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Terrorismo y pobreza

16/01/2013 11:15 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Autor: Jorge Secada Koechlin Fuente: diario16

Suele decirse que la pobreza es una de las causas de la violencia terrorista que sufrimos en los años ochenta y noventa. Hace poco afirmaba el editorial de un diario local que "la pobreza" es "caldo de cultivo del terrorismo", para concluir luego que "en el 92 se acabaron las bombas, pero no los problemas que las engendraron". Ideas parecidas son casi un lugar común. Por eso mismo conviene aclararlas. image La pobreza no es un buen pretexto para justificar el terrorismo y la delincuencia

Antes que nada dejemos sentadas algunas salvedades evidentes. La pobreza es uno de los problemas fundamentales del Perú. Como lo son también el racismo y las múltiples desigualdades injustas que estructuran nuestra sociedad. Negarlo, o buscar restarle importancia, es absurdo. Pero pensar que la pobreza, la desigualdad y el racismo son causas del terrorismo va mucho más allá del simple reconocimiento de estas verdades.

Para comenzar, estos factores no son condiciones ni necesarias ni suficientes del terrorismo ya que hay países con tanta o mayor pobreza que el Perú que no han sido víctimas de violencia semejante, así como también hay otros, mucho más desarrollados e integrados que nosotros, que sí han generado grupos terroristas de inspiración marxista.

Además, el porcentaje de la población peruana víctima de miseria, pobreza y discriminación que, directa o indirectamente participó en actos terroristas, es insignificante. Probablemente sea comparable al porcentaje de terroristas proveniente de otros estratos sociales y económicos. Imagino que alguien comente aquí que esas personas estaban motivadas por la pobreza, que buscaban combatirla; frente a ese comentario interpongo una pregunta del sentido común, ¿cómo así se combate la pobreza matando a campesinos pobres o a María Elena Moyano, o reventando una bomba en el medio de una calle llena de gente?

También es pertinente observar que siendo el Perú un país con altos índices de pobreza, prácticamente cualquier fenómeno social o político nacional va a estar insertado en esa realidad y estará marcado por ella. Pero de ahí a tratar de las causas del terrorismo o de lo que lo "engendró" hay muchísimo trecho.

Finalmente, no es exacto hablar de "causas" cuando lo que estamos considerando son cosas como la pobreza y la subversión terrorista. La noción de causa no se aplica propiamente y con precisión en estos contextos. A lo más debemos aspirar a articular narraciones sugestivas, reveladoras, interesantes o tal vez hasta explicativas. Es decir, lo que buscamos son discursos que nos ayuden a entendernos y que nos propongan cursos de acción frente a nuestros problemas.

La asociación entre terrorismo y pobreza sugiere que la manera de enfrentar los problemas fundamentales de nuestra vida en sociedad es a través del desarrollo económico y las políticas redistributivas. Aquí debaten quienes, en un extremo, proponen el mero "chorreo" con aquellos que, con diversos matices y propuestas, piensan que el Estado debe tener un papel más activo en la promoción de la igualdad y la justicia. Estas son, se dirá, las respuestas adecuadas y democráticas frente a la desconsoladora violencia de nuestra historia reciente. Discrepo.

No es mi intención en absoluto cuestionar las políticas que han asegurado el crecimiento económico de la última década y contribuido al bienestar de muchos peruanos. Pienso, más bien, que esas políticas y esos debates, conducidos con conocimiento y sensatez, son parte esencial del buen gobierno. Pero cuando nos preguntamos qué hacer frente a las desigualdades estridentemente injustas con las que vivimos día a día, hablar de economía puede servir para ocultar cursos de acción más inmediatos y por ello menos cómodos.

Un factor común a los diversos terrorismos organizados que asolan el mundo actual, común a aquellos de inspiración marxista, a los de inspiración religiosa (como los atentados de Nueva York, Madrid o Irak), y a los de inspiración étnico-nacionalista (como la bomba de Oklahoma), es la certeza con la que alguna ideología deshumanizante ha poseído la mente de los terroristas. El terrorismo suele acompañarse no con pobreza ni injusticia, sino con un pensamiento iluminado que permite tratar a seres humanos, a personas concretas, como meros instrumentos en un cálculo ideológico.Eso es lo que hermana a Osama con Abimael, y a estos dos con los supremacistas arios en los Estados Unidos, y a todos estos con Hitler y Stalin.

Consideremos las matanzas reactivas de mujeres, ancianos, niños e inocentes por parte de miembros de nuestras fuerzas armadas, actuando en nombre de la sociedad y sus leyes cuando combatían a los terroristas. No requieren alterar el análisis que propongo. Al contrario, lo confirman. Aun en esos casos, la explicación del terror, de la monstruosidad, es un pensamiento deshumanizante, el cálculo equivocado en todas sus dimensiones que llevó a concluir que esa era la manera correcta de combatir la subversión, cálculo apoyado en el desprecio por la población andina.

En el Perú, con todos nuestros problemas, con nuestras desigualdades tan grandes y perversas, la convicción demencial y criminal de quien es capaz de matar inocentes llevado por sus ideas, capturó la mente de tan solo una minoría insignificante. El interés que debe generar en nuestra discusión pública la ideología senderista, el llamado "pensamiento Gonzalo", es puramente pragmático. Nos interesa para saber cómo confrontar a quien sin malas intenciones pueda verse influenciado por él. Más allá de eso el interés que tiene como ideología lo ubica en el ámbito de la sicología criminal, o a lo más de las versiones patéticamente escasas y confusas del pensamiento subdesarrollado. Nada agrega a nuestra autoconsciencia el pensamiento que llevó al terrorismo. No nos permite conocernos mejor. Más bien revela taras que harto sabemos independientemente de los senderistas, los emerretistas, y sus prédicas.

Nuevamente, entonces, ¿qué hacer frente a nuestras desigualdades e injusticias, frente a la pobreza? La respuesta, creo, es más evidente y cercana que lo que quisiéramos. Sin para nada negar la importancia que tienen las políticas de desarrollo económico y las discusiones que generan, no es ahí en donde primero tenemos que hurgar para responder a esta pregunta central para nuestra vida en sociedad.

Nuestras relaciones impersonales, nuestras instituciones, nuestros así llamados "espacios públicos", nuestra identidad como ciudadanos, como peruanos, no son efecto de la legislación, ni su transformación y constitución, el resultado de la aplicación de políticas de gobierno ni de medidas económicas. En todo caso, lo contrario. Una sociedad transformada en libre mercado no haría sino fosilizar nuestros modos y costumbres; y es más bien de estos últimos de los que depende la viabilidad de cualquier legislación.

El desarrollo de una respuesta adecuada a nuestra pregunta debe esperar a una próxima contribución. Lo que este artículo ha buscado dejar sentado son algunos límites de nuestra reflexión sobre el terrorismo. No expliquemos con la pobreza la criminalidad monstruosa de quienes estuvieron dispuestos a matar inocentes, y además de forma cruel y despiadada. No insultemos así a tantos peruanos. No usemos esa explicación fácil e imprecisa para evitar enfrentarnos al tejido cotidiano y personal de nuestra vida en sociedad.

*Jorge Secada Koechlin es profesor principal de filosofía en la universidad de Virginia. Durante el primer semestre del 2012 dictará un seminario de filosofía moderna en la Pontificia Universidad Católica del Perú.


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catarsisyharakiri.blogspot.com
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