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17/09/2020

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En el siglo IV a. C., vivía en Éfeso un simple pastor, llamado Eróstrato, que buscaba afanosamente la manera de adquirir fama y notoriedad. Quería a toda costa perpetuarse en la Historia y pasar a la posteridad. Necesitaba, por lo tanto, hacer algo muy llamativo e impactante. Y decidió prender fuego al templo de Artemisa, la diosa virgen de la caza, que era uno de los monumentos más bellos del Mediterráneo y una de las siete maravillas del mundo.

En la primera oportunidad que tuvo, entró disimuladamente en el templo. Y aprovechando un descuido de los encargados de la seguridad, cogió una de las lámparas que iluminaban el interior del recinto y la arrojó sobre las telas y los ropajes que cubrían a la diosa. Cuando los guardianes quisieron reaccionar, era ya demasiado tarde y todo el templo se vino abajo, devorado por las llamas. Apresaron, eso sí, al causante de aquel incendio, y lo llevaron ante el rey Artajerjes III.

Y Eróstrato confesó voluntariamente ante el rey, que había incendiado el templo de Artemisa única y exclusivamente para hacerse famoso. Al escuchar semejante despropósito, Artajerjes ordenó su ejecución inmediata, estableció castigos severos para quienes osaran nombrarle como autor de semejante incendio. Pensaba que así, le birlaba hasta la más mínima posibilidad de conseguir la popularidad que buscaba.

Y a pesar de sus esfuerzos, Artajerjes no logró borrar de la historia ni a Eróstrato, ni a su actuación incendiaria. Hoy conocemos detalladamente aquellos hechos, porque Teopompo de Quíos, el historiador griego más importante del siglo IV a. C, no respetó esa prohibición y nos dejó una narración completa de los hechos, protagonizados por aquel humilde pastor efesio para conseguir una gloria imperecedera.

Es evidente, que Eróstrato estaría hoy día sumamente satisfecho con el eco que ha tenido aquella aventura incendiaria, que le dio más notoriedad de la que esperaba. Hay que tener en cuenta, que no solamente recordamos su nombre. Llamamos también, cómo no, 'Síndrome de Eróstrato' al trastorno psicológico de los que sienten un deseo irrefrenable de sobresalir sobre los demás, de los que buscan obsesivamente el protagonismo porque quieren estar siempre en el centro de atención.

Y aunque parezca mentira, ese desarreglo psíquico, el 'Síndrome de Eróstrato' , está afectando gravemente a muchos de nuestros políticos actuales. Y entre ellos está, por supuesto, Pablo Iglesias Turrión, el incombustible líder de Unidas Podemos. Cuando no era nada más que un aspirante inmaduro a dirigir la izquierda española, ya intentó aumentar su fama y el número de sus seguidores, escenificando su supuesta adscripción inquebrantable a la clase de 'los de abajo', a los explotados de la 'clase trabajadora'.

Hay que reconocer que el distrito madrileño de Vallecas, además de contar con una tradición obrera muy especial, desprende también un tufillo 'izquierdista' inconfundible. Y el insaciable Pablo Iglesias, faltaría más, aprovechó ambas cosas para satisfacer convenientemente su desmedida ambición política.

Y para airear públicamente su orgullo de clase, comenzó a pregonar a los cuatro vientos, que vivía en el corazón del madrileño barrio de Vallecas, en un piso más bien humilde de 60 metros cuadrados. Y daba a entender, incluso, que continuaría viviendo allí, aunque llegara a ser elegido para ocupar la presidencia del Gobierno. Y fue más lejos aún, admitiendo que compraba frecuentemente su ropa en el supermercado Alcampo. Y todo, según decía, porque la austeridad era su principal seña de identidad.

Es preciso señalar, que al mochilero Pablo Iglesias siempre le ha perdido su lengua. Entonces, claro está, no pensaba en los efectos devastadores que, con el tiempo, podía ocasionar necesariamente la puñetera hemeroteca. Así que, sin reparo alguno, lanzó muchos escupitajos al aire y ahora, que le vamos a hacer, le están cayendo todos encima.

Solía aprovechar las tertulias y las redes sociales, para acusar a los de la famosa 'casta política' de vivir despreocupadamente en chalés de lujo, y de no saber "lo que es coger el transporte público", ni lo que cuesta un café. Y soltaba toda su inquina y animosidad contra todos ellos, porque no estaban al tanto de las necesidades reales del pueblo.

Criticó duramente, por ejemplo, a Luis de Guindos, por haber comprado un ático de lujo en La Moraleja, por el que pagó la desorbitada cifra de 600.000 euros. Y escribió en su cuenta de Twitter, "que la política económica la dirija un millonario es como entregar a un pirómano el Ministerio de Medio Ambiente". Claro que, de aquella, aún no había dado esa vuelta o salto mortal que lo llevó a Galapagar, y que acabó definitivamente con toda su credibilidad.

Ni que decir tiene que el impresentable líder de Podemos llegó a vivir como un vallecano más. Paseaba aparentemente tranquilo por las calles del barrio y saludaba amistosamente a sus vecinos. Y cuando todos pensaban que estaba totalmente integrado en ese ambiente, el endiosado Iglesias dio la espantada y, sin previo aviso, cambió Vallecas por Galapagar, instalándose con Irene Montero, en el casoplón que compraron en esa zona residencial privilegiada.

No podemos olvidar que Pablo Iglesias logró consolidarse al frente de Podemos, pero tuvo que purgar lógicamente a todos los que aspiraban a liderar a esa formación de extrema izquierda anticapitalista y antisistema. Obviamente, sus ambiciones napoleónicas de ganar unas elecciones en España, de hacerse con el poder y de cambiar radicalmente nuestro modelo constitucional siguen intactas. Esperemos que no lo consiga nunca y que sus pretensiones sigan siendo siempre un simple sueño.

Es verdad que no lo va a tener nada fácil, ya que con la huida inesperada de Vallecas, se ha enfriado mucho el entusiasmo de las masas populares que simpatizaban con Podemos. Y por supuesto, decepcionó seriamente a muchos seguidores suyos. Este cambio de domicilio, tan sorpresivo como inesperado, sirvió para que, una buena parte de su feligresía particular abriera los ojos y comprobara personalmente que su idolatrado líder les había estado engañando, que sus propuestas rezumaban demagogia barata y, sobre todo, porque terminó siendo un miembro más de la denostada casta política,

El comportamiento de Pablo Iglesias ha sido siempre muy llamativo, ya que suele decir una cosa y hace exactamente la contraria. Da muy poco valor a la ideología y, sin embargo, se desvive por conquistar el poder. No es de extrañar, por lo tanto, que adopte una actitud caudillista y severa que le lleva a exigir a sus prosélitos una adhesión incondicional a su persona y a todos sus planteamientos y propuestas.

Tenemos que admitir, por qué no decirlo, que el imprevisible líder de podemos desconcierta a propios y a extraños. Si destaca por algo, es precisamente por su incoherencia y por su caradura. Es extremadamente contradictorio e incomprensible. Lo mismo enaltece la Constitución y se deshace en loas a la Corona, que lanza vituperios contra el Régimen de 1978 y convoca caceroladas contra el Rey.

Un ejemplo claro lo tenemos con el manejo de los dichosos escraches que importaron de las Repúblicas bananeras de Hispanoamérica. Resulta que si son aplicados por el insidioso Pablo Iglesias, o por sus huestes, no son nada más que "la expresión de la democracia cuando se hace digna de los de abajo". Dicho de otro modo más expresivo y mucho más provocativo, son "el jarabe democrático de los de abajo".

No obstante, si entre los escrachados está el propio líder de podemos o alguno de sus correligionarios más cercanos, cambian el estribillo y dicen que ese tipo de acciones son claramente "negativas" porque "contribuyen a la crispación social". Y se quejan amargamente de los insultos y la violencia que tienen que soportar, por culpa de los energúmenos que organizan ese tipo de manifestaciones ardientes y violentas.

Está claro que Pablo Iglesias tiene muchos gestos y ademanes que rezuman machismo por los cuatro costados. Tenemos además, quien lo iba a decir, el 'caso Dina' , o el deseo manifestado de azotar a la periodista Mariló Montero hasta hacerla sangrar. A pesar de todo, como está siempre a la que salta, se presenta formalmente como un abanderado destacado del feminismo reinante y de la libertad sexual.

Pero está visto, que el 'Coletas' asume ese papel simplemente por pura conveniencia, más que nada, para arañar unos votos de las mujeres que integran ese colectivo feminista. ¿Alguien ha visto a este personaje, o a alguno de sus adláteres levantar la voz para denunciar las violaciones, los asesinatos y la vulneración generalizada de los derechos de la mujer que se producen constantemente en Irán, en Afganistán, en la India y, por supuesto, en los países bolivarianos de Hispanoamérica? Y ya sabemos qué quiere decir esto.

El comportamiento del populista Pablo Iglesias no ha cambiado absolutamente nada, desde que se oficializó la formación política de Podemos. Para darse a valer y tener contenta a la progresía, ataca ferozmente a la 'casta política' y, utilizando los argumentos del chavismo y del comunismo bolivariano, pone en solfa la conducta de todos sus adversarios políticos. El Partido Popular siempre ha sido el blanco preferente de sus furibundos ataques.

Es sobradamente conocido que el aspirante al marquesado de Galapagar no tiene pelos en la lengua. Sabemos que chapotea en el fango de la corrupción, como otros muchos dirigentes políticos. Y a pesar de todo, tiene la desfachatez de decir a Mariano Rajoy que el político que se equivoca y practica o ampara ese mismo pecado, "no pide perdón sino que dimite". De todos modos, aunque acertó plenamente en lo que deben hacer los responsables políticos corruptos, no podemos esperar que este dechado innegable de incongruencias, tome su propia medicina.

Las tragaderas de Pablo Iglesias no reparan en esas aparentes menudencias. Y menos ahora, que tuvo la suerte de entrar a formar parte del Gobierno de España. Y esto le lleva naturalmente a jugar a ser gobierno y oposición al mismo tiempo. Y como la vida da muchas vueltas, quiere aprovechar esta circunstancia para desgastar al presidente Pedro Sánchez, para ver si así logra llegar algún día, ahí es nada, a la presidencia del Gobierno.

Gijón, 14 de septiembre de 2020

José Luis Valladares Fernández

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