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La reforma imposible del Perú

02/07/2013 12:28 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

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Los intentos de reforma en el Perú suelen ser reformas que nunca cambian nada, tal como ocurrió con la última ley del magisterio que conserva la esencia nefasta de la mala educación que padece el Perú desde hace décadas. Hoy se repite la historia con la ley del servicio civil que ya empezó a retroceder lo poco que avanzó, gracias a políticos que solo ven su negocio electoral, y siguen defendiendo obsoletos conceptos sacrosantos y venerando viejas vacas sagradas.

Curiosamente quienes más cacarean por cambios y abogan por la industrialización del país criticando el "modelo primario exportador", son los primeros en oponerse a los cambios. Industrializar el país requiere autonomía tecnológica basada en innovaciones, investigación y desarrollo. Hace falta empresas competitivas de nivel internacional, con profesionales y técnicos altamente capacitados y un Estado ágil y eficiente que deje de ser un lastre y genere oportunidades abriendo mercados internos y externos. Nada de esto se puede hacer sin cambiar la anacrónica estructura laboral y educativa que impera en nuestro país. Pero todo cambio tiene que empezar por un cambio de mentalidad.

No es posible hacer cambios si antes no se ha convencido a la gente de que estos son necesarios. Se requiere además estar dispuesto a enfrentarse a las mafias sindicales que por décadas han medrado en la mediocridad y dependen de ella. En tercer lugar, se necesita arrojar a la basura los viejos conceptos como la tristemente célebre "estabilidad laboral" y otros.

Lo que vemos es todo lo contrario: la gente no entiende la necesidad de los cambios, nadie está dispuesto a enfrentarse a las mafias sindicales y a los comechados, y todavía siguen adorando los anacrónicos conceptos ideológicos que nos trajeron a la situación actual. Los cambios necesitan consenso, coraje y sobre todo una nueva mentalidad. Quizá lo más difícil de lograr sea una nueva mentalidad que deje atrás las viejas ideas acuñadas durante el velascato y que todavía se repiten como "principios". Muchas generaciones han fundado sus pensamientos en esas ideas absurdas.

El desarrollo se funda en dos componentes básicos: empresa privada y universidades o institutos. Estas proveen la mano de obra que requieren las empresas para ganar competitividad. Competir en el mundo requiere una organización dinámica y un accionar eficaz. No se puede estar arrastrando los pies en espera de licencias estatales, ni quedarse desfasados porque las leyes impiden las rápidas adaptaciones empresariales. Los cambios de los 90 no llegaron a eliminar la mentalidad burocrática del Perú, fundada en una visión clientelista, estatista y antiempresarial heredada del velascato.

En el Perú empezamos al revés. Antes de tener empresas competitivas se convirtió a los trabajadores en vacas sagradas intocables, protegidos por una serie de conceptos ridículos como la "estabilidad laboral" o el supuesto "derecho al trabajo". El trabajo no es ningún "derecho". Nunca lo fue. Eso es una mentira absoluta que el progresismo inoculó en la mente de la gente. El trabajo es una función económica que depende de totalmente de condiciones del mercado. Hay que saber cumplir una función dentro de las muchas que requiere el funcionamiento de una sociedad. Tal labor se hace de manera libre o dependiente pero siempre según las necesidades de un mercado. Es fundamental tener capacidad de aprendizaje y adaptación para mantenerse en una función laboral. Los mercados son cambiantes y las condiciones económicas del mundo lo son más aún. No existe pues nada ni remotamente parecido a algo que pueda llamarse "estabilidad laboral". Eso es sencillamente un disparate.

La idea de trabajador que se impuso en el Perú en los 70 fue la del empleado público dependiente de un gran Estado congelado y clientelista. Como lo que hoy tiene Venezuela y lo que están tratando de desmontar en Cuba. Esa visión velasquista del trabajador que además cargaba con un encono antiempresarial, nos generó un grave atraso y un gran daño a la competitividad empresarial dejándonos a la zaga de nuestros vecinos como Colombia o Chile, además de producir las ya conocidas mafias sindicales que solo velan por mantener sus prebendas y privilegios de clase laboral, como los del SUTEP y la CGTP, sin importarles un comino ni la educación ni el desarrollo del país.

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Podemos echar mano a un buen ejemplo histórico reciente. El gran avance de la banca en el Perú hubiera sido imposible sin la previa desaparición de la nefasta FEB (Federación de Empleados Bancarios) que a punta de huelgas y negociaciones colectivas chatajeaba a los bancos hasta conseguir un sin fin de gollerías groseras y escandalosas, como hacer hereditarios sus puestos laborales. La desaparición de la banca de fomento del Estado en los 90 significó también el fin de ese cartel de parásitos comechados que era la FEB. Solo después pudo darse el gran despegue de la banca, con agencias que atendían hasta las 6 pm o más, incluyendo sábados, domingos y feriados en algunas agencias. Algo inconcebible en los días de la FEB, cuando solo trabajaban de 10:30 am a 3 pm de lunes a viernes y tenías que pagar coimas para cambiar un cheque del extranjero.

En suma, un cambio exige nueva mentalidad. Es imprescindible deshacerse de los anacronismos ideológicos como el falso "derecho al trabajo" o la no menos absurda "estabilidad laboral". El trabajador debe ser alguien que se gana su puesto compitiendo en el mercado laboral y lo mantiene gracias a su empeño y merecimiento diario. Su meta debe ser siempre mejorar y debe estar dispuesto a emigrar a otra empresa si no mejora donde está. No debemos alentar el estancamiento típico del burócrata que sueña con jubilarse en su puesto. La empresa tiene que ser vista como un agente económico fundamental, generador de empleo, y no como "enemiga de la clase laboral", como se propaló durante el velascato. Estos son los cambios básico de mentalidad que se requiere imponer con urgencia si queremos despegar como país.

Los derechos laborales que hay que garantizar son los que merece todo ser humano: un ambiente laboral cómodo y seguro, trato digno, pago puntual, seguros apropiados según la naturaleza de las funciones, etc. Pero nada de fantasías ideológicas como "estabilidad laboral" que es un contrasentido total en el ambiente cambiante al que pertenece el trabajo como función económica. Basta de montar telenovelas por despidos. Uno de los corsés ideológicos que se imponen los legisladores es que el Estado no puede despedir a nadie. ¿Por qué? ¿De dónde salió semejante disparate? Es que siguen viendo al Estado como beneficencia pública y como botín electoral.

El Estado debe ser podado cada cierto tiempo. Los gobiernos tienden a llenarlo con empleados cargando la planilla pública sin decoro. En los últimos 15 años se han creado más ministerios -inútiles todos ellos- como el de la Mujer, Ambiente, Cultura e Inclusión Social, lo cual ha significado varios miles de funcionarios más. A ellos hay que sumarles otros muchos organismos públicos creados alegremente y que tampoco sirven para nada, como las Secretaría de la Juventud o incluso la Defensoría del Pueblo. Y no hablemos del incremento de burocracia que se da en el Congreso con cada legislatura. Toda esa inmensa masa de burocracia nos cuesta a todos los peruanos y no redunda en el desarrollo del país. Es solo carga pesada.

Ahora bien, si se habla de reestructurar el Estado y se asegura que no habrán despidos, solo se puede llegar a dos conclusiones: o se está mintiendo con descaro o en realidad no existe ninguna reforma, pues no hay manera de reformar el Estado sin eliminar organismos públicos, incluyendo ministerios, y sin achicar la planilla, principalmente. Los despidos como las contrataciones son eventos normales en el mundo laboral. Un despido no es ningún atropello ni una falta ni una herejía. Nadie tiene el puesto comprado. Solo hay que pagarle lo que le corresponde como compensación. Es todo. No hay por qué hacer un drama ni mentir. Por desgracia el progresismo ha hecho del puesto laboral una especie de propiedad privada intangible contra la que no se puede atentar. Pero eso es falso. Y ya es hora de empezar a eliminar esas equivocadas ideas.

Lo repito: sin un cambio de mentalidad que arroje al tacho las viejas y falsas ideas que nos han llevado a la mediocridad y al atraso actual, no hay ningún cambio posible. Mientras se sigan defendiendo esas aberrantes ideas del pasado, nada cambiará. Toda reforma será un burdo maquillaje. Además de nuevas ideas, hace falta coraje para imponer los cambios, algo que a nuestros políticos generalmente les falta.


Sobre esta noticia

Autor:
Dante Bobadilla Ramírez (48 noticias)
Fuente:
liberalismoperuano.blogspot.com
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