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11/07/2012

imageAutor: Adagio Cheroqui Hay que atender no solo a lo que cada uno dice, sino a lo que siente y al motivo porque lo siente.

Usualmente, nos limitamos a decodificar los mensajes de nuestros interlocutores, dándonos por satisfechos y creyendo haber establecido una óptima comunicación con ellos, si logramos descifrar lo que, grosso modo , nos intentaban transmitir.

Sin embargo, en este conformarnos con una comunicación superficial, obviamos algo crucial: sentir qué hay más allá de las palabras que se nos transmiten, como si el tratar de descifrar el cariz positivo o negativo de un mensaje excediera nuestras atribuciones. Una parte sustancial de la comunicación no es solo lo que nos dicen, sino cómo nos lo dicen y qué mensajes ocultos se deslizan tras palabras que suelen ser políticamente correctas o de mera cortesía.

Saber escuchar es un arte. Todos pensamos que hacerlo es importante, pero, ¿cuántos de nosotros lo hacemos bien? Por ejemplo, mucha gente fija su atención no en lo que le están diciendo, sino en lo que responderá después de que termine de hablar su interlocutor, y eso no es comunicación.

Al mostrar interés en la conversación tendremos como ventaja, para el buen fin del diálogo, contribuir a elevar la autoestima de aquel con quien hablamos, al mismo tiempo que generamos un clima positivo para la comunicación y las relaciones interpersonales. De tal forma, que estaremos contribuyendo a que la otra persona nos trate con idéntico respeto y consideración y todo fluya mejor.

Una investigación sugiere que nos acordamos de entre el 25 y el 50 por ciento de lo que oímos. Eso significa que cuando hablas con tu jefe, colegas, clientes o con tu cónyuge durante 10 minutos, prestas atención a menos de la mitad de la conversación. Deprimente, ¿no?

En las tradiciones sagradas escuchar era muy valorado, porque se interpretaba como sinónimo de aprendizaje. En la antigua India, Mahavira, una figura contemporánea de Buda, hablaba del camino del shravaka, o aquel que escucha como camino hacia la iluminación. Escuchar resultaba esencial para convertirse en maestro y para prestar toda la atención a los conocimientos que transmitían los sabios, no en forma escrita, sino de forma oral.

Aprendemos más profundamente a través del oído que de la vista. Nuestros ojos solo barren la superficie de la realidad como una sucesión de formas. Cuando observamos al público que abarrota un salón de conferencias, los ojos perciben la multitud de arriba abajo y de izquierda a derecha. Apenas pueden capturar el conjunto de la masa y solo ven fragmentos del todo. Por el contrario, los oídos reciben los sonidos desde una perspectiva multidimensional, de lejos y de cerca, de lado a lado. Mientras escuchamos recibimos datos de múltiples direcciones. Por eso, cuando pensamos concentrados en algo, tendemos a cerrar los ojos y escuchar a través de nuestros oídos.

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OÍR LO QUE NO SE OYE

En el siglo III después de Cristo, el rey Ts'ao envió a su hijo, el príncipe T'ai, al templo a estudiar con el gran maestro Pan Ku. Debido a que el príncipe T'ai tenía que suceder a su padre como rey, Pan Ku tenía que enseñar al muchacho los principios fundamentales para ser un buen gobernante. Cuando el príncipe llegó al templo, el maestro le envió solo al bosque de Min-Li. Al cabo de un año, el príncipe tenía que volver al templo para describir el sonido del bosque.

Cuando el príncipe T'ai volvió, Pan Ku le dijo que describiera todo lo que había podido oír. "Maestro -replicó el príncipe-, pude oír a los cuclillos cantar, el ruido de las hojas, el zumbido de los colibríes, el chirrido de los grillos, el rumor de la hierba, el zumbido de las abejas y el susurro y el grito del viento".

Cuando el príncipe terminó, el maestro le dijo que volviera al bosque de nuevo para escuchar qué más podía oír. El príncipe se quedó perplejo por la petición del maestro. ¿No había discernido ya todos los sonidos?

Durante días y noches sin fin, el joven príncipe sentado a solas en el bosque escuchaba. Pero no oía más sonidos nuevos. Una mañana, cuando el príncipe estaba sentado en silencio debajo de los árboles empezó a distinguir unos sonidos débiles diferentes de los que siempre había oído. Cuanto con más atención escuchaba, más claros los percibía. Una sensación de esclarecimiento envolvía al muchacho. "Estos deben de ser los sonidos que el maestro deseaba que distinguiera", reflexionó.

Cuando el príncipe T'ai volvió al templo, el maestro le preguntó si había oído algo más. "Maestro –respondió el príncipe reverentemente-, cuando escuché con más atención, pude oír lo que no se oye. El sonido de las flores al abrirse, el sonido del sol calentando la tierra y el sonido de la hierba bebiendo el rocío de la mañana".

El maestro asintió con la cabeza aprobando. Oír lo que no se oye -observó Pan Ku-, es una disciplina necesaria para ser un buen gobernante. Pues solo cuando un gobernante ha aprendido a escuchar atentamente los corazones de las personas, a escuchar sus sentimientos no comunicados, las penas no expresadas y las quejas no proferidas, puede esperar inspirar confianza en su pueblo, comprender cuándo algo está mal y satisfacer las verdaderas necesidades de sus ciudadanos. La muerte de los estados llega cuando los líderes solo escuchan las palabras superficiales y no entran profundamente en el alma de las personas para oír sus verdaderas opiniones, sentimientos y deseos".

Reflexión final: "Algunos oyen con las orejas, algunos con el estómago, algunos con el bolsillo y algunos no oyen en absoluto." (Khalil Gibrán)

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