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Donald Trump está loco según los psiquiatras.¿Renunciará a su cargo? ¿qué dice la Constitución?

20/04/2017 03:41 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Hasta ahora, más de 30.000 personas -todos profesionales del sector, han firmado una petición de destitución. Donald Trump muestra síntomas paranoides, es un narcisista psicopatológico y vive alejado de la realidad. Sería peligroso que siguiera como presidente

Si por algo es conocido el  presidente de Estados Unidos, Donald Trump, es por sus descargas coléricas en Twitter. Sin embargo, el hombre que con un solo tuit ha logrado que empresas como Carrier y Ford cambien totalmente sus planes comerciales en México, podría padecer de problemas mentales... o al menos eso han pensado miles de personas gracias a El Pentágono.

Aunque el Departamento de Defensa de Estados Unidos no lo dijo directamente, los usuarios de la red social favorita de Donald Trump no tardaron mucho en interpretar lo que parece un mensaje oculto (o un copy con poca información) en uno de los últimos tuits de la dependencia gubernamental.

"Las publicaciones en redes sociales a veces son una ventana importante hacia la salud mental de una persona. Conoce qué buscas", se lee en el tuit de El Pentágono, informaciones de redes sociales proporcionan detalles importantes respecto a la salud mental de cualquier persona si es que saben lo que andan buscando.— U.S. Dept of Defense (@DeptofDefense) January 23, 2017. 

Entre los consejos está el de poner el foco sobre las publicaciones o tuits de esa persona para saber si está atravesando por algún problema mental. Esto se está manejando en relación con el aumento de la cifra de suicidios de veteranos de guerra.

Las redes sociales pueden proveer recursos para ayudar a los individuos a entender cuándo y cómo deberían intervenir con un amigo. Los miembros del servicio militar y las personas en la sociedad están viviendo una nueva cultura de conexión entre el presidente y el pentágono. Esto brinda nuevas oportunidades para aplicar medidas preventivas y prácticas de intervención oportunas, incluso médicas, que Trump sugiere por tuits" y se leen en la publicación.

Sin embargo, si no se da click en el contacto presentado por el Departamento de Defensa, la interpretación puede ser completamente diferente. Y así fue para muchos usuarios pensaron que hasta el propio gobierno está enviando señales de humo para que Donald visite pronto a un psicólogo y de paso rebaje dos rayitas a sus desatinos en Twitter. Desatinos que cualquier psiquiatra puede interpretar fácilmente.

El presidente se comunica constantemente con el personal del departamento de defensa, conectando con teniente coronel Sebastián Taylor, con el ministro de la defensa Philp Lewis, con Derek Smart, con Yolanda Machado, con "the weird one" y en general con Defensa como un todo.

Llevo años estudiando el poder y a quienes lo tienen o lo han tenido-dice Moisés Naim- . Mi principal conclusión es que, si bien la esencia del poder -la capacidad de hacer que otros hagan o dejen de hacer algo- no ha cambiado, sí las maneras de obtenerlo, usarlo y perderlo… Otra observación es que la personalidad de los poderosos es tan heterogénea como la humanidad misma. Los hay solitarios y gregarios, valientes y cobardes, geniales y mediocres. Sin embargo, a pesar de su diversidad, todos tienen dos rasgos en común: son carismáticos y vanidosos. Según la Real Academia Española, carisma es "la especial capacidad de algunas personas para atraer o fascinar".

Los líderes carismáticos inspiran gran devoción e inevitablemente, los aplausos, la adulación y las loas inflan su vanidad. Es fácil que la vanidad extrema se convierta en un narcisismo que puede ser patológico. De hecho, estoy convencido de que uno de los riesgos profesionales más comunes entre políticos, artistas, deportistas y empresarios exitosos es el narcisismo. En sus formas más moderadas, este narcisismo, el encanto consigo mismo, es irrelevante. Pero, cuando se vuelve más intenso y domina las actuaciones de quienes tienen poder, puede ser muy peligroso. Algunos de los tiranos más sanguinarios de la historia mostraron formas agudas de narcisismo y grandes empresas han fracasado debido a los delirios narcisistas de su dueño, por ejemplo.

La Asociación Psiquiátrica de Estados Unidos ha desarrollado criterios para diagnosticar el narcisismo patológico. Lo llama “Desorden de Personalidad Narcisista” (DPN) y, según las investigaciones, las personas que lo padecen se caracterizan por su persistente megalomanía, la excesiva necesidad de que se les admire y su falta de empatía. También evidencian una gran arrogancia, sentimientos de superioridad y conductas orientadas a la obtención del poder. Sufren de egos muy frágiles, no toleran las críticas y tienden a despreciar a los demás para así reafirmarse. De acuerdo al manual de la organización de psiquiatras norteamericanos, quienes sufren de DPN tienen todos o la mayor parte de estos síntomas:

1) Sentimientos megalómanos, y expectativas de que se reconozca su superioridad.

2) Fijación en fantasías de poder, éxito, inteligencia y atractivo físico.

3) Percepción de ser único(a), superior y formar parte de grupos e instituciones de alto status.

4) Constante necesidad de admiración por parte de los demás.

5) Convicción de tener el derecho de ser tratado(a) de manera especial y con obediencia por los demás.

6) Propensión a explotar a otros y aprovecharse de ellos para obtener beneficios personales.

7) Incapacidad de empatizar con los sentimientos, deseos y necesidades de los demás. Es un ejemplo su desdén por refugiados y lo de “razas inferiores”, sirios, indígenas norteamericanos(los Sioux)…

8) Intensa envidia de los demás y convicción de que los otros son igualmente envidiosos respecto a él…

9) Propensión a comportarse de manera pomposa y arrogante.

Y ahora hablemos de Donald Trump.

Trump, durante una rueda de prensa en Washington, el 16 de febrero 2017, dijo muchas cosas de las que se deduce que el actual presidente de Estados Unidos tiene muchos de estos síntomas. ¿Pero lo inhabilita eso para ocupar uno de los cargos de mayor responsabilidad de nuestro planeta?. Un nutrido grupo de psiquiatras y psicólogos cree que sí. Enviaron una carta a The New York Times en la cual señalaban:

“Las palabras y las acciones del señor Trump demuestran una incapacidad para tolerar puntos de vista diferentes a los suyos, lo cual le lleva a reaccionar con rabia. Sus palabras y su conducta sugieren una profunda falta de empatía. Los individuos con estas características distorsionan la realidad para adaptarla a su estado psicológico, descalificando los hechos y a quienes los transmiten (periodistas y científicos). En un líder poderoso, estos ataques tenderán a aumentar, ya que el mito de su propia grandeza parecerá haberse confirmado. Creemos que la grave inestabilidad emocional evidenciada por los discursos y las acciones del señor Trump lo incapacitan para desempeñarse sin peligro como presidente”.

"El antídoto contra una distópica edad oscura trumpiana es político, no psicológico”.

Esta carta ha sido, por supuesto, muy controvertida. No solo por la posición que toma con respecto al presidente Trump, sino también porque viola el código de ética de la Asociación Americana de Psiquiatría. El código mantiene que no se puede diagnosticar a nadie –especialmente a una personalidad pública- a distancia. La evaluación en persona es indispensable. Sin embargo, en la carta los firmantes sostienen: “Este silencio ha llevado a que no hayamos podido ofrecer nuestra experiencia a periodistas y miembros del Congreso preocupados por la situación en tan críticos momentos. Tememos que haya demasiado en juego para seguir callando”. Alexandra Rolde, una de las psiquiatras que firmó la carta, le dijo a la periodista Catherine Caruso que su propósito y el de sus colegas no era diagnosticar a Trump, sino enfatizar rasgos de su personalidad que les preocupan mucho.

Rolde no cree que se deba hacer un diagnóstico sin haber examinado al paciente, pero opina que es apropiado hacer ver cómo la salud mental de una persona puede afectar a otros o limitar su capacidad para desempeñarse adecuadamente

Otros psiquiatras no están de acuerdo: “La mayoría de los aficionados que se han metido a hacer diagnósticos se han equivocado al etiquetar al presidente Trump con un desorden de personalidad narcisista. Yo escribí los criterios que definen este desorden y el señor Trump no encaja en ellos. Él puede ser un narcisista de categoría mundial, pero eso no lo convierte en enfermo mental, ya que no sufre de la angustia y la discapacidad que caracterizan un desorden mental. El señor Trump genera severas angustias en otras personas, pero él más que penalizado ha sido ampliamente recompensado por su megalomanía, egocentrismo y falta de empatía”.

Quien esto escribe es el médico psiquiatra Allen Francis, director del grupo de trabajo que elaboró la cuarta edición del Manual Diagnóstico y Estadístico de Desórdenes Mentales (D.S.M. IV). La sorpresa es que el doctor Francis va más allá de su especialidad. “Los insultos psiquiátricos son una manera equivocada de contrarrestar el ataque del señor Trump a la democracia. Se puede, y se debe, denunciar su ignorancia, incompetencia, impulsividad y afanes dictatoriales. Pero sus motivaciones psicológicas son demasiado obvias como para que tengan algún interés, y analizarlas no detendrá su asalto al poder. El antídoto contra una distópica edad oscura trumpiana es sobre todo político, no psicológico”.

Una de las conclusiones del doctor Francis es fácil de compartir y otra menos. La fácil de aceptar es que más importante que la salud mental del presidente es la salud política del país. La capacidad de las instituciones para resistir los intentos de Trump de concentrar el poder es la batalla más importante que se libra en Estados Unidos. Sus resultados tendrán consecuencias mundiales. La otra conclusión de Francis es que la estabilidad mental de Donald Trump podría ser irrelevante. No estoy de acuerdo. Trump lleva pocos meses en la Casa Blanca y su conducta es ya causa de justificada alarma. Los problemas y frustraciones del presidente se van agudizando. Y eso no es bueno para su salud mental y menos para la del país y…el mundo.

El primer párrafo del artículo cuarto de la vigesimoquinta enmienda de la Constitución de  Estados Unidos dice: “Cuando el vicepresidente y la mayoría de los principales funcionarios de los departamentos ejecutivos o de cualquier otro cuerpo que el Congreso autorizara por ley transmitieran al presidente del Senado y al de la Cámara de Representantes su declaración escrita de que el presidente está imposibilitado para ejercer los poderes y obligaciones de su cargo, el vicepresidente asumirá inmediatamente los poderes y obligaciones como presidente en funciones”.

Desde que el pasado 20 de enero Donald Trump empezó a ejercer como presidente de los EEUU, e incluso desde mucho antes, durante la campaña electoral, muchos se preguntaron si este excéntrico magnate millonario metido a político estaba en su sano juicio. El debate ha saltado de las barras del bar y los platós de televisión a la comunidad médica, que hace días intenta trazar el perfil psicológico del hombre más poderoso del mundo, sin conseguir un diagnóstico unánime.

Pese a la división existente, la discusión ha servido para poner sobre la mesa la falta de mecanismos legales para sacar de la Casa Blanca a un loco, en caso de que uno llegara a comandante en jefe, incluso si se demostrara su enfermedad mental.

La preocupación por el estado mental del millonario no había pasado de ser objeto de alguna broma hasta que el pasado mes de febrero un grupo de 33 psicólogos, psiquiatras y trabajadores sociales enviaron una carta al New York Times alertando sobre los riesgos de ser gobernados por una persona que muestra incapacidad de empatizar, una visión distorsionada de la realidad y una “grave inestabilidad emocional”. Fue una primera advertencia, a la que siguieron más.

No se le puede aplicar el Impeachment, como al presidente Nixon, ni cae en ninguna de las fallas de Goldwater o Bill Clinton. Es un caso diferente

El psicólogo John Gartner, ex profesor del departamento de Psiquiatría en la famosa Escuela de Medicina Johns Hopkins durante 28 años, se sumó a esta corriente emprendiendo hace un mes una campaña en el portal Change.org, en la que solicita a otros profesionales de la salud mental que suscriban una petición para denunciar que Trump padece “una grave enfermedad mental que le hace psicológicamente incapaz de desempeñar competentemente las funciones de presidente” y pide “que se le retire del cargo, de acuerdo con el artículo 4 de la XXV enmienda de la Constitución”. Hasta ahora, más de 30.000 personas -todos profesionales del sector, que se identifican con su título-  han respaldado con su firma la petición de John Gartner.

Los medios han entrevistado al doctor Gartner y le han solicitado que trace un perfil psicológico del presidente a partir del primer mes que lleva en el cargo. “Donald Trump está peligrosamente enfermo. Muestras síntomas paranoides, es un narcisista psicopatológico y vive alejado de la realidad. Además, evidencia un severo desorden de la personalidad, rasgos psicóticos y, sobre todo, sufre delirios de persecución y de grandeza”. 

El doctor Gartner y el doctor Lawson han sido consultados sobre el presunto trastorno de Trump.

A su juicio, lo más alarmante es “que sea Donald Trump la persona al cargo de los códigos nucleares, que debe estar al control de todo, esté fuera de control, sea un loco”. “Estados Unidos deben fortalecer y expandir enormemente sus capacidades nucleares hasta que llegue el momento en el que el mundo recupere la razón respecto a las armas nucleares”. El último tuit de Donald Trump, ha desconcertado a la mayoría de los analistas, que no saben cómo tomarse el que el presidente electo abogue tan abiertamente por revertir la que ha sido su política reciente y la de todas las administraciones de Washington desde hace cuatro décadas respecto a la necesidad de un desarme nuclear progresivo, cuando tiene las ojivas nucleares para destruir seis mundos.

 

 Estos son algunos de los principales puntos que este psicólogo destaca del comportamiento del ‘paciente’ Trump:

Desorden paranoico: “Reúne los criterios para tener este trastorno de la personalidad, como demuestra su preocupación sobre teorías de la conspiración, sintiéndose constantemente atacado por distintas fuerzas como los medios de comunicación y respondiendo como un loco desaforado y llegando a descalificar a un Pulitzer y casi a un Nobel”.

Delirio de grandeza: “Las ratios de criminalidad entre los inmigrantes en Estados Unidos es más baja que la de norteamericanos nacidos allí, pero en la mente de Trump, ellos son la amenaza, ellos los enemigos que hay que destruir. Es una combinación de delirio de grandeza y de paranoia, al verse como gran salvador. También le ocurrió a Hitler con los judíos, que él creía que iban a destruir Alemania. Es una tendencia a buscar un chivo expiatorio para proyectar la maldad en un grupo externo”.

Disociación de la realidad: “Alguien que dice y cree que ha reunido en su entorno al público más numeroso en la historia de las inauguraciones presidenciales de EEUU está simplemente delirando. Eso pasó el primer día de su juramentación como presidente. Lo contrario se demostraba fotográficamente. Prácticamente salió a decir ‘estoy delirando y no puedes confiar en mí porque estoy loco”.

Desorden antisocial: “Ocurre cuando una persona viola rutinariamente las reglas y los derechos de otros sin sentir culpabilidad y sin remordimientos por mentir o violar esos reglamentos. Trump es un mentiroso compulsivo.

Trastorno Narcisista de la Personalidad: “Es un término introducido por Erich Fromm, un refugiado de la Alemania nazi, con el que trataba de explicar la personalidad de Hitler psicológicamente. No es sólo narcisismo, es una forma más tóxica y rara. Trump reúne esos criterios para atribuirle un desorden paranoico de la personalidad, preocupado sobre teorías conspiratorias, sintiéndose constantemente atacado por distintas fuerzas, y un desorden antisocial.

Estos son algunos de los rasgos que detecta este experto, para quien “si mezclas todo eso y sumas la psicosis, resulta la combinación más peligrosa posible”. “Si quisiéramos crear al monstruo más peligrosamente psicótico, no habría un modelo mejor que Trump. Él y Hitler comparten la forma de pensar y la combinación de grandiosidad y paranoia. No hay que ser psiquiatra para ver que está mentalmente enfermo, aunque ayuda”, concluye este psicólogo.

Por ello, este doctor consideró “urgente” iniciar la campaña en Change.org. “Creía que estaba solo, pero otros colegas pensaban lo mismo, más de 30.000 ya, así que el propósito de la petición es mostrar esto al público que nuestra profesión puede ver que esta persona no está sana”.

Antes de sacar conclusiones, lo mejor es buscar una segunda opinión y para ello contactamos con el doctor William Lawson, una eminencia en el campo de la salud mental, miembro de honor de la Asociación Americana de Psiquiatría y rector del departamento de Health Disparities de la Universidad de Texas. Su respuesta es tajante. “Estaré encantado de hablar sobre la salud mental en general pero yo respeto la regla Goldwater y no diagnostico a personas que no he examinado personalmente”.

Esta norma, la ‘Goldwater rule’, nace de una historia que recuerda mucho al caso de Trump. Corría el año 1964 cuando, con unas elecciones presidenciales a la vista, la revista ‘Fact’ publicaba un reportaje en el que más de mil psiquiatras sostenían que el candidato republicano Barry Goldwater no estaba psicológicamente capacitado para ser presidente. Los expertos consultados lo presentaban como a un desequilibrado, inmaduro, paranoico, psicótico y esquizofrénico, y mencionaban incluso una homosexualidad latente.

El político, que perdió las elecciones, demandó a la revista, ganó en los tribunales y fue indemnizado. Desde entonces la Asociación Americana de Psiquiatría adoptó la regla ética de no emitir diagnósticos sin examinar previamente al paciente, y la bautizó con el nombre de aquel político.

“No se puede hacer. Evaluar a una persona a partir de noticias o de lo que se lee, sin hacer un estudio personal, no da buen resultado. La gente espera un acto de responsabilidad de nuestra profesión”, concluye el doctor Lawson.

 

Sin embargo, si existe este mandamiento ético, cómo es posible que más de 30.000 profesionales se hayan lanzado a la piscina para declarar loco a Trump. El profesor Gartner responde a la duda: “La regla Goldwater está fuera de lugar en este caso por tres razones. Primero, porque cuando fue creada la psicología se encontraba en la era freudiana y todo se basaba en la ciencia teórica, atribuyéndole conceptos abstractos. La psiquiatría cambió en 1980 y adoptó un manual estadístico y de diagnóstico para poder atenerse a unos criterios claros, objetivos y observables para evaluar un comportamiento”.

 “Con este nuevo método, se puede diagnosticar sin evaluar al paciente observando su comportamiento y viendo si éste encaja con las descripciones de los síntomas. Por eso, la regla está obsoleta, y de hecho una entrevista psiquiátrica no es la mejor herramienta para diagnosticar, sino la menos fiable, según algunos estudios”, añade.

Pero además, este experto señala una “razón ética”. “En psiquiatría existe el deber de alertar a una posible víctima en caso de que tu paciente suponga una amenaza, incluso si hay que romper la confidencialidad. Si hay que hacer eso por una persona, también cuando la víctima puede ser todo el mundo. La enfermedad mental de Trump puede herir o matar a cualquiera del planeta”.

La salud mental de Donald Trump divide a la comunidad científica norteamericana.

Como comentábamos al principio, no todas las voces coinciden. También hay quien se atreve a diagnosticar sin evaluación para descartar la locura del presidente. Es el caso del prestigioso psiquiatra Allen Frances, profesor emérito de la Universidad de Duke y redactor de los criterios del Trastorno Narcisista de la Personalidad. En un artículo en el Times, discrepa con que se le atribuya este desorden al magnate. “Trump es una persona terrible, pero no es un enfermo mental”.

En su opinión, “el mal comportamiento rara vez es un signo de locura”. La mayoría de los diagnósticos de aficionados lo han etiquetado erróneamente con el trastorno narcisista, pero no cumple los requisitos. Puede ser un narcisista a escala mundial, pero esto no lo hace un enfermo mental”, argumenta.

En cualquier caso, esté o no loco, es muy complicado echar a un inquilino de la Casa Blanca por motivos mentales. Actualmente, para declarar incapacitado al presidente se necesita que su vicepresidente y la mitad de su gobierno lo soliciten, “pero incluso así, Trump podría presentar batalla en el Congreso”, explica Gartner. “La XXV enmienda no está pensada para casos de locura, sino para infartos cerebrales o estados de coma. Cuando el presidente se recupera, vuelve al cargo. No hay un mecanismo para enfermedades mentales”, lamenta el profesor. 

Hay psicólogos norteamericanos que abogan por inhabilitar a Trump para la carrera política. Sin embargo, esto podría cambiar pronto. Según apunta el experto, un movimiento iniciado por el diputado por California Ted Lieu quiere introducir una evaluación psiquiátrica por ley para acceder al cargo de presidente. No es la única iniciativa en este sentido. El congresista por Oregón Earl Blumenauer ya ha sugerido que se debería emplear la XXV enmienda para incapacitar a Trump y, según este psicólogo, “el senador Al Franken nos ha comentado que algunos republicanos están preocupados de que el comandante en jefe esté loco, aunque no lo dirán públicamente”.

Los demócratas saben que este debate, ahora de actualidad en EEUU, es un filón. De hecho, la congresista Karen Bass ha iniciado otra petición en Change.org similar a la de Gartner, que ya lleva 38.000 firmas. “Entre los dos sumamos 67.000. No hay precedentes”, destaca. 

Pese a estas supuestas evidencias, la pasado semana Trump sorprendió a todos con un discurso ante las dos cámaras del Congreso, aplaudido por la mayoría y sin ningún elemento delirante.

“Es cierto que es la primera vez que no sonó como un loco. Pero aunque lo vistan, lo maquillen, lo teledirijan y le hagan leer de una pantalla durante unas horas sin que pierda el control, eso no va a durar”, pronostica Gatner, que avisa de que los elogios a su intervención son peligrosos. “La gente con bipolaridad, cuando consigue algún éxito, se crece y aumenta sus delirios de grandeza”.

El diagnóstico, como se observa, ni es unánime ni desde luego concluyente. Pese a todo, las firmas siguen llegando a Change.org, para satisfacción de Gartner. “Los doctores que guarden silencio estarán siendo poco éticos, aunque intencionadamente. La historia juzgará a nuestra profesión muy duramente en el futuro por haber visto algo y no haber dicho nada”.

Donald

 


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