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Jesús N. GalindoMiembro desde: 06/11/18

Jesús N. Galindo

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03/06/2022

El Mar Menor tiene una gran capacidad de recuperación que le ha valido para sobrevivir durante milenios, sobreponiéndose a los innumerables desmanes que, tanto los humanos como la madre naturaleza, han prodigado

Entre todos lo mataron y el ‘solico’ se murió. Ese parece ser el epitafio, sacado de nuestro prolífico refranero español, que algunos le quieren endilgar a nuestro Mar Menor, aunque otros, más versados, prefieran parafrasear a un destacado escritor y calificarlo como la crónica de una muerte anunciada. En ambos casos se va a necesitar algo más que la interpretación del Réquiem de Mozart para dulcificar un sepelio que los más agoreros vienen ensayando con tanto realismo que nuestro pequeño mar parece ya un occiso.

Metáforas aparte, yo no estoy de acuerdo y me niego a unirme a este duelo. Y no es que no comparta la preocupación, incluso la indignación, por todo lo que le está aconteciendo a la laguna y su entorno, y que es algo que comparto y que ya he denunciado en reiteradas ocasiones. Sin embargo, sigo manteniendo y defendiendo mi absoluto convencimiento sobre el poder de regeneración de uno de los ecosistemas más preciados de entre los que se conservan en nuestro país.

No es mi intención abundar en cuestiones de tipo técnico o científico, o sobre quien tiene la responsabilidad sobre esto o aquello. Algo que está suficientemente debatido y aireado, y que lo que ha puesto de manifiesto es que todos tenemos algo que lamentar, aunque los que tienen responsabilidades políticas y administrativas son los que se llevan la palma del descrédito y la ineptitud, tras el espectáculo que nos están ofreciendo, con el “y tú más”.

Como ya he referido, el Mar Menor tiene una gran capacidad de recuperación que le ha valido para sobrevivir durante milenios, sobreponiéndose a los innumerables desmanes que, tanto los humanos como la madre naturaleza, han prodigado y propiciado. Sin duda es así; como también es así que, si no le ayudamos y ponemos todos de nuestra parte, no será posible que nuestra albufera vuelva a tener la fuerza que precisa para sobreponerse. Y en ese empeño creo que debemos estar todos involucrados. En primer lugar, por supuesto, los estamentos oficiales y las instituciones que más responsabilidad tienen en relación con el problema. Ya sean locales, regionales o estatales. Ninguno se escapa de la asunción de responsabilidades en este desaguisado.

Pero tampoco eximo de pecado a aquellos que alardean constantemente sus penurias y los inequívocos problemas que adolece; ensalzándolos y magnificándolos, sin duda con la mejor intención de divulgarlos y con el ánimo de la sensibilización positiva, pero que están consiguiendo más bien todo lo contrario, al crear un caldo de cultivo propicio para la ya, de por sí, degradada imagen del Mar Menor.

Habrá quien me acuse de aplicar la política del avestruz e ignorar lo evidente de una situación y no es así. La evidencia está más que demostrada y es palpable. Lo que no hay es que ensañarse con el ‘enfermo’, mortificándolo constantemente y anticipando su óbito, para desdicha de los miles de personas que viven de este recurso. No olvidemos que un mayoritario porcentaje de la población residente en esta comarca subsiste gracias a la economía generada por su atractivo turístico, mientras que suenan algunas voces que, a mi juicio equivocadamente, aluden al turismo como uno de los factores que están dañando el ecosistema del Mar Menor.

Y digo que se equivocan, porque yerran al utilizar la denominación “turismo” cuando deberían utilizar la de ‘vecinos’ o ‘residentes’. Turista es aquél que utiliza un alojamiento ajeno (hotel, apartamento…), pernoctando durante un limitado periodo de tiempo, y todos sabemos que la población que se congrega en la época estival, en este singular rincón de nuestra costa, es mayoritariamente residencial. Por no referirnos a los que habitamos, de forma permanente, y cuyo número ha crecido considerablemente en las últimas décadas. Todos, y digo TODOS, hacemos uso del entorno ecológico que sustenta este ecosistema. Lo que nos lleva a tratar este problema como un fenómeno puramente demográfico, y de estructura urbanística y de población, sin recurrir al tópico, ya muy manido, de culpar al turismo de todos los males que nos aquejan, sobre todo cuando los empresarios de este sector son los más interesados en la conservación y protección de nuestro entorno. Un factor de conservación y de control que ejercen y que les permite preservar este modelo económico como fuente de progreso a la que, con total legitimidad, tienen derecho.

Bajo mi punto de vista, podríamos ser algo más comedidos al verter informaciones, con calificativos alarmistas, que no hacen más que alimentar el pesimismo y retraer una fuente de riqueza, en la que miles de familias de la comarca del Mar Menor han basado, durante decenios, su sustento y pervivencia. Seamos exigentes y combativos con quienes no están ejerciendo sus funciones. Responsabilicémosles por su inacción; incluso –algunos- deberían dimitir por la incapacidad que han demostrado en el nulo ejercicio de sus funciones, cuyas ejecutorias no han sido capaces de gestionar.

No es momento de discursos ni lamentaciones. Es momento de actuar con firmeza y con decisión. De las buenas palabras y los proyectos grandilocuentes tienen que pasar a la gestión pura y dura. Si no saben, no son capaces o no tienen los medios, háganse a un lado y dejen paso, pero no intenten convencernos con soflamas y mítines ajados. Eso déjenlo para las próximas elecciones.

Por mi parte, y porque creo firmemente en la recuperación del Mar Menor, seguiré siendo proactivo en mis planteamientos, creando un clima de confianza y cuidándome de utilizar –en mis intervenciones- un tratamiento realista, sin necesidad de ser alarmista.

Es mi punto de vista y así lo expreso.

Jesús Norberto Galindo // Jesusn.galindo@hotmail.com

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