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¡que le lleven a un psiquiatra

23/01/2016 07:50 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

image Según una fábula mitológica de la antigua Grecia, el joven Ícaro era hijo de Dédalo, famoso arquitecto ateniense, y de una esclava llamada Náucrate. Su padre, que fue condenado al destierro por el tribunal del Areópago, tuvo que abandonar precipitadamente Atenas y se marchó a vivir a la isla de Creta. Y como en esta isla no había arquitectos y hasta escaseaban los escultores, el rey Minos II lo acogió en su reino con los brazos abiertos y le ofreció, faltaría más, la posibilidad de residir en su propio palacio. Y fue en ese palacio, donde fue creciendo el pequeño Ícaro, hasta convertirse en un intrépido mozalbete. Mientras tanto, su padre se dedicaba a crear verdaderas obras de arte, encargadas expresamente por el rey Minos, su protector. Entre esas obras, destaca precisamente el famoso laberinto, construido para encerrar al Minotauro y librar así a la isla de los sucesos que provocaba tan terrible monstruo. Se trataba de una construcción intencionadamente llena de recovecos y de inextricables pasadizos para que, quien entrara o fuera encerrado allí, no pudiera encontrar jamás la salida. Pero un buen día, el rey Minos II se enteró que el artista Dédalo estaba pagando con ingratitudes sus desvelos y su franca hospitalidad. El padre de Ícaro se dedicaba secretamente a complacer los caprichos intrigantes y las andanzas apasionadas de Pasifae, la mujer del rey. Y para castigar semejante impostura y desfachatez, el rey Minos encerró a Dédalo y a su hijo Ícaro en el laberinto, condenándolos a pasar allí el resto de sus vidas. Y después de pasar allí cierto tiempo, el ingenio del ateniense Dédalo ideó un plan para escapar de aquel cautiverio. Simulando que quería ofrecer a Minos un regalo, pidió a sus carceleros que le proporcionaran cierta cantidad de cera y un número considerable de plumas. Cuando dispuso de todo ese material, comenzó inmediatamente a construir un par de alas para él y otro para su hijo Ícaro. Al terminar su trabajo, utilizando un arnés, adaptó a su espalda y a sus brazos su par de alas y, completamente satisfecho, comprobó que podía volar como si fuera un pájaro. Equipó seguidamente de la misma manera a su hijo. Y cuando ya estaban preparados los dos para huir volando, le aconseja, eso sí, que vuele con prudencia, que conserve siempre una altura conveniente. Que si volaba demasiado bajo, la humedad del mar mojaría sus alas y no podrías volar. Si se elevaba demasiado, el calor del sol fundiría la cera de sus alas, se desprenderían las plumas y terminaría cayendo al mar. Le pidió que evitara escrupulosamente cualquiera de esos dos extremos y que le siguiera sin vacilar. Y sin más, padre e hijo comenzaron a volar, elevándose por encima de los muros de aquella extraña prisión. Al principio, el vuelo de Ícaro era exageradamente tembloroso y vacilante. Pero poco a poco fue perdiendo el miedo y comenzó a coger nuevos bríos y a entusiasmarse con aquella insólita experiencia. La vista desde el aire era maravillosa y esto indujo a Ícaro a olvidar los consejos de su padre y a entregarse irreflexivamente al peligroso placer de volar. Sin tener ya miedo a nada, Ícaro vuela cada vez más alto. Y llegó a volar tan cerca del sol, que la cera comenzó a derretirse, se aflojaron las ligaduras que sujetaban sus alas y se desprendieron sus plumas. Entonces Ícaro ya no puede sostenerse en el aire y cae al mar, encontrando así la muerte. Y Pedro Sánchez está imitando inconscientemente el comportamiento insensato del joven Ícaro de la leyenda mitológica. Es verdad que estamos ante una persona muy poco carismática, sin empatía y que le cuesta conectar con la gente que le rodea. Fue aupado a la Secretaria General del PSOE, más que por su valía, por obra y gracia del aparato de propaganda de su partido. En un principio, cuando asumió el cargo, es verdad, procuraba ser extremadamente precavido y prudente. Antes de actuar, escuchaba siempre al Comité Federal, a los distintos barones de su partido y, por supuesto, a sus predecesores en el cargo. Y acataba respetuosamente, como era de esperar, todas sus indicaciones y sus desinteresados consejos.

Pero después de cierto tiempo, comenzó a coger confianza en sí mismo, a creerse plenamente autosuficiente y a pensar que no necesitaba consejos de nadie. Y comenzó a dirigir el partido de una manera francamente personalista. De ahí que muchas de sus decisiones fueran puestas en solfa por los sectores más conservadores de su partido. Ahí está, por ejemplo, la destitución fulminante del secretario general de los socialistas madrileños, Tomás Gómez que, además, había ganado las primarias para encabezar la candidatura a la Comunidad Autónoma en las próximas elecciones. Y todo, porque las encuestas, según dijo Rafael Simancas, auguraban una proyección electoral muy pobre. ¡Qué tendría que hacer, entonces, Pedro Sánchez...! A partir de entonces, el todavía secretario general de los socialistas comienza a cometer muchos errores, todos ellos evidentemente de estrategia política. Por ejemplo, decide abandonar el centro izquierda y se radicaliza políticamente, adoptando posturas de extrema izquierda para competir con Pablo Iglesias. Llegan las elecciones municipales y autonómicas, y el PSOE obtiene el peor resultado de su historia. Y todo, por seguir ciegamente la estela de Podemos. Y a la hora de formar los gobiernos municipales y autonómicos, Pedro Sánchez comete otro error de bulto, mucho más grave incluso que el anterior. Aduciendo que los ciudadanos se decantaron mayoritariamente el 24M por un cambio a la izquierda, realizó pactos suicidas con independentistas tan radicales como la CUP y con extremistas de la calaña de Podemos y todo ese conglomerado estrambótico de franquicias que rodea a la formación morada. Así es como esa tropa revolucionaria, radical y anticapitalista, encabezada por Pablo Iglesias, se apoderó de varias comunidades autónomas y de los ayuntamientos más importantes de España. Y como el pueblo digiere muy mal los enjuagues y los chanchullos de los políticos, el dirigente máximo del PSOE sufrió un castigo enormemente duro y ejemplar en las elecciones generales del pasado 20 de diciembre. No olvidemos que se alió con todas esas formaciones populistas y neocomunistas para satisfacer su ojeriza y su animosidad contra el Partido Popular, Y por si esto fuera poco, sufre una obsesión enfermiza considerable que le lleva a tratar de impedir, por las buenas o por las malas, que la derecha llegue al poder. En la última convocatoria electoral, es verdad, los electores demostraron claramente que no les entusiasmaba Mariano Rajoy. Muchos de ellos le dieron ahora la espalda de manera tan ostensible, por olvidarse, creo yo, de ciertos valores morales, que ha defendido tradicionalmente el centro derecha. Pero lo de Pedro Sánchez es aún más grave. Los ciudadanos le han dicho claramente que se vaya, que no le quieren en La Moncloa. Recordemos que no sacó nada más que 90 escaños, 20 menos que Alfredo Pérez Rubalcaba en las elecciones de 2011.En su circunscripción, por ejemplo, quedó en cuarto lugar, por detrás incluso de Ciudadanos. Y a pesar de sufrir un fracaso tan monumental, considera que es él el elegido del pueblo para presidir el siguiente Gobierno. Como ya hiciera tras las elecciones autonómicas y municipales, Pedro Sánchez comienza a sumar churras con merinas, porque mete en el mismo saco a la izquierda civilizada o moderada, a la extrema izquierda, al populismo bolivariano y neocomunista y a todos los separatistas y radicales de cualquier calaña. Y para el líder socialista, todos ellos, claro está, forman parte indiscutiblemente de la izquierda progresista, que es por lo que ha optado la ciudadanía en estas elecciones. Y es Pedro Sánchez, faltaría más, quien está al frente de ese elevado número de progresistas. Para empezar, Pablo Iglesias no abandonará fácilmente su descerebrada exigencia de celebrar el dichoso referéndum de autodeterminación en Cataluña y la implantación definitiva de una "España plurinacional". Se lo impedirán, cómo no, sus socios catalanes, gallegos y valencianos. Pero, si a pesar de todo, Pedro Sánchez no es capaz de renunciar a su desmedida ambición personal y se echa irresponsablemente en brazos de Pablo Iglesias y de toda esa caterva de radicales, separatistas que integran ese aluvión de partidos coaligados con Podemos, firmaría, sin más, el acta de defunción del PSOE. Pero aún puede haber otras consecuencias fatales. Si Pedro Sánchez sigue adelante con su proyecto, y Podemos y los separatistas llegaran a gobernar con los socialistas, Pablo Iglesias procuraría dinamitar la Constitución de 1978, y terminaría imponiéndonos el chavismo venezolano más abyecto, con todo lo que eso significa. Hay algún precedente muy similar en la historia que, en aquella ocasión, terminó desgraciadamente en una verdadera tragedia mundial. Fue el caso de Franz Von Papen, en Alemania. En las elecciones al Reichstag de noviembre de 1932, Von Papen encabezaba la candidatura del Partido de Centro Católico. Y no alcanzó una mayoría suficiente para gobernar, porque, al prolongarse los efectos nocivos de la Gran Depresión, irrumpieron con fuerza, en la escena política alemana, los nazis y los comunistas. Entonces, Von Papen ofreció generosamente la Cancillería al activista austriaco Adolf Hitler, a cambio, claro está, del apoyo parlamentario de los nazis. Logrado ese acuerdo, consiguió que el presidente Paul Von Hindenburg, a pesar de sus recelos, le encargara formar Gobierno; pero, eso sí, con Hitler de Canciller. Pensaba Von Papen que, disponiendo de la mayoría de las carteras ministeriales, sería extraordinariamente fácil controlar al agitador Hitler. Pero lo que sucedió después, es sobradamente conocido por todos. Y mutatis mutandis, si Pedro Sánchez, para satisfacer su ambición personal, pacta un Gobierno con Pablo Iglesias, veremos irremediablemente trasplantada a España la experiencia bolivariana de los venezolanos. Gijón, 11 de enero de 2016 José Luis Valladares Fernández


Sobre esta noticia

Autor:
Valla (105 noticias)
Fuente:
joseluisvalladares.blogspot.com
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Tipo:
Opinión
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