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El rincón de... César Manrique (y su equipo)

03/04/2019 05:00 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Por M.J. Tabar

Fotografías por Richard Cavero

"No soy capaz de ir a Japón a comerme un sancocho", decía César Manrique, reivindicando la singularidad de una gastronomía lanzaroteña "pobre, sana y gustosa". En los campos de lava, donde otros veían una maldición, él apreciaba una belleza escalofriante. Vio jardines en los vertederos, museos en fortalezas abandonadas, auditorios en la piedra subterránea. Vio lo que nadie veía. A finales de los años setenta, su torbellino creativo se alineó con la gestión de un político y amigo de la infancia llamado José Ramírez. Juntos formaron un equipo que abanderó el arte como "instrumento de cambio de una isla deprimida que tenía la autoestima devaluada". En 2019, Lanzarote celebra el centenario de su artista más revolucionario.

Jameos del Agua . Cuando todavía no existía auditorio, César organizó la proyección de Metamorfosis, un audiovisual experimental filmado por el también pionero artista Ildefonso Aguilar. En medio de aquel río de rocas, improvisaron una pantalla y avisaron a varios amigos. "Quería ver la sensación que se tenía en ese espacio ?recuerda Ildefonso? y fue espectacular". El 15 de junio de 1966 se celebró la apertura del Jameo Chico. La gente "estaba extasiada", dice Marcial Martín, exdirector de los Centros de Arte, Cultura y Turismo (CACT). "Ya de noche, la madre de José Ramírez subía las escaleras para irse y le preguntó a su hijo: '¿Cómo has podido colocar esas lámparas tan bonitas?'. 'Mamá, ¡son las estrellas!', le respondió Pepín". La anécdota da una idea de la conmoción que generó la obra.

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Museo Internacional de Arte Contemporáneo-Castillo de San José . "No las queremos ver ni nosotros, ¿y van a venir a ver las piedras de Lanzarote?", se preguntaban muchos con escepticismo inicial ante los planteamientos de César. Así lo recuerda Toñín Ramos, electricista y trabajador incansable de los CACT que acompañó al artista en sus recorridos por la Isla. Hay que imaginar una explanada "llena de mierda", alrededor de una fortaleza del siglo XVIII, y a un hombre de actividad frenética diciendo "aquí vamos a exponer a Miró". Los murmullos eran notables: "¿Pero y este hombre...?". Toñín lo tiene claro: "Mi universidad ha sido la vida y mi maestro, César Manrique. Nos enseñó a ver el color y el paisaje". Una visita al baño del museo explica el grado de detalle de las intervenciones manriqueñas. "Decía que los baños tenían que estar como el oro".

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Casa-Museo del Campesino . "César tenía una extraordinaria intuición para la creatividad y una gran sensibilidad para la belleza", define al vuelo Ildefonso Aguilar. "Accesible y abierto a escuchar", con la gente del campo y de la mar "estableció una relación de convencimiento mutuo", añade Marcial. "Los hizo partícipes de su pensamiento". Mientras daban vueltas por la Isla, César podía gritar en cualquier momento y hacer parar el coche para subir a lo alto de un volcán y ver una casa, recuerda Toñín. "A los campesinos les demostraba que su trabajo y sus viviendas eran una obra de arte, les daba las gracias". Rindió homenaje a esta sabiduría popular en la Casa-Museo del Campesino, donde hibridó una escultura vanguardista, fabricada con tanques de barcos desguazados, con la estética de la vivienda tradicional lanzaroteña.

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Sobre esta noticia

Autor:
Sixtojavier (957 noticias)
Fuente:
revistabinter.com
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Tipo:
Reportaje
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