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11/01/2019

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El pánico de la hoja en blanco me asalta y no sé ni cómo empezar ni siquiera cómo titular este sucinto comentario de una pieza que pretendía castigar con la indiferencia que merece pero que por méritos propios adquiridos en la perseverancia de aparecer día sí día también en los medios provocando un ruido exasperante acaba con mi paciencia y lo que iba a ser una callada por respuesta torna en análisis más o menos detallado del cúmulo de pifias que incomprensiblemente han pasado desapercibidas para algunos escribidores que supongo de buena fé.

Aceptado ya a estas alturas del juego que uno es un puñetero tiquismiquis aficionado al cine desde hace varios decenios a nadie sorprenderá que la memoria cinéfila asome y sirva de agarradero precisamente cuando se oyen y se leen parrafadas elogiosas que se tienen por inverosímiles y así, medio en broma medio en serio aparece en el título la letra (B) rodeando la palabra Roma, aceptando el interesado juego toponímico del espabilado mexicano de buena familia burguesa que siempre quiso ser director de cine y que apunta descaradamente a un clásico de 1972 y la fecha tampoco es ninguna casualidad.

Así, el cinéfilo veterano habrá sin duda reconocido al inefable Bronski asomando la jeta acompañando el reclamo introductorio de esta entradilla y lo cierto es que aparece porque sigue viviendo en unos minutos gloriosos de buen cine al que suelo acudir cuando me he aburrido considerablemente con una película producto de unas ínfulas desmesuradas a repartir entre directores ineficaces y ejecutivos semi analfabetos en lo que al arte cinematográfico se refiere: efectivamente, es ése Bronski que está en la imagen a punto de ser derribado de su pedestal, lo mismo que el emperador en pelota picada, por una inocente criatura que le pide un autógrafo mientras deja en evidencia a unos ciudadanos convencidos de hallarse ante el mismísimo Hitler. Ese Hitler de broma de Bronski nos provee de una (B) que convierte la eufónica Roma en la sarcástica BRoma suponiendo que hubiese talento suficiente.

También podríamos agarrar esa (B) y sufijarla a ese título copiado consiguiendo así que el cinéfilo impenitente admitiera como más oportuna una adjetivación o calificación de una película que está recibiendo inmerecidos honores y lo que está por venir, me temo, de la mano de don dinero, evidenciando una vez más que la industria del cine ha determinado apartarse del arte cinematográfico como expresión, quedando en mero negocio.

Alfonso Cuarón escribe un guión (ojo: que lo cuento todo) que necesita una película de dos horas y cuarto para explicarnos los avatares de una familia de la alta burguesía mexicana que en 1970 afronta dos graves problemas: una mucama de las dos que les sirven queda embarazada de un novio que pertenece a las milicias paramilitares anticomunistas y la señora de la casa, madre de cuatro hijos, ve como su esposo se va a un congreso médico y no vuelve, mientras una tarde en la calle hay un poco de follón no se sabe muy bien porqué. Eso es todo. ¡Ah, no! Que la pobre sirvienta, a la hora de dar a luz, pare un niño muerto. Ya está. No hay más.

Alfonso Cuarón se está especializando en presentar globos hinchados de helio que se levantan con una rapidez inaudita: ya nos aburrió sin conmiseración alguna con Gravity hace cinco años y claro, al comprobar que su discurso inane y autocomplaciente le proporcionaba un montón de premios, publicidad y dinerito fresco, ha vuelto a las andadas.

Un día debió ver la película de Fellini y se dijo: ¡coño! pero si en mi ciudad tenemos un barrio que se llama Roma y yo vivía por allí, en una zona residencial: es el destino que me llama a contar mi historia y ¡tomar el relevo!. Haré una película y la llamaré Roma.

Lo malo es que por lo visto el niño pijo Cuarón (vivir en una casa enorme con dos criadas y un chófer no es de clase media trabajadora ni ahora ni tampoco en 1970) tiene una memoria modificada, rectificada, que intenta ser políticamente correcta y no molestar a sus paganos, a los que les engaña en un supuesto ahorro al encargarse él mismo también de la fotografía.

Ya los títulos de crédito iniciales avisan de lo que vamos a encontrarnos: un intermitente baldeo de unas grises, sucias baldosas, sin que ni por un momento asome la acción de fregar un suelo que lo amerita, nos introducen en una casa de muy amplios aposentos, varias plantas servidas por una ancha y luminosa escalera que Cuarón no sabe filmar y pasamos de una planta a otra de golpe, cortando el plano: lo de las secuencias cinematográficas lo explicaron un día que Cuarón faltó a clase y tampoco se ha cuidado de visionar y revisar alguna película de Wyler o de Welles o si acaso del pobre Hitchcock, al que la rácana academia jamás le concedió un premio por su trabajo, a diferencia del gran Cuarón, que ya lleva dos y todo huele (apesta, mejor) a tercero por un trabajo que no resiste comparación alguna.

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Cuarón se harta de transitar malamente las escaleras de la casa, lo mismo que demuestra haber hecho novillos también el día que explicaban los saltos de eje y los contraplanos: por ejemplo, vemos a la criada Cleo abrir el cajón de una cómoda cabe una ventana y de repente la cámara salta fuera de la ventana para mostrarnos a la fámula de frente mientras a su espalda ni sucede nada ni aparece ningún otro personaje, con lo cual ese movimiento de cámara se revela inútil, superfluo, innecesario y ocupa un metraje que no nos cuenta nada de nada.

En una época en la que el cine es digital (lo que conlleva unas facilidades enormes en la fotografía, especialmente la sensibilidad o respuesta a la luz, permitiendo jugar fácilmente con la profundidad de foco) y las cámaras pueden moverse por los interiores sin necesidad de complicados raíles, el amigo Cuarón se mueve a golpe de plano en unos interiores que suelen ser en su mayoría muy amplios, incluso en la habitación que usan Cleo y su novio para fornicar y desde luego no podemos acusarle de emplazar mal la cámara pero tampoco demuestra un virtuosismo ni un acierto que alcancen la excelencia, cumpliendo con los mínimos exigibles, no faltaría más: ya que no sabe mover la cámara, por lo menos que la deje quieta en algún lugar donde no moleste ni cause dolores de cabeza.

El guión no alcanza más allá de lo expuesto y cualquier consideración que se pueda producir respecto a significados y simbolismo, representaciones y demás, obedecen a causas que se pueden debatir con toda tranquilidad pero que seguro no aparecerán jamás en los medios de comunicación, empeñados en convertir esta castaña digital en un surtidor de manjares para paladares exquisitos: lo mismo que ocurre en la fábula apuntada al principio, cuando una niña apea al bueno y amable Bronski de su semblanza con el pavoroso Hitler, dejando clara la falsa percepción de los concurrentes. La idea no pertenece a Lubitsch, desde luego, pero señala una cultura clásica que proviene incluso de los más famosos cuentos árabes del siglo IX. El maestro berlinés sabía leer y sabía escribir y Cuarón, no.

Su guión no tiene nada de interés, nada nuevo, nada punzante. Incluso diría que es mendaz porque me resulta harto difícil creer que unos millonetis mexicanos de 1970 no despacharan ipso facto a una servidora soltera embarazada y en cambio la cuidaran al extremo de hacerla atender por sus médicos particulares. ¿Cómo puede explicarse que Cuarón nos presente un México de finales de los sesenta y apenas aparezca una sola secuencia que, de refilón, muestra los alborotos que hubo en la capital, pidiendo libertades, duramente reprimidos por las autoridades, y ni siquiera se detenga un minuto a explicar qué es lo que pasa en las calles?

Cuarón usa ciento treinta y cinco minutos para no contarnos nada de interés de una forma que ni siquiera estéticamente es atractiva. El amigo Bronski, al servicio de Lubitsch, en hora y media, sin apenas hablar, acomete acciones que se valen de las falsas apariencias, pero no nos engaña y nos tiene en vilo con sus compañeros de reparto, todos muy bien dirigidos.

Porque para rematar, Cuarón se evidencia como un pésimo director de intérpretes. O de supuestos intérpretes. Intentando emular a maestros neorrealistas como De Sica, se sirve de una aficionada de buena voluntad y escasos méritos, Yalitza Aparicio que en su primer largometraje ya está oyendo elogios que la sitúan en un pedestal, cuando la triste realidad es que no expresa ni emoción ni sentimiento alguno con su cuerpo y que su arte declamatorio es tan pobre que ha provocado la aparición de subtítulos provistos por la propia productora, Netflix, para que en España (y supongo que en otros países, inclusive en México) sea más fácil entender lo que dicen.

Precisamente ha sido la última escandalera provocada por el propio Cuarón, quejándose del uso de esos subtítulos, lo que me ha impelido a escribir acerca de una pieza sobre la que no vale la pena esforzarse: imagino que consciente que el director es el máximo responsable de lo que se presenta en pantalla, sea grande, sea chica, el amigo Alfonso ha querido reivindicar el trabajo de su "estrella" y de paso el propio, cuando lo cierto es que el problema real no reside en la forma de hablar del pueblo mexicano, con un acento, una melodía y unos vocablos que distan mucho de los que se usan en la península ibérica e incluso en cualquier lugar de centro y sudamérica: no es un problema ni nuestro ni de los mexicanos, Alfonsito, a ver si te enteras: es un problema tuyo y de tu protagonista, que no hay dios que la entienda sin esforzarse, porque no sabe declamar. Y para muestra, un botón: tú, Cuarón, no eres más mexicano de Cantinflas y a Cantinflas jamás nadie le puso subtítulos en España. Para que te enteres, majo. Ya está bien de chulear barato y sacar pecho con arrogancia cuando debería darte vergüenza presentar al público esas mamandurrias gracias al apoyo de las gentes de Netflix.

Y ya puestos y brevemente, un pensamiento relativo a Netflix: hace años, en intercambio postal con el amigo Manuel Márquez, contemplábamos la inminente aparición en la industria cinematográfica del mundo digital: aún siendo un apasionado de las novedades tecnológicas, le mostraba a Manuel mi desconfianza en un futuro que el preveía más halagüeño, pensando, con razón, que el abaratamiento del coste que el digital presuponía iría en beneficio del arte del cine. Jamás se me hubiese ocurrido que primero obligarían a las salas de todos los cines a reconvertir sus costosos proyectores en los nuevos digitales (lo que provocó algún que otro cierre, por la inversión a practicar) y luego surgiría un emporio encaminado a eliminar de hecho las salas de cine al promover que las películas se exhibieran on line sin necesidad de intermediarios. De ahí a un monopolio (si acaso, un oligopolio) que en nada beneficiará al cine en sí mismo, sólo queda un paso. Ojalá me equivoque.

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