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30/01/2018

Todo empezó con una sonrisa. Yo estaba delante suyo. Ella me tenía delante, por supuesto, no estaba ciega, pero aún no me había visto. Tardaría todavía en verme. En saber quién era yo y por qué su sonrisa, aquella primera, lo había significado e iniciado todo. Pero es que ella sonreía siempre. Su sonrisa desprendía algo que verdeaba la tierra. Y ella la regalaba, así, todos los días. Regalaba aquella luz y aquella alegría a quienquiera que se acercase. Y no porque se empeñase en ello, estoy seguro, no era en ella algo voluntario. Sencillamente rebosaba de ella de una forma natural, no podía evitarlo. No sabía ni podía saber ser de otra manera cuando estaba contenta. Hay seres que han venido a este mundo para regalar de esa manera su pequeña luz. Con la del Sol no nos basta. El Sol arde cada día y gracias a su furia todos somos posibles. Pero el sol no está vivo. Ella en cambio sí estaba viva. Y regalaba un diminuto átomo de su alegría de vivir en cada sonrisa. Ella todavía no me había visto, aún no había llegado, pero al sonreírme de aquella manera, sin sospecharlo, me había plantado para siempre en el camino de su vida.

O me había atraído a la órbita de su camino. Como más te guste. Yo en aquel tiempo estaba siempre en el espacio. Siempre con la misma cantinela. Abrasando el oído de quien me quisiese escuchar. Que el comportamiento de los seres humanos difería en poco o nada del de los grandes gigantes de la esfera celeste. Supongo que el día que le solté ese rollo a ella debió pensar que estaba loco. Aunque no dijo nada. O yo no lo recuerdo. Aunque eso sucedería después, mucho después. Y mucho después tambien le escribí un poema: "Kosmonautas", en el que también se lo explicaba. Para ese entonces yo ya no sabía si ella seguía allí, donde fuera, pensando en mí. Aquel poema fue un mensaje de socorro desesperado en una botella, flotando perdido en lo ancho del cosmos, negro y frío, y todo silencio.

Después de aquella sonrisa primera vinieron más, yo hice porque las hubiera, todo lo que pude. Hacerme el encontradizo, remar hacia su órbita. Hice por ponerme ante ella, aunque no me viera, y que me sonriera: "Muchas gracias"; "Gracias a ti"; "Que tengas un buen día..." Su sonrisa me bastaba, me decía. Su sonrisa, al menos para mí, era capaz de iluminar un día entero y el despertar del siguiente. Su sonrisa me bastaba, me lo repetía, aunque empezase a no ser cierto. "¡Mírame!"... "¡Estoy aquí!"... Si yo hubiese sido de otra manera. Si yo hubiese hecho por hacerme notar, tal vez me habría visto en aquel mismo instante. Pero no hubiese sido lo mismo. Nada hubiese sido lo mismo. Habría salido despedido de su región de gravedad. De su sistema. Como una estrella fugaz. A morir en cualquier lejana atmósfera. Eso lo sé. Lo sé seguro.

Tenía que ser el azar. No podía suceder de otro modo. Nuestros destinos estaban unidos, ese nudo ya no había quien lo deshiciese, pero por eso mismo tampoco se podía forzar. Tenía que ser el azar, el hado fortuito, el que le hiciese verme. Que estaba allí. Que iba a estar allí siempre, mientras ella quisiera. Y probablemente también anque ya no lo desease.

Yo estaba allí. Y ella no había llegado todavía. Y yo en cierto modo ya la quería. La quería a ella y la quería conmigo. Eso no podía ser. Era sólo un sueño. Una quimera. Pero yo sabía que no quería moverme de allí. De su sonrisa. De sus ojos grandes y negros. Del sueño de que se diese cuenta de mí algún día. Del sueño de que ella quisiese también tenerme consigo.

Yo la quise desde aquel primer entonces primordial, cuando quedé prendado de su órbita, de su sonrisa. Ella era un cuerpo celeste soberbio y jovial. Resplandeciente. Por eso aún era incapaz de distinguirme. Pese a todo ya entonces, lo supe, sería el centro de su centro. La quise desde entonces, cuando aún no había llegado, y la quise mucho tiempo después, cuando quiso marcharse. La sigo queriendo ahora, que estamos no sé extrañamente dónde, fuera del tiempo...

Le hablé de aquelos inicios muchas veces y ella siempre quería saber más. Más detalles sobre cómo había empezado todo. ¿Cómo es que no me vio de buen principio?... Se sorprendía... Y nunca se cansaba de aquel tema: "¡Hablemos de eso, cariño!... cuéntame más"... Pero el lenguaje da para lo que da. Y aquello sólo podía describirse en palabras tan por encima, tan sin color ni verdadero sagrado júbilo...

Muchas veces también traté de explicarle cómo me miraba. Lo que significaba. Cómo me hacía sentir. Todo lo que expresaba. Su manera de desearme con sus ojos, de suplicarme, de llamarme sin articular un palabra. Cómo fue capaz de decirme, sin voz, aquella primera vez: "Necesito que me beses, ahora... Bésame, joder"... Jamás olvidé aquella mirada. Jamás olvidé aquel beso. Y cómo después pronució mi nombre... Si ahora que estamos aquí, no sé extrañamente cuándo, fuera del tiempo, puedo al menos conservar esos tres recuerdos, sé que podré seguir brillando modestamente por el resto de la oscuridad...

Una mañana desperté y abrí los ojos. Lo primero que vi fue su cara, encima mío, contemplándome. ¿Cuánto llevaba allí? Lloro. Lloro siempre que la recuerdo mirarme de aquella manera, mientras dormía. "Sigue durmiendo", me dijo. Le hice caso. Horas después ella ya no estaba. Se había ido a trabajar. Pero me había dejado escrita una carta. La conservo todavía. La leo todavía. La he leído tantas veces que me la sé de memoria. Pero las palabras seguirán siendo siempre palabras. Creo que ya sabes qué pienso de las palabras... Pero aquella cara, su cara, cuando abrí los ojos desde el fondo del sueño. No hay nada que pueda explicarlo. Esta aquí, sabes, a resguardo en el pozo de mi alma, si es que semejante cosa existe. Y conmigo morirá. Y seguirá conmigo, junto a mí, aunque la voz pensante que soy se consuma...

No había tampoco nadie que riese como nosotros reíamos cuando estábamos juntos, ¿sabes? Creo que ya debes saberlo, pero por si acaso te lo recuerdo. Sólo tengo que cerrar los ojos y puedo sentir sus carcajadas. Y al lado las mías. No reí jamás de aquella manera. Nunca en la vida había disfrutado del placer de reír, del placer de sacarle a los segundos hasta la última gota de jugo, como lo hacía con ella. Podíamos reírnos de todo. No había límite ni cortapisa. No había tabús. Porque nunca con nadie conecté mentalmente como lo hice con ella. Había tantas cosas que no era necesario explicar ni aclarar. Ella entendía. Yo entendía. Y después, las carcajadas despertando al vecindario...

Quiero estar aquí, en este tiempo extraño, fuera del tiempo, escuchándola reír conmigo, hasta el fin, venga cuando venga...

A veces me daba miedo. Ella era fuerte y a la vez quebradiza. Me daba miedo dejarla sola. No porque fuese a romperse. Al revés, porque cuando estaba sola no sabía cuidarse, le entraba el miedo y la agitación, su propia indómita fuerza, impregnada en temor, la arrastraba. Se golpeaba constantemente. Fuera, en la vida, contra todo; y dentro de su alma, si es que semejante cosa existe, contra ella misma... Yo sabía que no sería capaz de cuidarla si no conseguía serenarla. Si no conseguía tranquilizarla. Pero ella era energía desbordada. Para todo. Para amarte con una mirada. Y para llevarse a sí misma por delante tras cada renuncia.

También formaba parte de su belleza salvaje. De su maldición. Su energía incontenible. Su salvaje sed de vivir. Por eso también la quise desde el primer momento, cuando ella ni siquiera estaba allí, pero las vibraciones de su fuerza llegaban desde todas partes. Nunca vi jamás en nadie aquella quebradiza y suicida sed de vida: tan capaz de todo, y también siempre tan en la orilla de cualquier cataclismo.

Muchas veces le reprendía y le leía la cartilla, ella agachaba la cabeza y se resignaba. Luego de reojo veía cómo inmediatamente me hacía pequeñas gañotas y se mofaba. Era una niña traviesa también. Lo fue siempre y no dejaría de serlo. Una niña rebelde. Una pequeña salvaje de piel trigueña y ojos vivaces. Consiguió llegar a la madurez sin matar a la niña que fue, la niña traviesa, de ojos montaraces, la niña a la que ella misma nunca quiso renunciar, porque enterrar a aquella niña sería lo mismo que matarse. Lo mismo que tantos adultos se inmolan renunciando al niño sagrado que siempre hubo en ellos. Ella lo sabía, o sin saberlo, supo al menos que si en algún momento renunciaba a aquella niña rebelde dejaría de ser ella. Y automáticamente se apagaría para siempre.

A esa niña rebelde, a ese pequeño trasto de piel trigueña y ojos enternecedores, que me hacía burlas cuando no miraba, yo también la quería ya desde entonces, desde allí, allende los océanos y allende los años que aún nos seperaban.

Ella sólo quería ser ella y que la amasen y la dejasen amar no siendo de otra manera.

Una noche corrí tras ella. Nos habíamos despedido amargamente. Cada uno enfiló por una calle distinta. Luego pensé que no quería estar con nadie que no fuese ella. Que no quería reír con nadie que no fuese ella. Que no quería llorar si no era por su causa. Su ausencia. Su dolor. Su perdón. Su alma, si es que semejante cosa existe...

Corrí tras ella, jamás corrí por nadie en toda mi vida. Corrí. Pensé que se me escapaba la vida. Al fin la encontré, en mitad de la noche. No dije nada. Sólo la agarré violentamente y nos fundimos en un abrazo de lágrimas. Su olor. Aún puedo sentirlo, ahora, aquí, en este extrañamente cuándo, su olor al rozarle el cuello... Morirá conmigo, si es que esto va a ser desaparecer...

No sé cuánto duró aquel abrazo. Un mundo. Una pequeña vida. En una región de mi ser aún dura. Aún la estoy abrazando. El germen de una vida, tal vez, quién sabe, se encuente allí... Ella se separó de mí y me miró como nunca la vi mirarme. Estaba temblando. Tampoco yo nunca la vi temblar así...

Ella dijo: "Jamás me abrazaste así". Temblaba y me miraba y me decía bésame sin decir palabra... "Jamás antes sentí que te había perdido".

No lo entendía... ¿Lo entendía ella? Si me seguías queriendo, si no dejaste de quereme nunca, por qué me alejaste... Aun a día de hoy sigo sin entenderlo...

Su respuesta la sé. Su respuesta la sabes... Todos los desencuentros los conocemos ya de sobras. Ella no supo entonces lo que ahora yo sé, lo que sólo he podido averiguar con el tiempo. Que yo aún no había llegado donde ella me estaba esperando... Igual que ella no estuvo cuando yo me puse en su órbita, yo aún no había conseguido dar con su centro... Pero estaba allí. Yo seguía allí. Amándola como entonces. Amándola como ahora. Y lo encontraría. Más pronto que tarde iba a encontrarlo...

He visto todas nuestras fotos. Las que fueron y las que aún han de ser, probablemente... Nuestras canciones también, las que fueron, las que vendrán, las que todavía no se han compuesto.... Todos nuestros recuerdos juntos, todos nuestros años juntos los tengo aquí, conmigo, para siempre. Si es que esto, de aquí a no sé cuánto tiempo, va a ser morir, va ser desaparecer, liquidarse en el tiempo, se consumirán conmigo, lo sé, pero aun así no voy a dejarlos abandonarme... Me niego.

Me niego a deajrlos ir igual que me negué a alejarme de ella. Formarán parte del modesto brillo de mi infinitud, y de la suya...

Cierro los ojos y puedo sentir la caricia sensual de sus ojos, amándonos. Cierro los ojos y puedo sentir agitarse su respiración cuando me veía aparacer. Cierro los ojos y vuelvo a sentir el trote de mi pecho al sentir su voz, al sentir el tacto de su piel. Nunca en la vida sentí nada semejante. Aquella piel, aquella forma de acariciar, aquella forma de mirar y amar y desesperar sin articular un sólo sonido...

Yo la esperé siempre. Aun cuando ella ni siquiera sabía que yo existía. Ya tan sólo era cuestión de que ella me esperase a mí, de que tuviera la paciencia de aguardar a que yo diese con el dónde y el ahora en el que ella me estaba necesitando. Y daría con él. Pues estábamos destinados hacer camino juntos desde siempre...

Ahora ya sabes un poco más de cómo empezó todo. De cómo tu madre vino a mí y yo fui a ella. De cómo todo no pudo suceder de otra manera, aunque en cierto modo aún no haya sucedido.

Todo es muy raro aquí, todo suspende de mil incógnitas, en este extraño cuándo, en este extraño ahora, fuera del tiempo... Aquí venimos a parar los que hemos sido, los que seguimos siendo, los que aún habéis o no habéis de ser... Una ubicua y dantesca estación de tránsito...

Yo ahora estoy aquí, hablándote, hija, en el fin de mi camino, fuere el que fuere, si es que ha de ser el fin... Tú estás aquí, y eres y no eres todavía, tú todavía esperas y has de esperar aún, no sé hasta cuándo, tal vez hasta nunca, hasta siempre, tal vez para nada. Quizá para acabar en el no ser. Para acabarte antes de haberte empezado... No tengo modo de saberlo...

Sólo puedo decirte que yo estoy también allí, allá fuera, en aquel tiempo del que te he hablado, junto a ella, sin ella, aquél tiempo incierto de dolor y de duda y de puños cerrados. Estoy allí dejándome la vida y el alma, si es que semejante cosa finalmente existe.

Luchando por ella.

Y luchando por ti.

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