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La Subversión del Activismo Pro "Gay" - Dinamitar el Matrimonio

06/04/2014 12:44 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

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Autor: Manuel Aliaga Garfias

Luego de años de paciente labor de hormiga, un pequeño grupo de militantes—operarios de ciertas ONGs bien financiadas desde fuera como parte de una estrategia global—ha conseguido importar de Europa y Norteamérica el último alarido de la moda en la serie de batallas culturales que afligen a esas latitudes. Se trata de una disputa que no es—ni tendría por qué ser—parte de nuestra lista de prioridades nacionales. Pero ahí nos encontramos: en medio de una lucha a favor, o en contra, de la invención nada menos que de un "matrimonio" homosexual.

Próceres del chongo

Para dar batalla estos activistas se han conseguido algunos aliados útiles: ciertos congresistas veleidosos, algunos faranduleros que quieren estar en todas, y nuestra patética prensa novelera, todos más que dispuestos a salir a meter vicio y sumarse al chongo. Entre ellos se han convencido—a punta de adulaciones recíprocas—de que están a "la vanguardia" y de que son precisamente ellos (congresistas, entretenedores y reporteros) quienes, con importaciones como estas, van a hacer realidad la llegada del "desarrollo". Olvídense del PBI, la educación, etc. Eso toma mucho estudio, mucho tiempo. Existen atajos para empezar a ganarse alguito, gozar la vida y apurar ese paraíso hedonista que, de tanto cine y TV, creen es la vida allá al norte. ¿Para qué conformarnos con sólo mirar con la nariz pegada a la vitrina—o a la pantalla—si podemos darnos ya la libertad de disfrutar de al menos algunos de esos apetecidos frutos del "progreso"? Aspiran así a pasar a la historia, sin sudor ni riesgo, como adalides de primermundismo... en su fase reblandecida, facilona y decadente.

Con sus adolescentes prisas "modernizadoras" empujan irresponsablemente al país a una encrucijada peligrosísima. Buscan la imposición, desde el estado y siguiendo las formalidades democráticas (pero haciendo lo imposible por esquivar la voluntad ciudadana), de un cambio cultural de dimensiones astronómicas. Y lo hacen bajo la ficción de que se trata de un asunto de mera rutina legislativa, cuestión de unos votos menos, y otros más, en el momento preciso.

Los ritmos de la deliberación y el consenso democráticos

El artículo 206 de la Constitución estipula que toda reforma constitucional debe ser aprobada por el Congreso "con mayoría absoluta" y ratificada "mediante referéndum". La aprobación también puede ocurrir "en dos legislaturas ordinarias sucesivas", en cada caso con una votación favorable "superior a los dos tercios del número legal de congresistas." El principio detrás de un estándar tan elevado es, claramente, que los cambios fundamentales requieren de una conversación prolongada y en profundidad, y del consenso social. Estos requisitos obligan a que cualquier reforma de rango constitucional que se proponga deba ser meditada con calma y discutida suficientemente por la ciudadanía y sus representantes. Y que, de aprobarse la reforma, lo sea como resultado de un acuerdo amplio y dialogado.

Pero a estos activistas y a sus agentes no les interesa ni la discusión pausada ni la construcción de consensos. Al igual que en otros países, buscan el golpe de mano mediático, judicial y legislativo. Y para eso se mantienen cuidadosamente en el terreno de los clichés. Su Mejor defensa es el ataque blitzkrieg. Y presionan—pero no para lograr una discusión sustantiva del tema, acorde con su importancia, sino simplemente para salirse con la suya. Un cierto encono virulento cargado de self-hate y de rechazo por los valores heredados los lleva a querer obtener, de la manera que sea, la revolución del matrimonio. Y para eso corren a seguir los procesos prescritos para cualquier ley de rutina, cuya aprobación "requiere el voto de más de la mitad del número legal de miembros del Congreso" (art. 106). Albergan la esperanza de que quizá esta vez, si las estrellas se alínean y consiguen el número mínimo de votos, logren dar su golpe.

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Pero el matrimonio y la familia no son temas de mera rutina legislativa. Según el artículo 4 de la Constitución, la comunidad y el Estado reconocen a la familia y al matrimonio "como institutos naturales y fundamentales de la sociedad." Con este lenguaje los constituyentes indican con claridad que el matrimonio y la familia tienen un rango mayor incluso al de las disposiciones constitucionales. Se trata de realidades cualitativamente diferentes, anteriores al texto constitucional, y fundacionales de nuestra civilización. Tratarlas como si fuesen temas del día a día legislativo traiciona el sentido de la disposición constitucional y de eso que algunos llaman "la constitución histórica" del Perú. Quienes buscan taparnos el sol con un dedo quieren que legislemos de espaldas a "la formación histórica, cultural y moral del Perú" (artículo 50 de la Constitución).

Subversivos de cuello y corbata

Corremos pues el grave riesgo de que, con un pase de mano, tres gatos bien ubicados nos saquen de la chistera una revolución de dimensiones imposibles de exagerar. Para lograrlo corren apurados, a ver si nos cogen desprevenidos y la movida les sale. El congresista Carlos Bruce y el Defensor del Pueblo Eduardo Vega, por ejemplo, han declarado que un referéndum sobre este tema sería inconstitucional porque, de acuerdo al artículo 32 de la Constitución, "no pueden someterse a referéndum la supresión o la disminución de los derechos fundamentales de la persona". Lo que no explican es en qué momento los peruanos reconocimos un "derecho fundamental" de ciertas minorías imaginarias o reales a desnaturalizar nuestro sistema legal con el fin de redefinir a su antojo el matrimonio. No aclaran cuándo les reconocimos un "derecho fundamental" a exigir que se inventen nuevos "matrimonios", a la medida de la muy personal "opción", "orientación" o "preferencia" sexual de algunos.

Con estas movidas nuestros "pilares del orden democrático" desnaturalizan la razón de ser de los procesos establecidos y entran de lleno en el terreno de la deshonestidad intelectual. Estos revolucionarios dirán no creer en la lucha armada, pero quieren clavarnos rapidito, silbando y mirando para otro lado, un golpe que ni el mismísimo maoísmo senderista propuso—como si, de un día para otro, el Perú amaneciese con legislación de corte musulmán, que redefiniese al matrimonio como polígamo. Esa es la magnitud del cambio que se nos quiere imponer. ¿Qué cambios previos de corte cultural presupondría semejante mutación (para que tuviese algún grado de legitimidad)? ¿A qué cambios de nivel social, educativo, legal debería dar origen semejante metamorfosis?

Despierten que nos madrugan

Esto no es juego. Despertemos, abramos los ojos y saltemos de la cama: estamos en otros tiempos, y estos requieren otras formas de respuesta. Si no lo hacemos dejaremos el país en manos de extremistas que no por peinaditos, encorbatados y perfumados dejan de ser menos radicales. Sus entrenadores del norte les han enseñado a usar los procesos democráticos y mediáticos para avanzar su sectarismo revolucionario. Si nos quedamos dormidos acabarán haciendo y deshaciendo a voluntad. En eso consiste el extremismo del activismo pro "gay": cogernos desprevenidos, dinamitar el matrimonio real—ese "instituto natural y fundamental de la sociedad" que es parte de "la formación histórica, cultural y moral del Perú" (artículos 4 y 50 de la Constitución) y de la mayoría de países del mundo. Y, a continuación, imponernos su visión sectaria de las cosas. Puro extremismo, tanto en los métodos como en la sustancia.

Que otros países se hayan dejado pisar el poncho no significa que nosotros debamos seguirlos. ¿Dónde está el liderazgo político que sale a decirles "No pasarán"? ¿A qué le tienen miedo quienes no levantan la voz? Lo que en este momento necesitamos es ponernos las pilas para que no nos madruguen (que esa es la especialidad de estos militantes y sus estrategas). Toca sacar una reforma constitucional que ponga por escrito y con todas sus letras lo que, hasta hoy, nunca fue necesario definir porque todo el mundo lo sabía: El matrimonio es la unión de un hombre y una mujer de cara a la formación de una nueva familia. Sólo así superaremos de una vez por todas esta peligrosa situación en la que hoy nos encontramos, en la que es más fácil desintegrar el matrimonio que cambiar el número de congresistas.


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