20-05-2013 13:42
Paquito entra en el bar. Paquito es cariñoso y negro. Vende relojes, cachivaches y lindos abalorios. "Buenos días, Paquito", exclama la camarera, contenta de ver a Paquito una mañana más. "¿Qué, por fin llegó el verano, ehin? Vas a coger color". Y Paquito, enfundado en la camiseta de España de cuando aún no éramos campeones de nada, barrunta por bajini: "La gracia de Cádiz".
Dolores de Senegal dirige a la familia con la mirada. Sentada en el trono, luce su espectacular tocado de colores que atrae a la concurrencia. Su sonrisa vale millones, así que la administra a conciencia. A Dolores le gusta la voz de Rocío Jurado, a tenor de su versión dominical de "Como una ola". Sus hijos y sobrinos despachan discos, bolsos y relojes. Montañas de relojes así de grandes. La sensación de la temporada. ¿A cuento de qué ha llegado tal remesa de relojes? ¿Alguien sabe cómo colocan esos pedazo de relojes? El tiempo pasa. Las tiendas echan la baraja al ritmo imperativo de la crisis. Los vendedores ambulantes no conocieron los buenos tiempos.
Paquito vino de Ghana, la camiseta es su pasaporte. Responde con preguntas. "Ustedes también pertenecen a alguien". Camina todo el día. Las cuentas del mercado negro no figuran en las mentiras oficiales. Paquito gana a veces, muchas veces, mucho más que un autónomo local. Pero ha pasado por comisaría en demasiadas ocasiones. La diferencia entre Luis Vuitón y Paquito es que a Paquito lo detienen.
Dolores trabajó en Marbella. Contaba con una curiosa agenda de clientes de alto topete. Aún conserva sus tarjetas de visita. Dolores de Senegal, productos de imitación. En los días señaladitos, la tropa ejercía incluso la venta a domicilio. Asombra sobremanera el ansia de aparentar que mueve al cliente ocasional y compulsivo a colgarse del hombro un bolso de marca, son todos de marca, por el que pagan un pastón más barato.
En tiempos de picaresca financiera y de mentiras gruesas, conviene recordar que los cuadros de Salvador Dalí que alcanzaban un mayor precio en el mercado eran los que él mismo falsificaba.
Los senegaleses aprenden español a velocidad del rayo. Son listos estos autónomos sin fronteras.
Se trata de caer en gracia. Ya no se sienten fuera de lugar algunos herederos del Top Manta, integrados en la sociedad a fuerza de frases cortas y transacciones urgentes. La importancia del cariño. "Ya no molestamos", ilustra un ilustre vendedor. Quiere decir que la tropa de vendedores ambulantes, lejos de apuntalarse como núcleo de apátridas pobres, pone música al sonido de la ciudad y aligera la carga moral que pesa sobre esos cascos históricos desiertos de alegría que ven, día a día, cómo cae un negocio tras otro. Los vendedores ambulantes parecen irónicos representantes de la aldea global, tal vez un guiño cruel, una cura de humildad o un ejército de traductores del rabioso presente.
No resolverán las dudas de hoy, ni las certezas del pasado, los viajes de aquí para allá. De Puerto Real a Sanlúcar, de Valdelagrana al centro de Cádiz, y vuelta a Puerto Real. Los multinacionales sin asiento tantean el mercado vital, salta a la vista que algunos de ellos, sean legales o ilegales, se muestran más activos que los indígenas víctimas de la tiranía del euro. De todos modos, venden menos, claro está, y les cuesta la misma vida pregonar las excelencias de la clonación de objetos, bienes y servicios. ¡Agua!
En la plaza pública, turistas maqueados, ex consumidores de diversa condición y lugareños recién levantados festejan la derrota. El típico rumano de mediana edad acarrea su piano eléctrico en pos de la mejor esquina, y no vea la vara que da con Los Pajaritos, el Bésame Mucho y su pieza estelar, un Viva España verbenero, estilo cocouaua, que enardece a las masas.
Surrealista escena en la torre de babel. Pollos piones teledirigidos brincan a la vera del castizo puesto de chucherías descolorido. Los rumanos, salvo excepciones, prefieren los semáforos. En El Puerto, varias familias de rumanos trabajan en las encrucijadas de tres colores, han forjado amistades, clientes fijos, compran en el Mercadona, tienen muchos hijos, se incrustaron en el paisaje humano viendo a la gente pasar. Algunos rumanos muestran cierto salero, conocen los entresijos del acento andaluz y sueltan tacos contundentes y cariñosos.
Los chinos, en cambio, manejan ya los hilos del cotarro encumbrados en la aristocracia del barrio. Observen cómo se comporta un chino o china al otro lado del mostrador. Fuera tópicos. Nadie regatea como un chino. Ni Messi.
Ahora los pobres somos nosotros, reza la canción. No extraña presenciar, en fugaz encuentro comercial, la confesión de un miembro de la tribu de parados al respetable vendedor ambulante. "No, mira, es que llevo dos años sin trabajo, está la cosa muy mal" ¿Mal? El españolito cuenta sus penas al nigeriano, que lo mira con cara rara. A saber lo que pensará el muchacho.
Extraemos una conclusión de la casi imposible conversación con un joven africano. "¿Mafia? Anda que ustedes ..."
Publicado en El Independiente de Cádiz.
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