendo incorporados en sus respectivos ordenamientos constitucionales. En algunos casos incluso aparecen en el propio texto de la Constitución.

Ello supone una delegación de los Estados en las entidades supranacionales que protegen los derechos humanos. De este modo, los acuerdos en la materia implican una cierta abdicación de la soberanía, una porción de la cual es transferida a, y delegada en, la comunidad internacional.

La institucionalidad de los derechos humanos es, en consecuencia, de jurisdicción universal. Primero porque los crímenes y violaciones masivas constituyen una amenaza para la paz y la seguridad internacional. Y segundo porque es improbable que un Estado que implementa una deliberada política de abusos se juzgue a sí mismo.

Como en todo régimen internacional, en derechos humanos el principio de reciprocidad es fundante. La estabilidad —un bien público indispensable— se deriva de una normatividad compartida. La garantía reside en la mutua fiscalización. Los Estados tienen por ello incentivos racionales para ceder dicha porción de su soberanía, es decir, para aceptar la universalidad de la jurisdicción.

No es casual entonces que los gobiernos que violan los derechos humanos invoquen la soberanía con frecuencia. Su discurso habitual es rechazar la injerencia en asuntos internos y otras formulaciones similares. La racionalidad política es transparente: que el crimen permanezca “en privado”. El efecto inmediato es la reproducción de la impunidad.

Derechos Humanos, impunidad y soberanía. Donde dice “derechos humanos” léase ahora “corrupción”. O bien inclúyase “corrupción” en la ecuación. En muchos sentidos son procesos análogos, corren en paralelo.

“La corrupción mata”, frase que quedó instalada en nuestra conversación pública. La corrupción también empobrece, cuando medimos los recursos mal apropiados en porcentaje del PBI. La corrupción viola el Estado de Derecho, en tanto necesita de impunidad para perpetuarse. Por ende, la corrupción destruye el ethos democrático de una sociedad. Los primeros coletazos inflacionarios-recesivos importados de la central USA-UE ya se verifican en países emergentes (en desarrollo acelerado) como China, India y Brasil, cuyas economías reales ya sufren el impacto de la crisis financiera.

La Crisis estructural con recesión económica generalizada, proyecta a su vez la amenaza de una “crisis social” a escala global con ruptura de la “gobernabilidad” política por medio de una ola de conflictos sociales y sindicales (cuyos primeros efectos ya se presentaron con la crisis alimentaria) con proyección tanto en las potencias centrales como en los países “emergentes”.

Nuestra vida democrática, de opiniones y sentimientos plurales, se está deteriorando en una batalla de indignaciones identitarias que puede crear una atmósfera irrespirable y liquidar la deliberación sobre cualquier otro asunto público durante muchos años. De manera perfectamente deliberada, tanto la derecha española como el “procesismo” lo han alimentado: los dos discursos confrontados aportaban peix al cove, en términos electorales, a los unos y a los otros, y servían –no lo olvidemos nunca– para tapar la corrupción en España y en Cataluña. Unos montando mesas petitorias, recogidas de firmas y campañas contra el Estatut, al grito de “España se rompe” … Otros, prometiéndonos el paraíso o lanzando truculentos mensajes existenciales (el “rendirse y aceptar la asfixia de Cataluña, u optar por la independencia” de Jordi Pujol; el “si nos quedamos donde estamos, moriremos” de Francesc Homs; y así durante años).

España no tiene quien le escriba, dijo Josep Borrell en Barcelona. Siendo cierto el lamento, lo es solo en parte. Porque quien no escribe a España es, desde hace tiempo, la izquierda. Con funestas consecuencias que todos sufrimos

La irracionalidad humana es un presupuesto de la psicología por lo menos desde Freud, y una sospecha generalizada entre científicos, publicistas y tenderos de toda la vida de Dios, pero los modelos económicos vivían felices bajo la chocante hipótesis de que la gente y los mercados actúan de manera racional. No lo hacen, y esta percepción vale un millón dólares en nuestros días.

Demostrar la irracionalidad humana sería un mero ejercicio de nihilismo si no sirviera de nada. Pero sí sirve. Ya lo sabía Ulises cuando se hizo atar al mástil de su barco para resistirse al canto seductor de las sirenas. Los humanos, como los mercados, tendemos a buscar beneficios inmediatos a costa de arruinar nuestro futuro. La política puede ayudarnos a planificar mejor.

En 1962 el lingüista John Austin publicó el célebre libro Cómo hacer cosas con palabras. En estas horas de confusión resultan muy útiles un par de ideas de semántica para comprender el discurso de Carles Puigdemont  en el Parlament. Sus palabras literalmente fueron: “asumo el mandato del pueblo de que Cataluña se convierta en un Estado independiente en forma de República”. Y después: “proponemos que el Parlamento suspenda los efectos de la declaración de independencia”. En contra del dicho popular “hechos son amores y no buenas razones”, la teoría de los actos de habla nos explica que las palabras no solo dicen, sino que también hacen. Cuando hablamos, los hablantes actuamos, de muy distintas maneras, con diferentes matices e intensidades. No nos limitamos a describir.

Haciendo bien las cosas, Cataluña puede volar alto


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Autor:
Emiro Vera Suárez (1493 noticias)
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