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Jesús N. GalindoMiembro desde: 06/11/18

Jesús N. Galindo

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Hace 11h

Todos tenemos derecho a expresarnos libremente, siempre y cuando nuestros pensamientos, ideas y opiniones no colisionen con los derechos de los demás, igualmente protegidos

Cuando el siglo XXI comenzaba a dar sus primeros pasos, y potenciados por el boom de las nuevas tecnologías, comenzaron a surgir una serie de sitios web que se dedicaban a posibilitar las comunicaciones, de forma más directa, en lo que en aquél entonces eran denominados como “Círculos de Amigos”. Era el comienzo de lo que –de forma coloquial- conocemos ahora como Redes Sociales, y fue, con el auge de estas (que se consumó con una rapidez sorprendente), cuando Internet empezó a ser una herramienta masificada, que evidentemente es muy útil, pero que también tiene algunos riesgos que debemos conocer.

En el año 2003 nacían algunas de estas plataformas (Tribe, MySpace, Xing…) de las que, en la actualidad ya casi nadie se acuerda. Posteriormente, en julio de 2006, se presentó Twitter (en su versión definitiva) y, ya cercano al año 2008, aparecía la adaptación española de Facebook. Desde entonces, esta revolución, que ha venido para quedarse, se ha instalado materialmente en una parte muy importante de nuestra sociedad y ha llegado a tal punto que, en ocasiones, parece imposible subsistir sin estar “conectado”.

Lo mismo ocurrió hace ya algunos años con la llegada de los teléfonos móviles: ¿Quién se podría imaginar que este pequeño instrumento se convertiría en un apéndice inseparable en la vida del ser humano? Ya no podemos desprendernos de él; nos acompaña a los lugares más inverosímiles, por íntimos que estos sean, y cuando se nos ha olvidado somos capaces de suspender toda nuestra agenda o programación hasta tanto aparezca. ¡Vamos! Como si de un hijo se tratara.

Aunque en el seno de nuestra sociedad existe todavía un núcleo de resistencia, que se opone, como gato panza arriba, a que esta modalidad de comunicación entre en su ámbito privado, yo –personalmente- no estoy en contra (reconozco que tampoco valdría de nada que lo estuviera), si bien tengo algunas reticencias a las que todavía no he logrado dar respuesta y que no encajan con algunas de las experiencias que he podido compartir en el ámbito y en el uso de estas tecnologías.

Lo que peor llevo es la dicotomía que supone compatibilizar dos aspectos fundamentales como son la libertad de expresión y el derecho al honor y la intimidad. Dos cuestiones que deberían estar perfectamente ensambladas y que habrían de convivir en el seno de estas plataformas, pero que la realidad es que se llevan como el perro y el gato.

España es uno de los países donde más se ha avanzado en cuanto a la libertad de expresión, aunque algunos no quieran reconocerlo. Los largos años de la dictadura supusieron –tras la llegada de la democracia- un acicate para conseguir ese aperturismo al que, los de mi generación, aspirábamos y necesitábamos como agua de mayo. Una apertura que caló en una sociedad ávida de conocer nuevas experiencias y que, en algunos casos, se había sentido huérfana por la falta de esa libertad de la que se nos privó durante más de cuarenta años. También es posible que esa apertura, que nos llegó de golpe y porrazo, nos viniera un poco grande y que no estuviéramos suficientemente preparados para asimilar estos nuevos hábitos, cuando las democracias de los países de nuestro entorno llevaban siglos practicando esta dicotomía.

Pero la verdad es que, como resultado de ese boom tecnológico, se nos han colado en casa una serie de invitados, algunos de los cuales ni conocemos, pero que se permiten tutearte (o mejor twitearte). Y lo peor (y esa es la parte negativa) es que no existe ningún filtro que impida la propagación de cualquier comentario, bulo, o reflexión, por disparatados, groseros, injuriosos y duros que estos puedan ser.

Aquí no hay filtros, ni reglas, ni procedimientos. Solamente estamos sujetos a la voluntad de todos y cada uno de los que utilizan estas herramientas. Esa voluntad puede ser buena o mala, según de quien proceda, y lo único que nos resguarda de esta avalancha incontrolada es la confianza en el sentido común de quien la utiliza. Un sentido que, por otra parte, cada vez es el menos común de los sentidos, lo que hace que la sociedad se sienta cada vez más desprotegida y estemos expuestos a todo tipo de actitudes peyorativas, sin ningún control y con la única salvaguarda de los tribunales de justicia, a los que nos queda la potestad de recurrir, aunque tardemos años en recibir la correspondiente reparación.

Recuerdo un caso concreto, en el que se manifestó un descomunal desmadre de las redes sociales, aprovechando una situación tan propicia como vulnerable. Me refiero al lamentable episodio que, en su día, vivimos en relación con la desaparición y muerte del pequeño Gabriel. El niño asesinado en Níjar el pasado mes de marzo. La cantidad de insensateces, rumores e insidias fue de tal calibre que hasta los familiares más directos de la criatura tuvieron que intervenir para pedir que cesaran este tipo de intervenciones, algunas de las cuales se las atribuían directamente, y de manera torticera, a los desolados padres.

En un reciente ensayo publicado bajo el título: “La libertad de expresión y las redes sociales, enemigos íntimos”, se vertían reflexiones como esta: “…entonces ¿tenemos derecho a publicar lo que se nos antoje en cada momento en nuestros perfiles en las Redes Sociales? ¿tenemos derecho a expresarnos libremente? Por supuesto que tenemos derecho a expresarnos libremente, siempre y cuando nuestros pensamientos, ideas y opiniones no colisionen con otros derechos igualmente protegidos”. Es decir, la libertad de expresión prevalece sobre cualquier otro derecho siempre que no se vulnere el derecho al honor, intimidad personal y familiar o viole la propia imagen de alguien, y siempre que no se caiga en el insulto o desprestigio gratuito.

Una reflexión que comparto plenamente y que, si fuera participada por la mayoría de nuestra sociedad, se evitarían muchos de los daños colaterales que actualmente se están originando y que –en la mayoría de los casos- se producen al amparo de una distorsionada libertad de expresión.

Jesús Norberto Galindo // Jesusn.galindo@hotmail.com

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