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Hace 2d

por Juanpsanchez

En mis talleres y conferencias suelo decir que "de cejas para arriba" somos del siglo XXV (vamos por delante de nuestro tiempo) porque "lo sabemos todo".

Existe tanta información a nuestro alcance, que si uno tiene la curiosidad y las ganas de aprender necesarias, es capaz de saber muchísimo.

También ocurre con la formación oficial. Hay personas que no paran de formarse continuamente (carreras, posgrados, escuelas de negocio, idiomas, etc.), y esto es bueno y necesario, por supuesto.

Ahora bien, "de cejas para abajo" suelo decir que somos "cromañones". Muchos estamos anclados en la prehistoria porque seguimos haciendo lo mismo de siempre, a pesar de tener cada vez más conocimientos.

Lo importante no es lo que sabemos, sino lo que hacemos con lo que sabemos.

Y esto nos lo podemos encontrar en todos los ámbitos. En el educativo, el laboral, el personal y de salud, el político, el económico...

Sólo voy a hablar de lo que mejor conozco, los ámbitos laboral, educativo y personal (por formación y por experiencia propia).

En cuanto al ámbito personal, cuando comento con alguien algún tema de salud, por ejemplo, suelo obtener la contestación "eso ya lo sé".

Por ejemplo, yo digo a mi amigo: "una alimentación rica en carbohidratos de absorción lenta, fibra, baja en grasas saturadas y azucares refinados, junto al ejercicio físico y a un descanso nocturno de entre 6-8 horas, contribuye a un mejor estado físico, mental, emocional y social". Respuesta: "eso ya lo sé".

A lo que suelo contestar, "¿y por qué no lo haces?".

En el ámbito educativo, en mis charlas a alumnos de ESO, Bachiller o Grado, les digo: "No hace falta tener un cerebro privilegiado para aprobar el curso. Con atender "mínimamente" en clase, preguntar las dudas, hacer los trabajos y estudiar en casa 1 ó 2 horas al día (según la materia o el nivel), 7 días a la semana, es más que suficiente". Y me suelen decir, "¡eso ya lo sabemos!". Entonces pregunto "¿y por qué no lo hacéis?"

En el ámbito laboral suele cambiar la respuesta, pero el fondo sigue siendo el mismo.

Por ejemplo, explico a directivos que la gestión de personas es mucho más productiva y eficaz si el jefe o responsable es coherente con lo que dice, da apoyo, feedback constante, reconocimiento y otros recursos positivos a su equipo.

También explico que mejora la confianza y la colaboración realizar reuniones periódicas con los componentes del equipo. Pero no con la intención de controlar y presionar, sino con la intención de conocerlos mejor y ayudar a mejorar su función y resultados.

En ambos casos (y otros) suelo obtener la respuesta: "Eso ya lo hacemos más o menos así", o "No hay tiempo para eso", o "Aquí la gente es adulta y ya sabe lo que tiene que hacer en su trabajo", o peor, "Eso aquí no funciona".

Estas respuestas no son más que la racionalización (en este caso "excusalización") de la emoción (escepticismo) o creencia subyacente (p.ej., "no confío en esa forma de hacer"). Aunque el resultado es el mismo, no cambio nada y sigo haciendo lo mismo de siempre.

¿Por qué nos ocurre esto?

En cuestiones de comportamiento humano no suele haber una causa única. Casi siempre hablamos de multicausalidad o de diferentes agentes o estímulos (internos y externos) motivadores o inhibidores de la conducta.

Aunque yo insisto en que como seres emocionales que somos, detrás de todo comportamiento o ausencia de éste, están las emociones, los sentimientos y los estados de ánimo.

Éstas son activadas de forma natural ante un peligro real (podemos llamarlas "bioemociones funcionales o adaptativas") o por creencias adquiridas (funcionales o disfuncionales, racionales o irracionales).

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Algunas de estas creencias adquiridas disfuncionales o irracionales están generadas por el estilo educativo recibido (que aún perdura), que nos hace creer que la realidad es "digital o dual" (0 ó 1, blanco o negro, bien o mal), a través de memorizar información para luego dar respuestas correctas o incorrectas.

Llegamos a creer que la vida también es "digital o dual", cuando en realidad es "analógica".

Como dice Sergio Fernández, hay muchas maneras correctas de llevar lo que sabemos a la práctica y también muchas formas incorrectas, no sólo una. Sin embargo solemos pensar "no hago esto o lo otro por si no lo hago bien (lease "perfecto"). O peor, a veces pensamos "cómo voy yo a hacer esto si nunca lo he hecho".

La paradoja es que si no hay una primera vez, aunque no salga perfecto, nunca lo harás y te preguntarás todos los días de tu vida qué hubiese ocurrido si te hubieses atrevido a hacerlo.

Huelga aclarar que hablo de cosas o aspectos que nos gustaría hacer por nuestro bien y el de los demás (o que al menos no perjudique a los demás).

Con mucha frecuencia, detrás de estas excusas suele estar el miedo y sus derivados (como la ansiedad, la vergüenza, el perfeccionismo o el escepticismo). Por ejemplo, miedo a hacer algo que nos saca de nuestro statu quo (zona de confort), debido a la incomodidad e incertidumbre que ello provoca.

Como bien sabemos, las emociones desagradables están para protegernos de peligros externos; por tanto este miedo se produce para que podamos prevenir y protegernos de posibles daños.

Ahora bien, cuando nos quedamos "enganchados" en una emoción de tal forma que nos llega a perjudicar (nos paraliza), entonces deja de ser desadaptativo o disfuncional estar en esa situación porque impide que podamos avanzar y mejorar en nuestra vida (a pesar de tener el potencial, la capacidad y los recursos necesarios).

Por eso, saber o comprender intelectualmente (o racionalmente) la parte teórica de las cosas, no implica o garantiza pasar a la acción.

Es necesario sentir ese conocimiento. Es decir, creer y confiar en lo que sabemos y en nuestros propios recursos y capacidades (autoeficacia) para poder llevar a cabo la conducta necesaria.

¿Cómo lo podemos solucionar?

Desde mi formación y experiencia personal, la solución pasa por aprender a gestionar esas emociones y cambiarlas por otras más adaptativas, funcionales y motivadoras dependiendo de la situación y/o tarea a desarrollar. Esto es lo que aprendemos en los talleres de desarrollo emocional (para directivos y no directivos).

Pero no nos engañemos, desarrollar nuestra inteligencia emocional para alinear emoción y razón, de forma que nos lleva a la acción (adaptativa), lleva tiempo (no menos de 6 meses) y dura toda la vida. Lo que ocurre es que si no empezamos ya, no lo conseguiremos nunca y estaremos siempre lamentándonos y lamiéndonos las heridas de nuestra "mala suerte".

¿Quién no conoce a alguien que lleva 15, 20 ó 30 años haciendo las mismas cosas, diciendo las mismas "frases hechas" y centrado en las mismas quejas?

La solución pasa por empezar a realizar pequeñas acciones y observar los resultados. En función de ellos, decidiremos seguir avanzando poco a poco en la misma dirección o realizar algún giro o cambio.

Para ello, tenemos que sentir que no es necesaria la perfección (de hecho no existe) para conseguir nuestro objetivo.

Para conseguir objetivos no es necesaria la perfección, sino la acción.

Este paso a la pequeña acción contribuirá a reforzar nuestro sentimiento de autoconfianza entrando en una espiral positiva ascendente (acción<>autoconfianza<>acción), que irá sustituyendo progresivamente el de miedo.

Y ¡ojo!, que es bueno que tengamos precaución (otro derivado del miedo) porque nos protegerá de la temeridad, pero no tal grado de miedo o ansiedad que nos paralice.

Y como dijo Confucio (al menos, se le atribuye a él esta frase): "Si sabes lo que hay que hacer y no lo haces, entonces estás peor que antes".

¿Vas a pasar a la acción o sigues igual?

Fuente http://lapalancadelexito.com/psicologia-positiva-y-desarrollo-personal/sabemos-mucho-y-hacemos-poco-con-ello-por-que/

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