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14/05/2013

imageRamón no hizo milagros. Trabajó muy duro. Blanco corazón amarillo. Adiós con el corazón al mostachón criollo de ironía gadita, artífice del Submarino eterno. Ramón jamás alardeó de su condición de artista de la suerte decisiva. Es más, terminó desencantado de la pelota y sus alrededores. Pero su historial humano, su bagaje de honestidad y lucha carece de parangón. Ramón de los Milagros no tuvo "potra", ni "chamba"; buscó las alegrías de Cádiz en cada esquina del viento.

La memoria apenas deja resquicios, entre el transitorio verano del 76 y los fastos asombrosos del taquicárdico 91. Entre una cosa y otra, Ramón Blanco representó, y ahora lo hace en la categoría infinita, las glorias y miserias del club amarillo, submarino es. Más glorias con auténticas fatiguitas, que condenas de dolor colectivo, y algunas hechuras significativas de la historia del fútbol en la trastienda de los sueños de los niños. Que hablen los cromos.

El primer verano después de Franco, con perdón, Ramón Blanco recaló en Cádiz procedente del Betis, con una caja de alfajores de dulce de leche y una gaditana para siempre. Blanco, medio centro defensivo que daba hasta bocados, compartiría la medular con jugadores de nivel superior: Ortega, Escobar, Ibáñez y el pequeño gran chileno, Fernando Carvallo, de quien fue guardaespaldas oficial en el campo de juego.

"Con el Cádiz, a Primera", rezaba la quimera del presidente Gutiérrez Trueba, que configuró una plantilla de primera calidad con aspiraciones máximas nunca consumadas. De Diego, el "patatíbiris", heredó tal plantel, que cerraban en la punta tres genios como Villalbita, Quino y Mané, sin olvidar a Baena, el pichichi de toda la vida, que regresaba del Atlético de Madrid. A Baena, por cierto, le había hecho un hombre, un rematador certero e infalible, el inconmensurable Carvallo, cuyo exquisito toque de balón e intuición natural aún recuerdan los veteranos aficionados. Las faltas directas, los saques de esquina, los cambios de ritmo, los pases medidos se justificaban, metros atrás, merced al juego espartano y orgulloso de Ortega y Blanco. Ambos bigotudos apegados a la dignidad del círculo central.

Blanco saltó al césped en la mitad postrera del último partido de la temporada, sustituyendo a Villalba, para amarrar el tanteador favorable ante el Tarrasa. Cinco de junio de 1977, emoción superlativa, dos a cero, con Enrique Mateos en el banquillo de los sobresaltos. Invasión de campo. Un partido feo aunque necesario, glorioso y sintomático.

Ya en la esdrújula era Irigoyen, el señor de los milagros en los despachos, en la temporada 90-91, un joven Blanco se hacía con las riendas del equipo, sin carné de entrenador oficial, con nueve negativos en el casillero del Cádiz. Lorenzo Buenaventura, preparador físico, proporcionó el título y su fina visión del fútbol. Menudo binomio el de Ramón y Lorenzo, que hicieron olvidar al Bambino Veira en un santiamén y salvaron los muebles de aquella manera. Otro argentino nacionalizado gaditano, Hugo Vaca, que compartió elástica amarilla con Blanco, se encargaba de la secretaría técnica. Años después, el mismo azar remolón que a veces camina en círculos los reunió en la tele como inefables comentaristas de la cosa cadista.

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Tras una primera vuelta nefasta, el Cádiz se salió. Trabajito le costó. Venció al Madrid, con gol de Jose, otro artífice de ascensos ansiados, y al Dream Team de Johan Cruyff, el rutilante Barcelona, por cuatro goles a cero. Sábado de Feria de El Puerto, los culés enfriaban el cava en los vestuarios del estadio Carranza, el Cádiz necesitaba el triunfo como el aire y los amarillos se merendaron a las estrellas azulgranas, que venían convencidos, dispuestos a alzarse matemáticamente con la primera de sus cuatro ligas consecutivas. Blanco quebró los planes y la cintura del holandés errante, tal vez en el mejor partido de Quevedo, un puñal por la banda. Tampoco obviemos la sublime categoría de Pepe Mejías, que también mojó la tarde de marras.

Es curioso. El alumno aventajado de Cruyff, en todos los aspectos, un imberbe Pep Guardiola, debutaba el 16 de diciembre del 90, en la primera vuelta, ante el Cádiz. Xavi Hernández contaba con once años. Lorenzo compartiría con ambos una época prodigiosa que aún se resiste a ofrecer sus destellos de felicidad colectiva.

A pique de un repique, el Cádiz de Blanco leyó la Buenaventura al destino y rizó el rizo del final apoteósico típicamente cadista, famoso ya en el país entero. Si el Cádiz llegaba vivo a los postres, ya podían temblar sus rivales. El año anterior, sin ir más lejos, precisaba de cuatro de cuatro y se marcó sendas victorias finales hasta la victoria final. Pero la 90-91 se antojaba el más difícil todavía, con las cámaras de la tele codificada en directo, en el último partido, y sin luces de neón, a pelo, en la promoción rompecorazones ante el Málaga.

Blanco firmó el estreno de Kiko, que meses después anotaba el gol que daba la medalla de oro a España, en Barcelona. Y Kiko resolvió a última hora, cómo no, el choque dramático ante el Zaragoza. Pura trepidación.

Hasta que llegó la promoción del ahora o nunca ante el Málaga. Juan Gómez Juanito, en la grada, con cara de póquer, una vez pisoteado el careto de Mathaus, cuando los alemanes daban miedo a los españolitos. Gol de Jose, otra vez Jose, prórroga agónica con diez jugadores, parada de Pepe Szendrei y pena máxima por la escuadra de Juan José. ¿Se acuerda? Qué partido. Ahí nació el Submarino Amarillo, esa noche se escribió la leyenda, y no otra.

Lindas batallitas por contar. Ramón Blanco puede presumir, allá donde esté, de haber sido piedra angular del Submarino Amarillo, de sus orígenes al pleno apogeo del club en Primera de una ciudad de Segunda B o Tercera. Capital del paro, escenario de imposibles reconversiones, revolución industrial del humor propio. Lo demás son tonterías, penalidades las mínimas, mejor será celebrar la inmortalidad, las gestas, la manera de vivir del siempre joven cadista de corazón.

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